Viena – Roma, un relato verídico de Adolfo Vergara Trujillo

Por redaccionnyl el 19/06/2019

Con base en las inimaginables formas del entendimiento humano, la encargada de la pensión me hace saber, en alemán, cómo llegar a la Südbahnhof, ubicada del otro lado de la ciudad.

Abandono mi habitación de dos por tres metros al atardecer, todavía con luz de día. Camino dos cuadras hacia arriba, una a la izquierda, dos más hacia arriba y espero el autobús con franja naranja.

Subo al autobús e intento pagar, pero no descubro cómo hacerlo.

Y no pago.

El autobús toma calles hacia abajo, hacia arriba, un par de semáforos rojos. Pregunto por la estación y alguien responde que todavía falta un poco. Intento no estorbar a los usuarios con mi mochila. Un señor muy atento me indica que debo descender en la parada que sigue.

Bajo del autobús, camino un poco y entro a la estación, la Südbahnhof. Reviso mi guía: el tren 0133 saldrá a las 19:30 horas desde el andén 04.

Tengo media hora todavía y no pago reservación de asiento. Subo por unas escaleras eléctricas y, mientras asciendo, una lámpara colgante queda a la altura de mi cabeza; tiene algo extraño, algo se mueve dentro; miro y hay un nido de palomas: un par de pichones se calientan el uno contra el otro.

Termino de subir y me dirijo al andén; allí encuentro mi tren, un tren repleto de italianos. Subo a un vagón y ya no hay lugar. Paso al siguiente, y al siguiente, buscando un asiento, pero no hay nada, ni uno solo.

Regreso a la taquilla a comprar la reservación, pero están agotadas.

—¿Quiere una litera? —me ofrece la señorita— Cuesta 500 chelines.

No, no quiero.

Subo al tren y lo recorro de nuevo. Es un tren viejo, muy largo. Y va a reventar. Atravieso vagón tras vagón, hasta que llego a una puerta que no se abre y desciendo al andén. Encuentro a un oficial, pero no me entiende. Se acerca uno de sus compañeros y me pregunta de dónde soy; cuando respondo que soy mexicano, me manda hasta la punta del tren.

—Aquel oficial es español.

Camino por afuera todo lo largo que es el maldito tren y el oficial español está ocupado con unos turistas. Cuando termina, me acerco amablemente.

—Buenas noches —digo en español.

—Dime.

Lo miro y no puedo evitar una sonrisa: me recuerda al Guardagujas, del maestro Arreola. El tipo es chaparrito, de más de 60 años, flaco, nariz puntiaguda, bigote teñido de negro, lentes enormes y la gorra de oficial parece detenerse en sus orejas.

—Tengo un problema…

—¿Tienes un problema? ¡Todos tenemos problemas! Dios tiene problemas, el mundo tiene problemas. ¡Yo tengo problemas! Mira: no tengo mujer, no tengo hijos, no tengo dinero, no tengo nada…

Supongo que el hombre tiene razón.

—¿En qué puedo ayudarte?

—No tengo lugar en el tren —digo—. Está lleno.

—¡Todo va lleno! Pero ese no es ningún problema, criatura —me dice—. Cuenta siete vagones, sube y siéntate donde te plazca.

—¿Siete?

—Sí, siete: uno-dos-tres-cuatro-cinco-seis-siete —cuenta con los dedos—. ¿Entiendes?

—¿No habrá ningún problema?

—¡Ninguno! Todo el tiempo reservamos ese vagón para emergencias como la tuya.

Así, cuento siete vagones y subo: es un carro cama.

Camino uno, dos vagones más, y sólo hay literas.

Decido contar de nuevo los siete vagones y no hay duda: estos vagones son de literas.

Abro un camarote y me instalo: seis literas para mí solo. Repliego tres catres sobre la pared y pienso que me queda espacio suficiente para una amiga.

El tren enciende las máquinas y no se siente movimiento en mi vagón.

Y espero: seguramente no tardarán en llegar a desalojarme.

El tren sale lentamente de la estación, cruza un brazo del Danubio por un puente y abandona Viena.

Pronto toma velocidad.

Pasa una media hora, quizá 40 minutos.

Cierro los ojos.

Las hemorroides han mejorado; hay un poco de molestia todavía, pero han mejorado. Estoy cansado y me alisto para dormir: apago la luz e imagino que, cuando abra los ojos, me encontraré en la ciudad más hermosa del mundo. Pero abren la puerta del camarote de un golpe seco, fuerte y encienden la luz. Son dos oficiales: uno es italiano y el otro austríaco; tienen cara de cabrones; parecen hermanos de madre: una madre puta que se anduvo revolcando a ambos lados de la frontera.

Piden mi pasaporte y mi boleto.

Me hago el desentendido y entrego mis papeles y el Eurail Pass.

Revisan mi identidad y ponen el sello.

Checan mi boleto y luego me miran con media sonrisa.

—Esto no es suficiente.

—A mí me dijeron que contara siete vagones y que me acostara.

—¿Quién te dijo eso?

—Un señor.

Mierda, me siento ridículo fingiendo ingenuidad.

—¿Cuál señor?

—Un español chaparrito, chistoso.

No es suficiente.

—¿Traes efectivo?

Carajo.

—Traigo Master Card.

Al final me sacan y me llevan siete vagones más atrás.

—Acomódate aquí.

¿Aquí? Hay por lo menos 50 personas en un vagón con 18 plazas. Niños, ancianos, hombres, mujeres y bestias están sentados en el piso. Echo un vistazo por ahí y, en un compartimento para seis personas, hay una familia de 16 miembros. Una gringa mugrosa tiene extendida su bolsa de dormir a lo largo del pasillo (¡qué irreverencia!) y le pateo un poco la cabeza al pasar.

—¡Perdón!

Son once horas hasta Roma: jamás lo lograré.

Busco a los oficiales, pero se han ido.

Espero diez, quince minutos.

Uno de ellos, el austríaco, regresa.

—Oiga, oiga… —le hablo, pero me ignora.

Espero cinco minutos más y vuelve a pasar. Pero esta vez lo detengo.

—Acabo de encontrar un poco de efectivo —explico—. Quiero una litera.

—Está bien, espera.

Diez minutos más.

Esto es insoportable: todo el mudo se empuja intentando acomodarse en un espacio insuficiente; huele mal. Aseguro mi cartera y mi maleta de mano, pero no hay espacio suficiente para mí y mi mochila, y pienso seriamente en aventarla por la ventana.

El austríaco regresa con un talón de boletos.

—Sígueme.

Caminamos varios vagones; quizá unos diez. Muchos de los camarotes han sido ocupados ya.

—¿Sólo quieres una litera?

No, pendejo: quiero 20.

—Sí —respondo—. Sólo una.

El tipo abre un camarote. Hay un polaco y una pareja de Bangladesh. Se ve que acaban de instalarse, pero ya huele a podrido allí dentro.

—Hermano, no hablo su idioma —le digo al austríaco—. Vamos, estoy seguro de que hay un camarote vacío por ahí.

El tipo se apiada un poco y me dirige un par de vagones más adelante, hasta uno totalmente vacío.

Abre la puerta y pide el dinero.

Saco los 500 chelines.

—Faltan 250 —dice.

—¿Qué?

—Son 750.

—Pero su precio es de 500.

—Eso es en la taquilla —explica—. Si adquieres la litera abordo, cuesta 750.

—Qué poca madre —digo en español.

El tipo se da cuenta de mi enojo.

—Si gustas podemos regresar al vagón del ganado.

Pago 750 chelines austriacos y el tipo me expide un boleto de 500.

Está bien. Todo el plan salió a la perfección; todo estaba bien preparado: desde el vejete bonachón, hasta el aflojamiento psicológico en el vagón atestado. Sólo faltó que nos rociaran agua con una manguera.

Cierro la puerta y enciendo la luz.

Pero pasan quince segundos y el italiano llega: requiere mi boleto.

Lo entrego.

Lo mira.

Parece que algo no está bien.

—Esta es una litera de 750 chelines y tú has pagado sólo 500.

—¡Chingen a su madre!

El austríaco se acerca al escuchar mis gritos y discute algo con el italiano en lengua desconocida; quizá es la mezcolanza esa que les enseñó su puta madre.

—Todo está en orden —dice el austríaco y cierra la puerta.

Me bajo la mochila del lomo y me acomodo en la cama más cara que he pagado en el viaje. Y es también la más dura.

Un par de minutos y tocan la puerta.

Son el austríaco y el italiano.

Quizá, siempre sí, quieren más dinero.

—Te traemos compañía —dicen y abren paso a una chica rubia, de rasgos eslavos. Lleva puestos un pantalón como de pijama, algo flojo, y una playera holgada: caderas firmes, buenas tetas y unos enormes ojos azules. Entra, afable, pero detrás de ella hay un tipo alto, rubio, con unos ojos idénticos a los de ella. Deben tener unos 20 años, no más.

Los chicos saludan cortésmente y se instalan.

Los miro un poco más y creo que son muy parecidos, tal vez gemelos.

El muchacho saca unos cigarros y enciende uno.

—¿Fumas?

Me ofrece uno. Son unos cigarros feos, secos, de nombre impronunciable. Los chicos hablan un muy buen inglés. Platicamos un poco. El chico saca dos cervezas de a litro, ya tibias, y comparte una conmigo; la chica bebe derecho de una anforita de vodka, marca “Alaska”; la etiqueta tiene el dibujo de un perro malamute jalando un trineo: un vodka barato, perfumado.

Ella se llama Tamara; él es Lazlo. No tienen parentesco: son novios. Me cuentan que vienen de Bielorrusia. Su tren es un Minsk-Varsovia-Viena-Roma. Llevan 23 horas de viaje en trenes convencionales, en unas ocho conexiones. Han ahorrado durante un par de años para su visita a Roma. Viven en una pequeña ciudad llamada Mozyr’; dicen que está ubicada dentro de lo que ellos llaman El rango Chernóbil.

—¿Has probado las zarzamoras? —me pregunta Lazlo.

—Ajá —respondo, de lo más ordinario.

—¿Naturales?

—¿A qué saben? —me interroga la chica, algo ansiosa.

Nunca reparé en el sabor de las zarzamoras. ¿Es ácido? ¿Dulzón? Tamara me ofrece un trago de vodka mientras escucha, encantada, mi descripción. Me confieso algo contrariado por su pregunta y entonces me cuentan que su tierra es estéril desde el 26 de abril de 1986: todo lo que comen, lo que beben, viene de fuera y es perecedero, cerrado al alto vacío, con conservadores. Afirman que el sabor natural de la comida es toda su ilusión.

Es muy malo este vodka.

Los chicos comienzan a cachondear.

—¿Te molesta si tenemos sexo en una de las literas de arriba?

—No —respondo.

Claro que no.

—No eres ningún fisgón, ¿verdad?

Me acuesto.

Apago la luz.

Y escucho gemidos durante un rato.

Tamara me despierta seis o siete horas después.

Estamos en Roma.

Lazlo me pide cinco dólares prestados y le obsequio unos cigarros Delicados.

—¿Tienes a dónde llegar?

—Tengo una reservación en el Hilton —respondo.

—¿Podemos ir contigo?

—No.

Bajo del tren y camino por el andén, solo: Roma Termini, luego de estar en las estaciones de Ámsterdam o Múnich, me parece una estación mediana para una ciudad tan importante; es bonita, no tan antigua, pero tampoco tan grande. Salgo a la calle y analizo el mapa: se supone que puedo ir caminando hasta el hostal. Ya orientado, comienzo a andar al Noroeste y, al doblar la esquina, la Via Nazionale parece lista para una bienvenida papal: hay listones rojos y amarillos colgando de los postes de luz, señoras vendiendo flores, la gente está asomada a los balcones: sé que esperan algo, a alguien.

Doblo a la izquierda y, justo al entrar por una calle pequeña, escucho un alarido a mis espaldas; regreso la vista y alcanzo a ver un auto convertible: un hombre rubio, de cabellos largos, saluda a la chusma con la palma gloriosa de su mano, bajo una lluvia de margaritas, quizá del mismo modo en que lo hiciera Julio César hace más de 2 mil años.

Carajo: Batistuta llega a Roma el mismo día que yo.

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