Por qué ver la serie «Picnic at Hanging Rock» de Amazon Prime

Por Aglaia Berlutti el 28/05/2018

Hay un elemento en las historias de desapariciones, ausencias y misterios sobre lugares inexplorados, que conecta directamente con el miedo natural y primigenio a la incertidumbre. Al enigma, de lo que no podemos ver pero sobre todo, la percepción de lo invisible como amenaza. La nueva serie “Picnic at Hanging Rock” basada en el libro del mismo nombre de la autora Joan Lindsay de 1967, analiza no sólo la soledad y el desarraigo de la pérdida en clave de cuento gótico sino además, el temor anónimo hacia los lugares más oscuros de nuestra mente. Esa percepción sobre el olvido y lo indescifrable que se elabora como un temor insólito en la imaginación colectiva.

La serie, con su aire bucólico y casi inocente, capta la atmósfera tensa del libro desde las primeras escenas. “No me gusta” murmura una una colegiala vestida de blanco, corset y el cabello impecable, contemplando con los ojos muy abiertas la Gran Piedra hacia la cual se dirige la excursión en la que participa. Con la voz inquieta y cierto aire quisquilloso, parece metaforizar el miedo colectivo del grupo que le acompaña, adolescentes nerviosas y su institutriz, que avanzan en mitad del descampado con cierta dificultad. Provienen del Appleyard Collage, un estricto y lujoso internado cuyo perfil apenas podemos distinguir a la distancia del paisaje y la narración. Es el día de San Valentín del año 1900 y la lenta escalada tiene un aire a deambular distraído, una sensación de simple experimento al que sin embargo, rodea un aire malsano, inquietante y aprensivo sin explicación real. Finalmente, cuando alcanzan la enorme formación geológica a la que se dirigen (de pronto, el escenario de Victoria en Australia, tiene un aire desolado y decadente que sorprende por su rara belleza) cuatro de las alumnas y la institutriz deciden recorrer el trecho hacia la cima de la roca. Tres de ellas jamás regresan y de hecho, no hay el menor indicio de que pudo suceder o provocar su desaparición.

Tanto libro como serie — y su anterior adaptación del ’75 adaptada por el director Peter Weir — tiene un aire moderno de Thriller inconcluso, al que se suma además, una percepción dual y extraña sobre los espacios y los lugares remotos, sobre todo en la desconocida Australia del siglo pasado. “Picnic at Hanging Rock” no solamente asume el mismo aire tenebroso y levemente tétrico de la película que le precedió sino que además, elabora una idea mucho más compleja sobre el miedo en un espectro tan amplio que parece abarcar a la vez todo tipo de temas. Desde la desconfianza al hombre blanco en una Australia semi salvaje hasta la percepción inquietante de lo sobrenatural — apenas sugerido y quizás inexistente — en medio de un paisaje bucólico que carece de verdadera identidad más allá de un reflejo inquieto y diáfano de cierta oscuridad interior, “Picnic at Hanging Rock” traduce el misterio en una serie de escenas sugerentes de enorme simbología. Como si se tratara de una percepción dual y singular sobre lo que tememos y a la vez nos atrae — las colegialas sobrevivientes al accidentado viaje continúan mirando hacia el peñasco entre temerosas y curiosas — hay una concepción sobre lo enigmático que sorprende por su profundidad. No obstante que en ocasiones la serie parece perder el ritmo — las largas escenas contemplativas parecen suspendidas en mitad de los silencios extraordinarios del paraje que engulle por completo la escena — continúa siendo una efectiva estructura de enigmas concatenados entre sí como un mecanismo bien construido. Sorprende que esa tensión invisible parezca coincidir con la visión de la escritora sobre su obra: En una oportunidad Lindsay contó que escribió la novela entera en dos semanas, en medio de una “especie de trance” luego de soñarla durante una noche de fiebre. “Estaba escrita como un misterio y sigue siendo un misterio (…) Escribí ese libro como una especie de atmósfera de lugar, y fue como dejar caer una piedra en el agua. Sentí esa historia- si se puede llamar historia — de que lo que sucedió el día de San Valentín como círculos concéntricos, que siguieron siguió extendiéndose como una idea cada vez más retorcida”. Por su parte, la editora de Lindsay Sandra Forbes, describió la creación de la autora como” un libro de atmósfera, que basa su efectividad para captar lo duro y extravagante de la selva australiana”. En conjunto, el libro es un reflejo distorsionado sobre el temor convertido en una comprensión sobre una versión de la realidad — por momentos, pareciera que la trama se desdobla, se hace más incompresible y laberíntica — y más allá de eso, una versión de los espacios y lugares convertidos en expresiones casi mitológicas sobre el miedo. La serie logra captar el ambiente agreste y singular, aunque no del todo. Aún así, resulta una extraña mezcla de terror y algo más complejo que lleva esfuerzos desentrañar.

Lo más inquietante sobre la historia — y que la serie se esfuerza en captar de forma elemental y elaborada bajo una percepción lúcida — es el esquema espectral sobre el hecho que ocurre sin que exista una explicación clara — ni mucho menos coherente — sobre lo que ocurrió. Sólo hay una sobreviviente que no recuerda que pudo haber ocurrido y lleva un trauma desconocido que parece sugerir que lo que sea que ocurrió, es mucho más complejo que una simple caída al vacío o algo igual de mundano. Pero la evidencia va más allá de eso y se hace más intrincada a medida que la historia se analiza como un todo circunstancial: el miedo se convierte en un esquema extraño y poco claro sobre la explicación a lo ocurrido, pero también, en una ruptura de cierto orden natural de las cosas que no encaja en ninguna parte. La noción sobre la imposibilidad — “No recuerdo, es como si el tiempo dejó de transcurrir” insiste la estudiante sobreviviente — ocurre con la misma lentitud de una novela de Murakami pero sin su placidez desconcertante. La belleza y el miedo se entrecruza en algo más complejo y de pronto, nada es lo que parece en medio de un escenario rural, cotidiano pero tenebroso en el que las sombras de lo desconcertante, avanzan hacia una idea amplia sobre los terrores colectivos.

La historia original es brillante y la adaptación de Amazon Prime logra captar parte de su resplandor decadente, aunque carece de cierto orden y coherencia como alcanzar en inteligencia argumental a la obra de Peter Weir. Mientras que la película intentaba mantener el misterio tan críptico como en su gemelo literario, la serie opta por mostrar y se prodiga en detalles innecesarios, que hacen laberíntica y por momentos, tediosa la trama, que avanza en ritmo desigual en medio de todo tipo de posibilidades. No obstante, el guión es lo suficientemente sólido para adentrarse dentro del escenario, abriendo espacios para elaborar rutas narrativas desconcertantes. De manera muy directa, el argumento deja entrever que quizás las chicas fueron arrebatadas desde su época a una dimensión libre de restricciones — una ruptura de espacio tiempo que se insinúa pero no se explica lo suficiente — pero en realidad, toda la historia parece transcurrir en un espectral resplandor gótico que deslumbra aunque no llega a conmover de todo.

Aún así, la serie no parece conformarse sólo con los estratos del enigma que se enlazan unos a otros hasta crear dimensiones extrañas sobre la circunstancia que narra con delicada fluidez. La actriz Natalie Dormer (Juego de Tronos) crea un personaje extravagante y ambivalente, tan peculiar en su doble percepción que hace al espectador dudar no sólo sobre sus intenciones — siempre en entredicho — sino también, de sus pequeños gestos inquietantes sobre la desaparición de las pupilas bajo su cargo. La actriz logra un perfecto equilibrio entre el terror, el vigor histriónico de una jugadora experta — dos rostros perfectamente discernibles y contradictorios — y una somera revisión a una capa más profunda sobre el análisis de la trama sobre el control y la represión. En mitad de todo lo anterior, la fluidez de una narración con un indudable aire adolescente cambia y se transforma en medio de una percepción en la que gravita una sensación casi onírica, que recuerda inmediatamente a las obras exclusivamente femeninas de Sofía Coppola. La puesta en escena es cuidadosa, tan delicada que parece flotar en medio de las agrestes colinas que lo rodean, lo que además brinda a los personajes una cualidad de flor en primavera recién nacida, con sus trajes coloridos y voces llenas de animación y viveza. En contraposición, lo tenebroso parece acechar tan cerca y de manera tan inquietante, que es casi un personaje en si mismo. Una simetría provocadora que convierte a las jóvenes alumnas en fantasías a medio construir de una morbidez inquietante. Con su aire resplandeciente, lento y casi fatigado, “Picnic at Hanging Rock” crea una versión de la realidad distante, cristalina y peligrosa que atrapa al espectador desde la primera escena.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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