Una historia de peces. Por Fredric Brown

Por redaccionnyl el 29/08/2018

Una noche, Robert Palmer encontró a su sirena en el océano, entre Cape Cod y Miami. Estaba con algunos amigos pero no tenía sueño cuando los demás se retiraron, por eso salió a dar un paseo a lo largo de la playa iluminada brillantemente por la luz de la luna. Y al doblar una curva, apareció ella sentada en un tronco semienterrado en la arena, peinando sus hermosos y negros cabellos.

Robert sabía, por supuesto, que las sirenas no existen realmente; pero, cierto o no, allí se encontraba ella. Se aproximó y, cuando estaba solo a unos pasos de distancia, tosió discretamente.

Con un movimiento de sorpresa, ella echó hacia atrás sus cabellos, que cubrían su rostro y sus senos, y él pudo comprobar que era más hermosa de lo que pudiera ser cualquier criatura.

Ella le miró con los profundos ojos azules, llenos de temor al principio.

-¿Eres un hombre? -preguntó.

En ese punto, Robert no tuvo ninguna duda; le aseguró que lo era. Ella sonrió, desaparecido el temor en sus ojos.

-He oído hablar de los hombres, pero nunca he conocido a ninguno.

Ella hizo un gesto para que se sentara a su lado, sobre el tronco.

Robert no vaciló. Se sentó y hablaron y hablaron; después de un rato, su brazo la rodeó y cuando finalmente ella le dijo que debía regresar al mar, la besó, y la sirena prometió encontrarlo la noche siguiente.

Él regresó a la casa de sus amigos, envuelto en una niebla de felicidad. Estaba enamorado.

Tres noches seguidas la vio, y en la tercera le dijo que la amaba y que desearía casarse con ella, pero existía un problema.

-Yo también te amo, Robert. Y el problema que tienes en mente podrá resolverse. Llamaré a un tritón.

-¿Tritón? Me parece conocer la palabra, pero…

– Es un demonio del mar. Tiene poderes mágicos y puede cambiar las cosas de tal modo que podamos casarnos, y él nos casará. ¿Sabes nadar bien? Tendremos que nadar para encontrarlo; los tritones nunca se acercan a las playas.

Él le aseguró que era un excelente nadador y ella le prometió que advertiría al tritón para la noche siguiente.

Regresó a la casa de sus amigos en un estado de éxtasis. No sabía si el tritón cambiaría a su amada en un ser humano o a él en un sireno, pero no le importaba. Estaba tan loco por ella que mientras ambos fueran iguales, y por tanto pudieran casarse, no le importaba en qué forma fuera.

Ella lo esperaba la noche siguiente, su noche de bodas.

-Siéntate -le rogó-. El tritón soplará su trompeta de concha de caracol, cuando llegue.

Se sentaron tiernamente abrazados, hasta que escucharon el sonido de una trompeta de concha de caracol resonando a lo lejos, en el mar. Robert se quitó rápidamente las ropas, se lanzó al agua y nadaron hasta encontrar al tritón. Robert tragó agua mientras el tritón les preguntaba:

-¿Desean unirse en matrimonio?

Ambos respondieron con un ferviente sí.

-Entonces -pronunció el tritón-, los declaro marido y mujer.

Y Robert se encontró repentinamente con que ya no tragaba agua; unos cuantos movimientos de su recia cola lo mantuvieron fácilmente en la superficie. El tritón sopló una nota ensordecedora en su trompeta y se alejó nadando.

Robert nadó hasta quedar al lado de su esposa, la abrazó y la besó. Sin embargo, había algo que no marchaba; el beso fue agradable pero no emocionante. No sentía el cosquilleo en las ingles que sintía cuando la besaba allá en la playa. De pronto comprendió que, de hecho, no tenía ingles. Pero, ¿entonces cómo…?

-Pero, ¿cómo…? -preguntó a la sirena-. Quiero decir, encanto, ¿cómo hacemos para…?

-¿Propagarnos? Es muy simple, querido, y de ninguna manera parecido al modo nauseabundo de las criaturas terrestres. Verás, las sirenas somos mamíferos, pero ovíparos. Yo pondré un huevo en el momento oportuno y, cuando se incube, alimentaré a nuestro hijo. Tu parte…

-¿Sí? -preguntó ansiosamente Robert.

-Como otros peces, querido. Tú sencillamente nadarás sobre el huevo y lo fertilizarás. Es muy simple.

Robert gimió, y repentinamente decidió ahogarse; dejó a su novia y nadó hacia el fondo del mar.

Pero, por supuesto, tenía agallas y no se ahogó.

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