Una entrevista sensacional. Por Mark Twain

Por redaccionnyl el 06/06/2018

Buscando una entrevista a Mark Twain dimos con este relato escrito por el estadounidense sobre una entrevista que un día alguien fue a hacerle cuando tenía 19 años. Nos pareció tan, pero tan divertida que no nos quedó otra alternativa que compartirla con nuestros lectores.

Una entrevista sensacional. Por Mark Twain

El joven aceptó, nevioso, la silla que le ofrecí, y me dijo que pertenecía a la redacción de LA TEMPESTAD, agregando:
-Espero no molestarlo… Vengo a entrevistarlo.
-¿A qué…?
-A hacerle una entrevista, un reportaje.
-¡Ah! Entiendo, entiendo… ¡Ejem!… Está bien…
No me sentía del todo feliz esa mañana. En realidad, estaba algo deprimido, a pesar de lo cual me dirigí hacia la bilblioteca. Pero después de buscar durante seis o siete minutos, tuve que preguntarle al joven:
-¿Cómo se deletrea esa palabra?
-¿Qué palabra?
-La palabra “reportaje”.
-¡Dios mío! ¿Y para qué quiere deletrearla?
-No es que quiera deletrearla; quiero ver qué quiere decir.
-Ah… yo se lo diré… es algo desalentador, que a veces habría que hacer con una cachiporra. Pero, comúnmente, el periodista hace preguntas y el reporteado las contesta. Algo que está muy de moda. ¿Me permitirá que le haga algunas preguntas, con el fin de poner de relieve los puntos importantes de su vida pública y privada?
-Con mucho gusto… con mucho gusto… Tengo una memoria muy mala, pero creo que no le importará…
-Oh, no tiene importancia… Usted me contestará lo mejor que pueda.
-Eso haré. Empeñaré en hacerlo toda mi mente.
-Gracias. ¿Empezamos?
-Ya
Pregunta: -¿Cuántos años tiene?
Respuesta: -Serán diecinueve en junio.
P:-¿En serio? Le hubiera dado treinta y cinco o treinta y seis. ¿Dónde nació?
R:-En Missouri.
P:-¿Cuándo empezó a escribir?
R:-En 1896..
P:-Pero ¿cómo puede ser así, si sólo tiene diecinueve años?
R:-No lo sé, parece curioso, ahora que lo veo.
P:-Verdaderamente, lo es. ¿A quién considera el hombre más destacable con quien se haya encontrado?
R:-A Aarón Burr.
P:-Pero usted nunca pudo haber encontrado a Aarón Burr, si sólo tiene diecinueve años.
R:-Bueno, si usted sabe de mí más de lo que yo sé ¿para qué me hace preguntas?
P:-Está bien, está bien, fue una sugerencia, nada más. ¿Cómo fue que encontró a Burr?
R:-Bien, sucede que yo estaba en su funeral un día, y él me pidió que hiciese menos ruido, y…
P:-Pero ¡Santo cielo!… si usted estaba en su funeral, él debía estar muerto ¿cómo pudo haberle pedido que haga o que no haga ruido?
R:-No lo sé. Burr fue siempre una clase muy singular de hombre en esos asuntos.
P:-Todavía no lo comprendo en absoluto. Usted dijo que él le hablo, y que estaba muerto.
R:-Yo no dije que estuviera muerto.
P:-¿Pero lo estaba o no?
R:-Bien, algunos dicen que sí, otros que no.
P:-¿Usted qué cree?
R:-¡Oh, eso no era asunto mío! No era mi funeral.
P:-Este… Bueno, creo que nunca aclararemos el asunto… Permítame preguntarle algo más ¿Cuál es la fecha de su nacimiento?
R:-El lunes 31 de octubre de 1693.
P:-¿Qué? ¡Imposible! Ésto le daría a usted ciento ochenta años de edad. Es una flagrante contradicción.
R:-¿Qué, lo ha notado?… (Estrechándole la mano). Hace mucho tiempo que me parecía una contradicción, pero no podía entender el asunto. ¡Qué rápidamente percibe usted las cosas!
P:-Gracias por el cumplido. ¿Tuvo o tiene hermanos o hermanas?
R:-¿Eh? Yo… yo… yo creo que sí, pero no recuerdo.
P:-¡Bueno, ésa es la cosa más extraordinaria que haya oído!
R:-¿Por qué? ¿Qué le hace pensar así?
P:-¿Cómo podría pensar de otro modo? Pero, vea aquí… ¿De quién es ese retrato en la pared? ¿No es un hermano suyo?
R:-¡Oh, sí, sí, sí! Ahora lo recuerdo, era un hermano mío. Ese es William… lo llamábamos Bill. ¡Pobre viejo Bill!
P:-¿Por qué? ¿Está muerto entonces?
R:-Ah, bueno, supongo que sí. Nunca podremos decirlo. Hay un gran misterio acerca de él.
P:-Eso es triste, muy triste. ¿Desapareció, entonces?
R:-Bien, sí, de un modo general. Lo enterramos.
P:-¡Lo enterraron! ¿Lo enterraron sin saber si estaba muerto o no?
R:-¡Oh, no! Eso no. Estaba bastante muerto.
P:-Bien, debo confesar que no puedo entender ésto. Si lo enterraron, y sabían que estaba muerto…
R:-¡No! Sólo pensábamos que lo estaba.
P:-¡Oh!, ya veo… ¿resucitó entonces?
R:-Apuesto a que no.
P:-Bueno, nunca escuché nada como ésto. Alguien estaba muerto. Alguien fue enterrado. Ahora, ¿dónde está el misterio?
R:-¡Jústamente ahí! Ahí está, exactamente. Vea usted, éramos mellizos -el difunto y yo- y fuimos mezclados durante un baño cuando sólo teníamos dos semanas, y uno de nosotros se ahogó. Pero no supimos cuál. Algunos creen que fue Bill. Otros creen que fui yo.
P:-Bueno, eso es noticia. ¿Usted qué opina?
R:-¡Dios lo sabe! Daría mundos enteros por saberlo. Este solemne y horrible misterio ha ensombrecido mi vida. Pero ahora le diré un secreto que nunca revelé a otra criatura antes. Uno de nosotrs tenía una marca característica, una gran mancha en el dorso de su mano izquierda; era yo. ¡Ese chico fue el que se ahogó!
P:-Siendo de ese modo, no veo dónde está el misterio.
R:-¿Usted no lo ve? Yo sí. Por otra parte, no imagino cómo pudieron cometer el horrible error de sepultar al otro chico. Pero ¡no lo mencione! La familia podría saberlo, y ya tienen muchos rompederos de cabeza sin éste.
P:-Bueno… Supongo que tengo bastante material por ahora y le agradezco las molestias que se ha tomado. Pero me interesó mucho su relato de los funerales de Aaron Burr. ¿Tendría la amabilidad de decirme qué circunstancias le han hecho pensar que Burr era un hombre extraordinario?
R:- Oh, es una bobería. Apenas sí la habría notado un hombre en cada cincuenta. Al terminar el sermón y cuando la procesión estuvo lista para partir hacia el cementerio y el cadáver fue instalado en el carro fúnebre, Burr dijo que quería echar la última mirada al paisaje, de modo que se levantó y viajó en la parte delantera con el cochero.

En ese momento, el joven periodista se retiró, con aire respetuoso. Su compañía era muy grata y lamenté que se marchara.

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