Tres relatos de la tradición oral africana para que te revises las entrañas

Por redaccionnyl el 12/12/2016

Se supone que el hombre está en África desde antes de la llegada del fuego a su vida. Ese descubrimiento le permitió conquistar el invierno y salir del continente para explorar el resto del planeta, pero aún los rastros más antiguos del ser humano siguen estando en los desiertos, selvas y ríos de su lugar primigenio.

Decimos que estos cuentos anónimos africanos harán que te revises las entrañas porque están hechos de inocencia, de simplicidad y de ganas de entender el entorno. En África y no en Europa estuvieron las primeras reflexiones humanas, y acudir a la tradición oral de sus pueblos es asombrarse con personas en estado puro pese al transcurrir de los siglos y las perversiones humanas.

1. Leyenda de la creación

Cuando las cosas no eran aún, Mebere, el Creador, hizo al hombre con tierra de arcilla. Tomó la arcilla y modeló un hombre. Así dio comienzo este hombre y comenzó como lagarto. Al lagarto, Mebere lo puso en una alberca de agua de mar. Cinco días, y aquí tenéis: pasó cinco días con él en la alberca de las aguas y lo tuvo metido dentro. Siete días: estuvo dentro siete días. Al octavo día, Mebere fue a mirar y cátate que el lagarto sale, y cátate que ya está fuera. Resulta que es un hombre. Y dice al creador: gracias.

2. El orden de las páginas

Un peul y un bambara, que compartían la misma celda, se enteraron a través del guardián de que por orden del rey uno de ellos sería castrado y el otro decapitado.

El peul, más astuto que el bambara, empezó a quejarse de inmediato, gritando que le dolían los testículos, que le dolían mucho y que pedía un alivio. Gritó tan fuerte que el guardián fue corriendo, armado con un sable afilado, y le desembarazó de los dos objetos de su dolor. El peul sufrió muchísimo el resto de la noche, pero en el fondo de sí mismo estaba contento por haber salvado la cabeza.

A su lado, el bambara dormía profundamente.

Por la mañana el rey los hizo llamar y les anunció que eran libres. Su castigo había sido levantado.

El peul se lanzó a una serie de imprecaciones y lamentaciones:

-¡El bambara ha salvado la vida -gritaba- y yo he perdido mis testículos!

-Nunca hay que leer la página cinco antes de la página cuatro -le dijo el rey.

3. Gassir el héroe

Había una vez un héroe famoso que se llamaba Gassir. Había vencido a todos sus enemigos, devastado sus pueblos, y pensaba que su fama sería eterna. Un día, cuando volvía de la lucha, vio una perdiz sentada en la hierba y que cantaba:

No hay sables poderosos.
No hay hombres tan poderosos
que no sean olvidados.
¡Oh, Gassir!, ¡valiente guerrero!,
tus heroicas hazañas
serán olvidadas.
El heroísmo, tú lo sabes,
como resultado de la fuerza,
engendra lágrimas y tristeza.
El mundo te olvidará,
como a mí me olvidará,
pero el canto sobrevivirá…
Las ciudades y los pueblos,
los héroes y los cobardes:
¡todo desaparecerá!
¡Solo mi canción sobrevivirá!

Gassir oyó el extraño canto del pájaro; luego fue a buscar al Sabio de la aldea y le contó lo que había oído.

-La perdiz tiene razón -dijo el anciano-. La fama del héroe es como la hierba. Antes de que termine el año, se seca. Pero una canción es eterna.

Al oír esto, Gassir fue a buscar al herrero, que era muy habilidoso, y le pidió que le hiciera un laúd.

-Te haré un laúd -dijo el herrero-, pero ¿sabrás tocarlo?

-Eso es asunto mío, no tuyo -respondió Gassir con arrogancia.

Entonces el herrero le hizo un laúd. Pero cuando Gassir intentó tocarlo, no salió de él ni una sola nota.

-¿Por qué el laúd está silencioso? -preguntó.

-Te dije que no sabrías tocarlo. Pero es asunto tuyo, no mío -rió el herrero.

Avergonzado, Gassir le contestó:

-Dime, ¿qué debo hacer?

El herrero inclinó la cabeza y reflexionó. Luego dijo:

-El laúd no es sino un trozo de madera. No sabe cantar porque no tiene corazón. Eres tú el que debe proporcionárselo. Llévalo contigo cuando vayas a combatir. Cuando su madera esté mojada por tu sudor y tus lágrimas, cuando tus penas se conviertan en sus penas y tu gloria en su gloria, ya no será simplemente un trozo de madera que yo habré transformado en laúd, sino una parte de ti mismo, de tu vida. Y entonces hablará.

Poco después, Gassir marchó a la guerra contra uno de sus enemigos.

Reunió a sus ocho hijos y les dijo:

-Vamos a combatir hoy. Nuestras hazañas no deben olvidarse jamás. La gloria de nuestros sables debe vivir siempre. Yo, Gassir, y ustedes, mis hijos, podemos morir, pero sobreviviremos en una canción, que será inmortal.

Después de haber hablado se puso el laúd en bandolera y salió con sus ocho hijos. Lucharon durante ocho días, como corresponde a los héroes. Los sablazos de Gassir hicieron temblar las cuerdas del laúd y el sudor de su frente se infiltró en la madera. Combatieron los ocho días propios de los héroes, y cada día uno de sus hijos murió en la batalla.

El octavo día, el de la victoria, cuando Gassir enterró a su octavo hijo, el gran héroe se sentó en una piedra y por primera vez en su vida derramó lágrimas de tristeza. Su heroísmo había sido inútil. Ahora se había quedado completamente solo y pronto nadie se acordaría de él ni de sus hazañas.

De repente, Gassir oyó el sonido de una voz, una voz que parecía venir de su propio corazón. Era el laúd, que había cobrado vida por sus lágrimas, que no por sus hazañas. El laúd cantó a Gassir y sus hijos, cantó su valor y su arrojo… Y su canto vive todavía y vivirá eternamente.

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