Tres poemas de Margaret Atwood para entenderla más allá de sus novelas

Por redaccionnyl el 15/06/2018

La canadiense Margaret Atwood es conocida principalmente por sus 17 novelas. Argumentos distópicos como el de «El cuento de la criada» (The Handmaid’s Tale) la hacen famosa incluso entre personas ajenas a la literatura.

Pero Atwood también es una poeta formidable. Ha publicado 19 poemarios desde 1961, ocho años antes de que saliera a la luz su primera novela, «La mujer comestible» (1969).

Para que conocer un poco de su basta obra en verso, hemos dispuesto a continuación tres poemas breves y poderosos de esta mujer que además es crítica literaria y activista política.

Las traducciones están a cargo de Lidia Taillefer y Álvaro García.

El hombre que existió

En el campo con nieve va abriendo mi marido
una X, concepto definido ante un vacío;
se aleja hasta que queda
oculto por el bosque.

Cuando ya no lo veo,
en qué se ha convertido
qué otra forma
se mezcla en la
maleza, vacila por los charcos
se esconde de la alerta
presencia de animales de la ciénaga

Volverá
al mediodía; o puede que la idea
que tengo yo de él
sea lo que me encuentre de regreso
y con él amparándose tras ella.

Puede que me transforme a mí también
si llega con los ojos del zorro o los del búho
o con los ocho
ojos de la araña

No puedo imaginarme
qué verá
cuando abra la puerta

Frente a un espejo

Fue como despertarme
después de haber dormido siete años

y encontrarme con una cinta tiesa,
de un negro riguroso
podrido por la tierra y los torrentes

pero en cambio mi piel se endureció
de corteza y raíces como cabellos blancos

Mi heredada cara traje conmigo
una aplastada cáscara de huevo
entre otros desechos:
el plato de loza hecho añicos
en el sendero del bosque, el chal
de la India destrozado, fragmentos de cartas

y el sol de aquí me ha impreso
su bárbaro color

Se me han puesto rígidas las manos, los dedos
quebradizos como ramas
y los ojos perplejos después de
siete años, y casi
ciegos/brotes, que sólo ven
el viento
la boca que se abre
y se agrieta como una roca al fuego
al intentar decir

Qué es esto

(sólo hallas
la forma que ya eres,
pero qué
si has olvidado ya en qué consistía
o descubres que
nunca lo has sabido)

Deseo: metamorfosis en emblema heráldico

Me estudio con cuidado
en mi menguante cuerpo
que es no obstante engañoso
como la piel de un gato:

seré, cuando me entierren,
más pequeña.

En mi piel se bifurcan las arrugas;
como el pelo o las plumas, sobresalen.

Mis nietos, en este salón,
inquietos en la sillas del domingo
con mi sordera, mi broche de camafeo
mi mente arrugada
que corre hacia sus viejos escondrijos

intenta imaginar cómo
tal vez

vagaré y entraré furtivamente
en una cristalina oscuridad
por entre estalactitas, con un nuevo
plumaje
sin correr
dorado y

Verde fuerte, mis dedos
torcidos y escamosos, mi

ópalo
sin
el brillo de los ojos.

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