Tres poemas de Vivian Sanchbraj

Por redaccionnyl el 04/05/2020

Vivian Sanchbraj (Mexicali, 1978) es una poeta que se forjó bilingüe en los últimos años. Sanchbraj ha estudiado diplomados de poesía en su ciudad natal, en Yale University, UCLA, The Writer’s Studio y una maestría en poesía por parte de Spalding University.

Sus poemas y ensayos han sido publicados en Mexico City Lit, El Humo, Liberoamérica, y Two Serious Ladies, entre otras.

Publicó su primer poemario Octamadona a los dieciocho años y después de eso ha vivido en Estados Unidos, Europa y Asia.

Ha sido editora para The Louisville Review y actualmente trabaja en su primera novela en inglés.

PORNĒCRATIE DESTINO

En la isla de Kusadasi

por el camino de las prostitutas

coloqué mi pie desnudo

sobre la huella de mármol

de un pie antiguo que marca ese camino.                                                                     

Mis piernas envueltas en piel de lagarto
y yo, culona como negra

llevo en la entrepierna una mandrágora.

En unos años llenaré mis pechos

con agua de mar.

Camino a solas

y una mariposa blanca

revoloteando presagia los orgasmos.

Lo reconozco, desde entonces

he buscado uno cada día.

MI MADRE EN EL BIDET

Cuando yo era niña y mi madre acababa
de tener relaciones con mi padre, se apresuraba

al baño y dejaba la puerta entreabierta.

Mi madre desnuda
con las piernas abiertas y en cuclillas

sentada en el borde de la taza de baño.

Con una de sus manos frotaba su origen del mundo,

y con la otra vertía agua de un recipiente de plástico.

El lunar negro en su seno derecho

y los pezones como capullos de rosa

realzaban sus pequeños pechos de Venus.

Luego se levantaba un poco del bidet
para lavar la espuma

de su profuso pelaje negro
y se entreveía su labia rojiza y coral.

Salía con apremio y como una ninfa en el paraíso

se aleja balanceando con gracia

sus hermosas nalgas.

Aún no sé si todo esto fue para demostrar
que ella sería la reina de todas las perlas
y de todos los huesos, y que todos los cerdos
y todos los perros debían esperar.

LA PIZZERIA PLATÓNICA DE  CINCO EUROS

Después de W.H. Auden

Era mi segundo día en Nápoles,


yo no lo sabía pero esa tarde volví
a la pizzería de cinco euros de la noche anterior
y allí estaba Cósimo, blanco, delgado,
de ojos negros y escasa barba.
Cuando lo vi me dí cuenta que había regresado
al mismo lugar y me sentí como una tonta
y más aún cuando él me recordó
y saludó a viva voz invitándome a entrar.

Me trató como a una invitada en su casa
y eso me hizo sentir querida y protegida.
Me hizo una pizza con mucha albahaca
en el horno de barro que calentaba mucho más
la pequeña pizzería en pleno verano.
Nos entendíamos con mi italiano fragmentado
y el se iba acercando cada vez más a mí sin titubeos.
Me sentí algo nerviosa, pero me gustaba tenerlo cerca.

El otro empleado, un italiano maduro, poco agraciado
notó nuestra cercanía y nuestras sonrisas algo idiotas.

De repente me levantó un brazo para mostrarle a Cósimo
mi gordura y lo poco atractiva que era para él,

logró avergonzarme, pero Cósimo me defendió

y se ganó un poquito mi corazón, él me veía con otros ojos.
Minutos después me enseñó las docenas de bolas

y me dijo que el secreto de una buena pizza era la masa.
El empleado salió a su descanso y los clientes cesaron
de comprar pizzas para llevar,
todo era culpa del calor en todo su apogeo.

Cósimo se acercó mucho más a mí y pensé que me besaría,
pero no, me enseñó un video que él grabó con su celular.
Las feas nalgas de la mujer en cuatro fue lo primero que vi,
seguido de la cara de Cósimo y las estocadas sin piedad

en las que su magnífico miembro se mantuvo rígido y perfecto.
Me sentí nerviosa y febril, inmóvil por el deseo y por el odio.
La envidiaba, quería ser ella, yo merecía a Cósimo
quien me miró con morbo a los ojos, y todo en mí se delató.

Entonces me dijo: “vene con me” y me llevó de la mano
al segundo piso de mesas vacías y ventanas abiertas.
Entramos al minúsculo cuarto oscuro de los casilleros,
Cósimo acariciaba su erección y me miraba fijamente
con su rostro alterado por las delicias del instinto

me pidió que me desvistiera pero no lo hice,
luego la puso a la vista con su tamaño perfecto
de veinte centímetros de largo, y siete de grosor.

No dejó de frotarla, ni de mirarme, cuando decidí bajarme los jeans
gimió roncamente y vi su semen caer alrededor de su puño.

Se disculpó, y yo no le reproché nada,

pero me abotoné los jeans algo arrepentida.

Estábamos empapados de sudor, yo saldría primero
pero él me detuvo y me dijo en italiano que me deseaba.
Ésta vez quise quitarme los jeans rápidamente
pero era muy difícil maniobrar, con tanto sudor se me pegaban a la piel.

Sofocándonos y gimiendo, apretando la lengua contra los dientes
intentamos posturas imposibles, inhalando nuestro sudor.
Finalmente, detrás de mí, fue la mejor. Su cabeza circuncidada
en forma de flecha entraba y salía sepia dura larga.

La mordía con la espesura de mi sexo hinchado, húmedo y cálido.
Emocionado entraba en mí con estocadas abruptas,

pero yo le indiqué el ritmo y él contento me hizo caso.

Me convulsioné por el intenso orgasmo

y a los segundos, sentí su esperma caliente
saliendo de nuevo chorro tras chorro.
Cósimo me pidió que nos diéramos prisa,
él salió primero y yo esperé unos minutos.

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