Tres extractos de «Paula» para ver el lado más humano de Isabel Allende

Por Valentina Rausseo el 24/02/2019

“En diciembre de 1991, mi hija Paula cayó enferma de gravedad y poco después entró en coma. Estas páginas fueron escritas durante horas interminables en los pasillos de un hospital de Madrid y en un cuarto de hotel donde viví varios meses. También junto a su cama, en nuestra casa de California, en el verano y el otoño de 1992”.

De esta forma, inicia Isabel Allende esta conmovedora historia. De los libros más personales y más íntimos de esta gran escritora chilena. Revive, a través de este artículo, tres importantes extractos de la obra.

1. “Mira, Paula. Tengo aquí el retrato del Tata. Ese hombre de facciones severas, pupila clara, lentes sin montura y boina negra, es tu bisabuelo. En la fotografía, aparece sentado empuñando su bastón, y junto a él, apoyada en su rodilla derecha, hay una niña de tres años vestida de fiesta, graciosa como una bailarina en miniatura, mirando la cara con ojos lánguidos. Esa eres tú; detrás estamos mi madre y yo. La silla me oculta la barriga, estaba embarazada de tu hermano Nicolás. Se ve al viejo de frente y se aprecia su gesto altivo, esa dignidad sin aspavientos de quien se ha formado solo, ha recorrido su camino derechamente y ya no espera más de la vida. Lo recuerdo siempre anciano, aunque casi sin arrugas, salvo dos surcos profundos en las comisuras de la boca, con una blanca melena de león y una risa brusca de dientes amarillos.
Me gustaría mostrarte una fotografía de mi padre, pero las quemaron todas hace más de 40 años”.

2. “¿Dónde andas, Paula? ¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Serás la misma mujer o deberemos aprender a conocernos como dos extrañas? ¿Tendrás memoria o tendré que contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?
-Dios guarde a su niña-, me susurra con dificultad Don Manuel, el enfermo que ocupa la cama a tu lado”.

3. “Entretanto, yo andaba en la luna, escribiendo frivolidades y haciendo locuras en televisión, sin sospechar las verdaderas proporciones de la violencia que se gestaba en la sombra y que finalmente nos caería encima. Cuando el país estaba en plena crisis, la directora de la revista me mandó a entrevistar a Salvador Allende para averiguar qué pensaba de la Navidad. Preparábamos el número de diciembre con mucha anticipación y no era fácil acercarse en octubre al Presidente, que tenía en la mente urgentes asuntos de Estado, pero aproveché una visita en casa de mis padres para abordarlo con timidez. ‘No me preguntes huevadas, hija’, fue su escueta respuesta. Así empezó y terminó mi carrera como periodista política. Seguí garrapateando horóscopo de factura doméstica, decoración, jardín y crianza de hijos, realizando entrevistas con personajes estrambóticos, el Correo del Amor, crónicas de cultura, arte y viaje”.

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