Todos los motivos para que los adultos vean “The Incredibles 2”

Por Aglaia Berlutti el 21/06/2018

Durante toda la historia del cine, el concepto del superhéroe se ha transformado de tantas maneras disímiles que finalmente resulta poco menos que una mezcla de valores y nociones intelectuales contradictorios. Por un lado, está la versión limpia y heroica, heredada de primitivas concepciones sobre el bien y por el otro, la más sucia y quizás retorcida, emparentada con el existencialismo moderno pero sobre todo, el temor paranoico al poder como un extremo de la racionalidad social.

Por ese motivo, cuando la película “The incredibles” (Brad Bird — 2004) se estrenó, su argumento desenfadado pero sobre todo su extraña dimensión de lectura y reflexión sobre el heroísmo fue comparado de inmediato — guardando las distancias — con la historia del cómic “Watchmen” — obra fundacional de Alan Moore, publicada en el 1986 — y de la que sin duda, Bird tomó algunas ideas al momento de analizar el super heroísmo desde la pérdida de la fe, el pesimismo y la figura erosionada del héroe como parte de una degradación moral e intelectual de lo que se considera “poderoso”. Fue una jugada arriesgada: después de todo, la película tenía aires de comedia familiar y estaba dirigida a esa gran plataforma de público Pixar, que incluye desde niños en edad escolar hasta adultos, por lo que la doble lectura de su historia (que incluía un intuitivo análisis sobre el desencanto de la vida adulta, la desesperanza moderna y el dolor del desarraigo de cierta madurez espiritual) sorprendió a la crítica y al público. Pero además, era inteligentísima sátira que se burlaba de cada cliché superheroico mucho antes que el Universo Cinematográfico Marvel y su contraparte DC llegaran a la gran pantalla. La combinación convirtió la película en un éxito y además, brindó al cine animado una inédita profundidad que sorprendió por sus implicaciones. Pixar — como concepto — acababa de abrir una nueva dimensión de su propuesta sobre la animación y llevarla a un nivel por completo desconocido.

Casi quince años después, la secuela de “The Incredibles” llega en quizás el mejor y el peor momento para enfrentarse al heroísmo convertido en panacea cinematográfica y sobre todo, a un género creado a partir de la sobre explotación visual y argumental del mundo del cómic. Ya no hay nada nuevo que contar o narrar sobre el mundo de los superhéroes — quizás nunca lo hubo — pero en esta ocasión, el reto de Brad Bird — que repite en dirección y guión — es encontrar la salvedad que permita a los Parr— con toda su carga de simbolismo pendenciero — construir una historia a su medida, en medio de una época descreída, cínica y saturada del heroísmo impostado y artificial. Como símbolo, la familia superheroica tiene el objetivo de asumir la noción sobre el poder como una forma de comprender lo contemporáneo, tal y como lo hizo su predecesora. Con su peculiar capacidad para conmover y emocionar, la historia de “The Incredibles” se enfrenta a la fastuosidad de Universos enormes y complejos. Y triunfa en su extraordinaria sutileza como parte de algo más amplio y denso que cualquier otra propuesta al uso.

La película empieza justo en donde termina su predecesora, lo que permite una sensación de continuidad que se agradece pero que también, es del todo intencionada como hilo conductual de las ideas más profundas de la película. Durante la primera escena un grupo de policias riñen al Señor Increíble (con la voz de Craig T. Nelson) y a su esposa y Elastigirl (Holly Hunter), por entrometerse en medio de una situación que se encontraba “por completo controlada”. Se trata de un diálogo rápido, elemental que deja muy claro que nadie tiene muy claro el papel del héroe en una sociedad que insiste en asumir el costo de su existencia como una excentricidad menor en medio de la fauna cotidiana. Los policias parecen impacientes, cansados, un poco hastiados. Le recuerdan a los Parr la franja de destrucción que dejaron a su paso y además, que el edificio que acaban de salvar, se encuentra bajo las bondades de un cuantioso seguro. En resumen: ya los héroes no son necesarios, mucho menos indispensables. Agua pasada y reconvertida en una curiosidad pop a la que nadie presta demasiada atención. Con la misma sutileza que Moore en “Watchmen” (que vuelve a ser el referente inmediato de esta pequeña gran epopeya de lo cotidiano), el heroísmo es una rareza innecesaria, una versión de la realidad que a nadie importa demasiado. Para los primeros minutos de la película, la propuesta ya está sobre la mesa y la premisa, muy clara. Ahora sólo necesita construir algo más sólido que la mera idea sobre la heroicidad carente de verdadera utilidad.

Y la película lo hace. Con su juego de pequeñas y extrañas ironías, la película avanza entre autoreferencias — la mera mención al seguro del Banco destruido de la primera escena nos recuerda que la identidad secreta de Bob Parr, Mister Incredible solía ser empleado descontento de una aseguradora — y también, en medio de la percepción del poder como una forma de expresión lineal de una época que no comprende bien lo esencial sobre el héroe tradicional. El mundo tradicional de los Parr, creado por Brad Bird con minucioso detalle y esa plana sencillez de lo cotidiano, encuentra en “The Incredibles 2” un reflejo extravagante pero sobre todo, un aire renovado que aunque no supera a la película original, si brinda cierto aire de asombro sin llegar al virtuosismo de esa gran explosión dinámica que asombró a la audiencia en el 2004. Y mientras en la primera película la identidad de la familia de superhéroes era secreta y debía ser protegida — lo que obligaba a los Parr a malvivir bajo un disfraz hogareño que provocaba una desigual frustración en cada miembro de la familia — su secuela disfruta ampliando el Universo y creando algo más elaborado y complejo. La vieja casa anónima de los suburbios se convierte ahora en algo mucho más elegante y lujoso, una Mansión que con cascadas y un aire retrofuturista que deja muy claro, que la familia Parr no está dispuesta a ocultarse otra vez o al menos, no de la misma manera en que les habían obligado hacerlo hasta entonces.

La película continúa siendo una fantasía atemporal que sin embargo, podría ubicarse de una manera u otra — ya sea por detalles de diseño o por mera deducción visual — en la década de 1962, como sugieren las líneas rectangulares y abierta de los automóviles, las ropa sencilla y pulcra pero sobre todo, la decoración repleta de estampados y pequeños puntos focales romboides que recuerdan sin duda a la segunda mitad del siglo pasado. Esa visión tiene su encanto, su versión de la realidad y sobre todo, su profundidad al momento de narrar una historia que no depende de la época, sino más bien, de la combinación sensorial y de ideas que confluyen en el argumento. Porque a pesar de los catorce años transcurridos, el espectador de inmediato se reconecta con la acción como si en realidad la original y la secuela, fueran parte de una misma cosa, levemente diferenciadas por los apreciables avances técnicos de la animación. Pero además de eso, Bird deja muy claro que el tiempo interior de la historia ha transcurrido y lo ha hecho, bajo la concepción de algo más profundo: el mito del superhéroe se ha transformado de tantas maneras distintas que parece ubicuo y definitivamente omnipresente. Por extraño que parezca, Bird lucha contra la amenaza de Syndrome, el espléndido villano de la primera, cuya frustración y odio parece encajar de pronto en la premisa entera de la película dentro de un Universo saturado de propuestas idénticas: “Cuando todos sean súper, nadie lo será”.

Pero “The incredibles 2” supera el escollo con elegancia y una profunda gallardía amable: sin importarle los debates sobre los superhéroes o el hecho de su existencia, la idea de y la plenitud argumental del film, se sostiene sobre una coexistencia amable y persistente, que construye un reflejo de la realidad de enorme inteligencia conceptual. Sin que importe demasiado el ánimo colectivo, las discusiones sobre el heroísmo o mucho menos, la versión del héroe machacada y reconstruida en pantalla durante la última década, “The Incredibles” funcionan como lo que son: una familia que evoluciona, madura, crece y se hace cada vez más singular en sus pequeñas versiones de la realidad.

Bird se burla con inteligencia de ideas que llevan machacándose demasiado tiempo en pantalla (la necesidad de una figura poderosa, el rescate, el verdadero villano detrás de las aparentes buenas intenciones, una percepción común sobre los temores generales sobre las grandes corporaciones), pero también, de los roles de género, la noción de la identidad en medio de una época opaca y homogenizada. En conjunto “The Incredibles 2” es una secuela que aprovecha lo mejor de la película original pero además, encuentra una forma de dejar muy claro, que las grandes historias sobre la permanencia, la emoción y los vínculos esenciales siempre encuentran una forma de expresar ideas Universales. Quizás el mensaje más contundente de una película pulcra, inteligente pero sobre todo, emocionalmente compleja. Todo oculto bajo la identidad secreta de una aparente película infantil.

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