Todos los buenos motivos para leer a Gabriela Mistral

Por Aglaia Berlutti el 18/04/2018

Se suele decir que los iconos nacen desde la periferia, haciéndose cada vez más poderosos y significativos a medida que se analizan desde su poder para trascender. Algo semejante ocurre con Gabriela Mistral: En su natal Chile es un ícono, sólo equiparable quizás a Neruda o a Bolaño.

No obstante, al contrario de sus coetáneos, a Mistral se le conoce como símbolo de lo posible, una expresión profunda sobre la cualidad de las letras Chilenas. Más allá de su larga carrera literaria, Gabriela Mistral parece ser el rostro inquieto y apasionado de un Chile misterioso. Una huella de un pasado profundamente metafórico en el mundo de las letras. Se trata de una adoración que desborda lo literario para transformarse en algo más: su cara se encuentra en los billetes de 5000 pesos y un Centro cultural de considerable importancia lleva su nombre. De manera que Mistral es Mistral, una leyenda atípica que se basta así misma para sustentarse y crear toda una noción sobre si misma y sus repercusiones.

Y es que la autora que ganó el premio Nobel en 1945 es además una figura controvertida por su falibilidad, por su dureza y sobre todo, por existir en dimensiones por completo nueva que hasta entonces, eran asombrosas para una mujer. Sobre todo, en un país tan severo y tradicional como el Chile que le tocó vivir. No sólo fue una militante comunista -y se habló por años sobre el riesgo que como autora había corrido al hacer evidente su simpatía política — sino además, dejó muy claro que su identidad tenía una relación indeleble y directa con su estilo al escribir. Controvertida y asombrosa, Mistral no sólo luchó contra los prejuicios que pudieron disminuir su brillo, sino que los usó como puente para crear una forma de comprenderse así misma que llegó a ser parte de su identidad como escritora. Porque Mistral, compleja y difícil de comprender, creó su propio mito. Lo cimentó desde las aristas, lo soportó desde lo desigual y lo crítico. Se asumió distinta y actuó en consecuencia.

Tal vez por ese motivo, parece que Mistral es mucho más dura y frontal de lo que nunca lo fue Neruda — que también fue comunista — y que su notoria elocuencia política tiene relación con el habitual cuestionamiento sobre su manera de interpretar su propia obra poética. Aún así, su trascendencia está cercana a una forma de asumirla como elemento histórico que incluso el valor elemental. Como mujer y creadora, Mistral se aleja de cualquier cliché y crea para si misma una imagen que calza perfectamente en el ideario de una figura literaria de su calibre. La primera mujer en ganar el premio Nobel en lengua española, que a la vez era docente y diplomática, no parecía conformarse con la idea de transitar ese estereotipo del escritor recluido, en su idea sobre el mundo, en su perenne búsqueda de significado. Mistral no era una víctima de sí misma ni tampoco de su talento. Era una creadora con el libre albedrío de comprender hacia donde le conducía sus búsquedas y obsesiones. Hacia donde quería encaminarlas.

Mistral logró además, que la poesía pasara de ser un género secundario en su país para convertirse en algo más orgánico y poderoso. Ya en 1918, los libros de Vicente Huidobro comienzan a construir lo que sería una nueva forma de comprender el lenguaje metafórico y poético. Pero fue Gabriela Mistral en 1922 con su libro “Desolación”, la que logró brindar toda una nueva dimensión al hecho de la poesía como género que sustenta un considerable poder de arraigo en la literatura de su país y de quizás, latinoamérica. Postmodernista, hermosa pero sobre todo con una enorme profundidad en el uso de significado y la belleza como una forma de trascendencia, la poesía de Mistral creó todo un nuevo matiz sobre lo que la poesía podía ser y más allá de eso, todo lo que necesitaba ser en medio de un panorama literario en constante transformación.

Con frecuencia se le acusa a Mistral de audaz, como si se tratara de un defecto que debería lamentar su obra literaria. No obstante es su audacia, su capacidad para la creación y la profundidad de su búsqueda de respuestas sobre el existencialismo, lo que le brindan una visión renovada de lo que podría ser todo un nuevo planteamiento desde la poesía. Con su libro “Tala”, Mistral no sólo deja claro que su búsqueda poética implica una renovación del género y la comprensión del elemento simbólico como parte de su obra, sino algo mucho más directo y preciosista. Mistral no tiene mayor prurito en analizar su obra desde la periferia, en hacerse preguntas insistentes sobre la poesía como vehículo espiritual. Y lo hace con ardor, con fuerza, con un poder enajenado y profundo que transforma su obra en algo casi doloroso. “Una socarradura larga que hace aullar”, por usar una expresión suya, como dijo en una oportunidad.

Y es que para Gabriela Mistral, la poesía no era sólo una percepción de la realidad, sino la realidad misma. Un tejido conjuntivo de la percepción cruzado a través de palabras, de ideas contrahechas y de lamentos. Con una precisión que en la actualidad continúa sorprendiendo, Mistral logró entretejer el fino hilo de su pensamiento con algo más primitivo, con un ardor que parecía guardar una cierta coherencia con esa percepción del futuro y la incertidumbre que se suele decir, es parte de todo pensamiento poético. Pero aún más, Mistral supo enlazar esa desesperación crasa con algo más perdurable: una evidente belleza que queda envuelta en su capacidad para imaginar lo que teme y lo que ama entre las palabras. Una expresión de fe hacia lo que la literatura puede ser y sobre todo, lo que necesita expresar a través de su necesidad de ser reflejo de la realidad.

Una y otra vez, Mistral parece transformarse y construirse a la medida de quien la mira. Desde la dura militante del ideal a la sincera poeta de vocación desesperada. De símbolo del arte por el arte, al espíritu apasionado por la creación y los límites del verso como forma expresiva. No obstante, Mistral es mucho más que los estereotipos que intentan definirla. Es un misterio entre misterios, una forma de asumir el poder de la poesía dentro de su necesaria capacidad de transformación. Y quizás ese sea su triunfo, su poder creador, el núcleo esencial de su propuesta artística.

Gabriela Mistral murió en 1957 pero su obra sobrevivió a las críticas, los dolores pasajeros y el cansancio existencial. A las etiquetas que intentan definirla sin éxito, incluso al ícono que la poeta creó sobre si misma. Quizás, la mejor forma de trascendencia a la que pudo aspirar.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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