Todas las buenas razones por las que debes ver la segunda temporada de «Jessica Jones»

Por Aglaia Berlutti el 20/03/2018

El arquetipo del superhéroe pocas veces atraviesa revisiones importantes y quizás, ese es su punto más blanco en medio de toda esta nueva reinvención del género heroico que llena las pantallas de cine y televisión. Tal vez por eso, Jessica Jones se ha convertido en un punto de inflexión en la manera de comprender el poder del héroe como expresión de la identidad y el poder personal.

El personaje es una heroína pero a la vez, no es la típica heroína que suele mostrarse en comics y pantallas de televisión. Jones por supuesto, encarga el estereotipo de la mujer heroica de la casa editorial Marvel — compleja, de personalidad extravagante, con superpoderes — es también una sobreviviente. Y es esa cualidad de la fragilidad mental y física sugerida que el personaje vence a través de pura voluntad, lo que le hace por completo distinta a cualquier otro de su género. Para comenzar Jones, encarna los habituales atributos superheroínas — lo que incluye, claro está, superpoderes y el uso de la fuerza física — pero también, una cierta oscuridad interior que elabora una personalidad tridimensional que rara vez puede analizarse desde la caracterización heroica. Jessica Jones tiene una fuerza sobrehumana, puede saltar muy alto pero a la vez, trata de lidiar con su sufrimiento con pulso inteligente, por momentos imperfectos y siempre, tremendamente humano. Se trata de una mujer que presenta síntoma de estrés postraumático, lo que pone a Jessica en otro nivel de percepción sobre el poder. El personaje no sólo debe lidiar con el asombro por su cualidad asombrosa sino con los espacios más oscuros de la psiquis humana. Jessica se convierte entonces, en un símbolo dual de fortaleza y de ideal del heroísmo, entremezclado con un discurso moderno sobre el valor del poder del bien y el mal como decisiones teóricas, éticas y profundamente emocionales dentro del elemento extraordinaria de toda historia de superhéroes. Terrenal, objetivo e inmediato, los padecimientos de Jessica (que van desde recuerdos involuntarios, ansiedad, impulso autodestructivo) la convierten en no sólo una mujer extraordinaria, sino además en una mujer real dentro del ámbito de comprensión de su capacidad para luchar contra el mal íntimo y su percepción sobre la justicia.

Durante la primera temporada, el argumento se centró no sólo esa gradual concepción de la fortaleza en Jessica, sino también en el hecho básico que debe lidiar con los recuerdos y el terror como una forma de camino del héroe privado y analítico, con marcado tinte psicológico. La violencia — simbolizada por Killgrave, el villano canónigo de la historia — además se analizó desde la percepción de la agresión física y mental que Jessica sufrió y que Killgrave transforma en una mirada al miedo y a la vulnerabilidad que asombra por su ambigüedad. De modo que el villano, es también el símbolo del maltratador, del violador, lo que convirtió a Jessica Jones — como estructura general — en una alegoría al poder del sobreviviente y sobre todo, su lucha diaria contra los rigores invisibles de un tipo de dolor que rara vez se analiza en la cultura pop. Jessica Jones, superhéroe pero también profundamente imperfecta, llena de matices y un directo sufrimiento realista, reflexionó en su ya clásica primera temporada no sólo la violencia de género — tema que subyace en todo el argumento como una pulsión análoga al desarrollo del personaje y la trama — sino también sobre el abuso del poder, el dolor y el sufrimiento escondido en un entramado inquietante sobre la vida cotidiana y sus consecuencias. Como si de un personaje mitológico se tratara, Jessica Jones emergió entre la redención imprescindible en todo personaje del género hacia algo más sustancioso, complejo y duro de asimilar. Con toda su visión sobre el teorema de Batman — el héroe/antihéroe que utiliza su dolor como bandera de lucha y además, una form de convertir el trasfondo personal y espiritual en reflejo del poder — Jessica jones marcó una revolución para los superhéroes. Con una dimensión profunda sobre el hecho traumático y más allá de eso, una verdadera comprensión el trauma y el dolor, la primera temporada se convirtió en algo mucho más elaborado que una visión sobre la fuerza y lo extraordinario. Con una precisión extraordinaria, logró crear una meditada imagen sobre el sufrimiento emocional y moral que desconcertó por sus diversas implicaciones.

Con una percepción tan clara sobre sus bases argumentales, la gran pregunta a la que se enfrentaba la segunda temporada, era si podría analizar la compleja personalidad de Jessica — su implicaciones y la conmoción del padecimiento emocional como base para su comportamiento — sin su principal motivación y némesis. Por supuesto, se trataba de una apuesta arriesgada: El regreso del personaje no sólo debería asegurar la continuidad de la historia, sino construir una comprensión dual sobre lo que podría ocurrir en esa versión tan dura de la realidad que el personaje encarna. Por supuesto, que la ausencia de Killgrave planteaba el conflicto de como lograr una evolución sobre el mal interior que ya el guión había analizado en la temporada interior. De manera que la decisión parecía obvia: Jessica Jones debería enfrentarse a sus demonios, batallar con la circunstancia íntima y lograr una redención sustancial que pudiera construir una dimensión desconocido con respecto al personaje. Los primeros capítulos del regreso de Jones a las pantallas de Netflix lo muestran de manera muy clara: Liberada de la figura que encarnaba todos los horrores, sigue sin ser capaz de librarse de sí misma. Jessica bebe más que nunca, continúa teniendo sexo anónimo y extrañamente desapasionado en los baños de los bares que frecuenta y lidia sin mucho éxito con la idea que de hecho, es una asesina que no sólo debe enfrentarse al constante dolor de la culpa sino también, al análisis de lo que la conciencia de la responsabilidad sobre sus capacidades extraordinarias pueden ser. Antes o después, Jessica Jones debe admitir el dilema de la conciencia y conciliar esa presión emocional insoportable con algo más duro, violento e insoportable.

No puede decirse que la Segunda Temporada logre analizar todos los puntos e implicaciones de las expectativas y de hecho, durante los primeros capítulos no lo logra en absoluto. Lenta y blanda, la estructura del show parece olvidar por momentos que Jessica Jones — como serie — basa su fortaleza en la capacidad del personaje para analizar el sufrimiento emocional como una forma de poder. En el primer episodio, Jessica parece perdida, aturdida y sobre todo, sin la capacidad intuitiva para lidiar con sus padecimientos, más allá de una colección de pequeños terrores invisibles que no logran sostener el poderoso discurso de la serie. En ocasiones, incluso se torna aburrido, en medio de pequeños baches argumentales que no terminan de encajar del todo. Desde los frágiles egos masculinos que son incapaces de traducir la tensión y la mirada hacia la angustia inquisitiva de Jones sobre si misma y su relación con el sexo opuesto, hasta los pequeños golpes de efectos no resueltos del todo — el vecino misterioso e incómodo cuya presentación fuera de lugar en medio del tono contenido de la serie — sorprende que el argumento haya perdido el norte hasta analizarse por medios de escenas sin sustancia que avanzan sin la cuidadosa sincronía que el show mostró en su llegada a la pantalla chica. Por supuesto, esa disparidad entre el poco interés del guión por analizar a esta nueva Jessica — que debate y se enfrenta con una evidente angustia emocional contra su propio reflejo en el espejo — parece resarcirse a partir del tercer capítulo, con la llegada de la magnífica Janet McTeer como una fuerza potencialmente malévola y sin duda, un némesis a la altura de Jones, que ahora debe construir toda una nueva percepción sobre lo poderoso — en sí misma y quienes le rodean — y asumir el mal posible como un análisis pormenorizado sobre los límites de lo extraordinario. Con su cualidad tenebrosa y dura, McTeer encarna todos los temores y terrores, convertidos en un anuncio perpendicular sobre el terror que se anuncia bajo lo corriente y sobre todo, la cuidadosa pátina de normalidad que el show continúa manteniendo como elemento esencial de su discurso.

A partir de la mitad de la Temporada, la serie encuentra de nuevo el estilo singular que la convirtió en un suceso inmediato. Con todos los capítulos dirigidos por mujeres y la productora Melissa Rosenberg decidida a dotar a sus personajes de una visión sobre el género totalmente nueva en productos televisivos semejantes, la serie es una compleja estructura sobre las diferentes facetas de lo femenino y también, de la profundidad emocional e intelectual del discurso superheroico. Desde Jeri, la implacable abogada encarnada por Carrie-Anne Moss, — ambivalente, enfrentándose a todo tipo de conflictos y dolores — hasta la magnífica Patricia “Patsy” Walker Baxter, como fascinante retrato de la ambición y la voracidad intelectual femenina, la serie demuestra que tiene una consistente intención de seguir rompiendo esquemas sobre lo que debe plantearse sobre acerca de la identidad de la mujer poderosa, sus vicisitudes y dolores. Mucho más aún, cuando ahora Jessica debe enfrentar a su pasado — o mejor dicho, el peso inquietante de no comprenderlo lo suficiente — y la lucha contra el hecho irrefutable que el poder le transforma en una comprensión sobre el valor y un ideal difuso en el que no logra calzar. Entre una y otra cosa, Jessica Jones logra remontar las dificultades de la temporada para analizar el sufrimiento, la percepción del yo y el valor de lo íntimo. Quizás el mayor reto al que se enfrentaba la más atípica de todas las heroínas Marvel.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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