Si quieres embriaguez, acepta también la resaca. Por Hermann Hesse

Por Valentina Rausseo el 14/12/2019

Hermann Hesse fue uno de los más destacados escritores en idioma alemán del Siglo XX.

A lo largo de toda su vida, Hesse tuvo el talento para tocar las más comunes inquietudes que todos tenemos, pero la diferencia es que él las persiguió y, posteriormente, las trabajó.

«¿Qué es la vida? ¿Por qué estamos vivos? ¿Cuál es el propósito de la existencia? ¿La vida humana tiene sentido? Si tiene sentido, ¿éste es intrínseco, o es necesario inventarlo o improvisarlo? Si la vida no tiene sentido, ¿es posible asignarle arbitrariamente alguno?».

Por nombrar algunas…

Y observando el panorama con un ojo literario, Hesse elaboró estas preguntas basándose en personajes hastiados por otras preocupaciones propias de su tiempo: la crisis de la sociedad europea en entreguerras, el derrumbe de modelos como el gobierno imperial o la familia patriarcal-burguesa, la imposición de los valores de las sociedades industriales y mecanizadas, entre otros.

Sin embargo, Hesse no fue solamente autor de libros de ciencia ficción, sino que todas esas inquietudes encontraron salida en otros ámbitos literarios, como la poesía, el ensayo, y un género particular llamado «apunte suelto».

En el caso particular de Hesse, varios de esos apuntes se publicaron reunidos en el libro (publicado en español) «El caminante«.

En «El caminante«, Hesse incluyó un apunte con el siguiente subtítulo: “Tiempo lluvioso”, el cual podría caracterizarse como una elaboración enfocada en su propio malestar.

Y de alguna manera, el escritor atrapó (ahí) un momento de inconformidad consigo mismo y/o con el mundo, el cual, por lo que puede leerse, estuvo inspirado justo en el afán de «vivir la vida bajo nociones sumamente rígidas», como si la existencia tuviera que ajustarse a ciertos parámetros.

Con todo, Hermann trató de entender y resolver su impotencia de una forma prodigiosa y, a la vez, sensata, ya que se dio cuenta de que su mejor opción es, sencillamente, abrazar la diversidad propia de la vida cotidiana, contradictoria quizá, incomprensible en ocasiones, pero después de todo inseparable de la experiencia que tenemos de ella.

Luego, Hesse ecribió:

«Sé por qué es así. No es el vino que bebí ayer, ni que haya dormido en una mala cama, ni tampoco el tiempo lluvioso. Han aparecido unos demonios y han desafinado una por una todas las cuerdas de mi ser. Ha vuelto el temor, el miedo de las pesadillas infantiles, de los cuentos, del destino de los colegiales. El temor, el acoso de lo inalterable, la melancolía, el tedio. ¡Qué insulso es el mundo! ¡Qué horrible tener que levantarse mañana, volver a comer, volver a vivir! ¿Por qué hemos de vivir? ¿Por qué es el hombre tan tímido y bonachón? ¿Por qué no yacemos desde hace tiempo en el mar?

Ni siquiera ha crecido la hierba. No se puede ser vagabundo y artista y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia moral. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar! ¡Cuánto has mentido! ¡Cuántas miles de veces, incluso en tus libros y poesías, has fingido ser el armonioso y sabio, el feliz, el iluminado! ¡Lo mismo han fingido ser los héroes al atacar en la guerra, mientras las entrañas temblaban! ¡Dios mío, qué simiesco y fanfarrón es el hombre, sobre todo el artista, sobre todo el poeta, sobre todo yo!»

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