Si hay extraterrestres, ¿por qué no nos contactan?

Por redaccionnyl el 18/03/2019

¿Dónde están todos? Esta pregunta formulada por el físico Enrico Fermi en 1950 sobre la posible existencia de otras civilizaciones inteligentes en el Universo sigue rondando la mente de los científicos, que barajan la idea de que ya nos hayan localizado y no quieran establecer contacto.

«Quizá nos estén mirando como nosotros miramos a las cebras en un zoo», destacó este lunes a Efe el astrobiólogo estadounidense Douglas Vakoch, presidente del METI, organización educativa y de investigación que transmite señales hacia estrellas cercanas en busca de un hipotético intercambio.

Su organismo ha reunido en el planetario de París a biofísicos, astrónomos, sociólogos o paleontólogos para reflexionar sobre la paradoja que planteó Fermi: por qué si hay miles de millones de posibilidades de que haya civilizaciones inteligentes en otros planetas ninguna ha contactado con nosotros.

«Durante unos 50 años los astrónomos están a la escucha de posibles señales, pero ¿qué pasa si todas las civilizaciones hacen lo mismo? Sería un universo muy silencioso», agrega Vakoch, de 57 años.

Las señales de radiofrecuencia o de láser enviadas hasta el momento buscan dar ese primer paso que haga ver a esas hipotéticas formas de vida inteligentes que los seres humanos están abiertos al diálogo.

Uno de esos mensajes se mandó en 2018 con motivo del 25 aniversario del festival de música electrónica Sónar de Barcelona. Fue dirigido a la Estrella de Luyten, a unos 12,4 años luz de la Tierra, con información básica sobre la humanidad, varias piezas musicales e instrucciones para descodificarlas.

«Los extraterrestres no van a hablar inglés o español. ¿Qué idioma tenemos en común? Si pueden detectar nuestra señal necesitan haber sido capaces de construir un receptor, así que deben de saber algo de matemáticas», añade Vakoch.

Este encuentro bienal contempló igualmente la idea de que esos supuestos extraterrestres con tecnologías superiores a la nuestra, conscientes de que los encuentros entre civilizaciones pueden ser perjudiciales para ambas, quieran mantenerse al margen.

«No hay que ser paranoico ni tener miedo, pero sí ser prudente», añade la astrofísica del Observatorio de París-Meudon Danielle Briot.

La posibilidad de que las señales que se envíen desde la Tierra sean captadas o de que las suyas lleguen hasta nosotros es ínfima, admite. «Pero incluso aunque sea pequeña, no tenemos derecho a no intentarlo».

El foro del METI se agarró además a las hipótesis del astrofísico estadounidense Michael Hart, según las cuales la ausencia de visitas extraterrestres pudiera deberse a que estas hayan iniciado ya viajes interestelares pero no hayan llegado, o a que lo hicieran en el pasado y no lo percibiéramos o todavía no existiéramos.

Esa falta de coincidencia temporal o la posibilidad de que la inteligencia humana no esté lo suficientemente desarrollada para captar ese tipo de señales son factores que se suman a otro: que en verdad no haya vida extraterrestre.

«Para mí sería un milagro que no hubiera otra vida ahí fuera, y yo no creo en los milagros. Buscarla es tremendamente difícil, y sobre todo entablar una conversación. (…) Queremos creer, pero necesitamos pruebas. Por eso estos encuentro interdisciplinares son tan importantes», agrega Vakoch.

El hallazgo en 1995 del primer exoplaneta y el descubrimiento desde entonces de más de 3.700, según los datos del foro parisino, alientan la esperanza de la comunidad científica volcada en esa labor.

Los científicos recalcan que la visión que se ha tenido hasta ahora de los hipotéticos extraterrestres es muy antropocéntrica: se les atribuyen brazos, piernas, cabeza y ojos, como si fueran una versión más evolucionada de la raza humana.

Imaginar el aspecto de esa vida inteligente es una mera especulación, pero ¿qué pasaría si se llegara a contactar con ella?.

«Sería extraordinario. Lo cambiaría todo: la biología, la política, la filosofía… Toda la manera de considerar el mundo y nuestro modo de razonamiento», concluye Briot, para quien, llegados a ese punto, surgirían nuevos interrogantes, como el qué hacer o cómo comunicarse.

Marta Garde / EFE

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