Roque Dalton, cuando la ternura no basta. Por Luis Figuera

Por Luis Figuera el 19/02/2019

Los críticos ubican a Roque Dalton, dentro de la llamada poesía conversacional, que tuvo su mayor auge durante la décadas de los sesenta y setenta.

Adentrarse en su obra es entrar en una especie de bosque resplandeciente, donde cada metáfora alumbra y tiene brillo propio, su poética junto a la de César Vallejo, es una de las más relevantes y complejas de nuestra América, construida desde el encuentro con la alegría y el amor cotidiano, sus versos son el zumbido incesante de los abiertos y polvorientos caminos de la América mestiza que lucha y se encuentra en las calles de nuestros pueblos.

En el salvadoreño siempre ha predominado un tono conversacional, su poética es compleja y de una profundidad asombrosa donde se entrecruzan metáforas de una gran luminosidad con un tono coloquial, donde estalla un hondo desgarramiento entre el militante político, y el hombre que busca las huellas de su espíritu salvaje e indómito: “Pesan los párpados/ y aunque pugnen los ojos por quedarse fuera/ el gran abrazo de la tiniebla viene”.

En Roque abundan los adjetivos fuertes en una especie de explosión gramatical que le da fuerza inusitada al poema, sus primeros libros están cifrados bajo la influencia de grandes poetas como Vallejo y Neruda, y en ellos desarrolla una poesía intima que evoca recuerdos, que busca con desesperación y un gran sentido del humor, un espacio para la soledad, el amor, y los problemas políticos típicos de una década convulsa y militante como fue los sesenta.

En su obra se desprenden un conjunto de relaciones semánticas vinculadas de modo general, por un discurso narrativo que apela a diversas expresiones del habla popular, y desde donde el autor expresa un territorio concreto que es su país, un pequeño pulgarcito como el mismo lo definió, un espacio de soledades, recuerdos y añoranzas que está presente como el germen fundamental de su poesía.

La patria expresión de un hondo y desgarrador sentimiento de nostalgia y remembranzas, angustia existencial que obliga al poeta a volver siempre Al Salvador, a respirar sus olores, sus pestilencias, a penetrar mansa y ruidosamente en la podredumbre de sus bares, a descubrir los rostros ocultos en sus largas callejuelas, donde ha rumiado tanto amor prestado.

Ese amor, esa reminiscencia permanente lo llevo a enrolarse en uno de los grupos levantados en armas, para terminar asesinado después de un falso juicio, donde se le acusó de ser un agente de la Agencia Central de Inteligencia, versión que la historia se ha ocupado de desmentir, y que sirvió para mitificar aún más la gigantesca figura del poeta centroamericano.

En el documental de Tina Leisch, Fusilemos la Noche, Porfirio Hernandez, relata “Jonás (Jorge Meléndez) estaba en la ventana hablando con Roque y entra Joaquín (Villalobos), le tira un cuetazo y no lo agarra y luego se le tira en la cama, ahí le dice Roque «no matés» y en la cama le pegó el cuetazo». Esta es la versión del asesinato que ha trascendido a la historia.

La muerte en circunstancias tan dramáticas marcó para siempre la legendaria figura del poeta fusilado, y enterrado tal vez en el vientre de un volcán, para que se hiciera fuego eterno en manos de campesinos, para que se transformara en el unicornio azul que canta Silvio Rodríguez, o apareciera de golpe y porrazo en el medio de aquellas fotografías que describe Cortázar en su cuento Apocalipsis de Solentiname.

La memoria de Roque Dalton está asociada a lo que advirtió en El turno del ofendido, en el poema Las cicatrices “no bastó la persecución redondamente cruel del enemigo/ sino que vino también a hostigarme/ la cuchillada del apreciable vecino/ la malanimosidad del amado pariente gris/ la prudencia del amigo aceptando que me asesinasen/ cuanto antes.” Para él la muerte siempre será una extraña y enigmatica intrusa a la que hay que desterrar

Su vida estuvo signada por largos exilios, por torbellinos interiores que lo persiguieron, en ese sentido fue un fugitivo perenne, una sombra obligada a moverse en la clandestinidad, a cambiar constantemente de nombre.

“Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre
Porque se detendría la muerte y el reposo
Tu voz que es la campana de los cinco sentidos
Sería el tenue faro buscado por mi niebla
Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta
No dejes que tus labios lleven mis once letras
Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio
No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto
Desde la oscura tierra vendría por tu voz
No pronuncies mi nombre
No pronuncies mi nombre
Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre”

Su poesía se nutre de todos esos avatares los exorciza, los domestica con una tierna y violenta furia que indaga, reclama, y se burla con ironía de cualquier acto racional que sirva para perpetuar las diferencias entre los hombres, porque Roque Dalton, es un ejemplo vivo, permanente y purificador del intelectual orgánico. Toda su escritura es una muestra de canto militante, comprometido como fue su vida.

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Cuentista, columnista y político venezolano.

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