Rimbaud, de la comuna de París a la reinvención del amor

Por Luis Figuera el 26/07/2018

En marzo 18 de 1871 se inició uno de los acontecimientos políticos más importantes del mundo contemporáneo: La comuna de París, de la que se extraerían múltiples reflexiones, sobre la participación de la plebe en un gobierno autónomo. Son muy pocos los sucesos que han logrado influenciar a generaciones enteras de pensadores.

La marcha inusitada de hechos vibrantes, pletóricos y algunas veces alucinantes, vio desfilar a hombres y mujeres valientes como Luise Michell, y Eugene Pottier, autor de la internacional, pero la gran figura artística de la Comuna, el reflejo que quedó plasmado en los grandes espejos de la humanidad, fue el daguerrotipo de un adolescente rubio de revueltos cabellos, fugado de aquella otra tiranía: la del hogar.
Nadie como él pudo describir en aquellos versos desoladores la realidad de los obreros y parias de la Francia que moría de mengua, tal vez no ha existido una poesía militante como la que escribió Rimbaud, en esos felices y desoladores días que le toco vivir, entre el fuego y las barricadas que se levantaban en casi todas las callejuelas de un París, que se consumía presa de los ardores de la rebelión.

Paul Verlaine, en su libro Los poetas Malditos, lo describe “Físicamente era alto, bien conformado, casi atlético; su rostro tenía el óvalo del de un ángel desterrado; los despeinados cabellos eran de un color castaño claro y los ojos de un azul pálido inquietante”. Rimbaud, tuvo el privilegio de codearse a su corta edad con los grandes poetas de su país, Víctor Hugo, llegó a bautizarlo como el Shakespeare de la poesía francesa.

Sin duda ha sido el poeta más influyente de Francia, y el más amado por el pueblo, su obra aunque corta como su atormentada vida, causó un impacto que perdura en las letras francesas.

Antes de su poesía los grandes autores intentaban atrapar la fatalidad, ese extraño sentimiento que alumbra el alma de los seres sensibles, y la conduce por los pasadizos de la niebla donde la vida es solo un yermo infinito, pero el gran iluminado escogió la tarea de reinventar el amor, como única forma digna de existencia, ese que nace a la orilla de la auténtica poesía, la que suele devorar noches de duermevela de los hombre para hacerse lenguaje.

En su obra la fe siempre va a estar presente, unas veces con un sentido cercano a la liturgia, y otras como un impulso poderoso de cambio y esperanza, que lo llevo a viajar a Paris para celebrar el nacimiento de la Comuna, que lo mantuvo como guardia nacional en Douai patrullando con una escoba entre las manos, esa fe inquebrantable que lo acompañó mientras vagaba andrajoso y muerto de hambre por las orillas del Sena.
Toda su obra es un acto solemne de ofrenda al maravilloso y milagroso sentimiento que intenta reconciliarlo con el goce supremo de su existencia. Es una poesía contradictoria concebida desde el sufrimiento y los más grandes tormentos, hecha de las ulceras del espíritu, es un verso que abre surcos en el alma del poeta, que lo afiebra y lo hace un barco ebrio que escapa perennemente en busca de la inmensidad de los “cielos de brasa” como “una mariposa de mayo”.

Leer al gran vidente es hollar el suplicio de un alma asomada al candil del fuego sagrado que supo elevarse por encima de la soledad, para escribir con ardor y congoja páginas de gloria y amargura, donde a pesar de confesar: “he llorado demasiado”, hay un lugar sagrado para explorar el abismo sensorial de imágenes que dan colorido a la vida, y que la afirman en violenta y hermosa contradicción con el YO, ese otro sujeto que vuelve a la infancia, de estudiante modelo, de prófugo transgresor, de genio incomprendido, adulto precoz de hambre intelectual, lector de los poetas clásicos del parnaso, de libros prohibidos y licenciosos, amigo , de Víctor Hugo, Boudeliere, y Verlaine con quien mantuvo una relación, visitador incansable de librerías, viajante empedernido.

La poética de Rimbaud se sustenta sobre códigos: El amor como sentimiento supremo, la religiosidad, la contradicción, la fuga perenne, sin embargo toda su obra es una gran metáfora sonora y luminosa que incluso abre un espacio especial para la intelectualidad a tal punto que una de sus cartas se convirtió en el primer manifiesto moderno de la poesía: “El poeta no ha de ser simplemente un artista, sino un verdadero vidente. Su destino no es el cielo azul de los parnasianos, sino el abismo sin fondo de lo desconocido. Tiene que convertirse en el «gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito y el sabio supremo». Debe someterse al desenfreno razonado de todos los sentidos. Debe hacerse odioso, absurdo. La abyección, el odio son el ideal del poeta vidente”

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Cuentista, columnista y político venezolano.

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