Cómo las borracheras de Richard Nixon casi generan una catástrofe nuclear

Por redaccionnyl el 15/08/2017

Las amenazas nucleares de Donald Trump a Corea del Norte no son nuevas para un presidente de Estados Unidos, pero sí hablan de un período especialmente tenso.

Tal vez por eso sus palabras evocan fantasmas del pasado, de otros periodos tensos, como el ocurrido durante el mandato de Richard Nixon (1969 – 1974), que coincidió aproximadamente con una de las épocas en que el régimen norcoreano gozaba de mayor poder. La tensión entonces era quizá menos explícita, y sin duda mucho menos mediática. Pero como veremos, el riesgo en aquellos años fue probablemente más alto -más real- que ahora. Y quizá lo fue por circunstancias menos históricas que personales.

Si atendemos a diversos testimonios, muchos de ellos provenientes de fuentes cercanas al gobierno de Richard Nixon, se dibuja una realidad perturbadora, un factor histórico al que quizá no se le haya dado la debida relevancia: la vida de Richard Nixon, incluido su periodo al frente de los Estados Unidos, estuvo marcada por el consumo de alcohol, los psicofármacos, y los ataques de ira. Esta es una de las tesis de «The Arrogance Of Power: The Secret World Of Richard Nixon» («La arrogancia del poder: el mundo secreto de Richard Nixon»), un libro publicado en el año 2000, escrito por Anthony Summers y Robbyn Swan, que tuvieron el privilegio de contar con testigos tan aprovechables como el propio psicoterapeuta de Nixon y algunas figuras clave de su administración.

Al parecer, y según indican varias fuentes consultadas, fue precisamente el equipo de personas que rodeaba a Nixon durante su mandato el que evitó que la tensión internacional se precipitara en ese periodo hacia un verdadero desastre nuclear. Este video, que reproduce unas conversación grabadas en 1972, retrata esa circunstancia:

Uno de los casos documentados más llamativos ocurrió tras el derribo del avión espía norteamericano EC-121, en 1969, por parte Corea del Norte. Según la versión de un especialista de la CIA llamado George Carver, el enfado del presidente fue tan intenso que llegó a ponerse al teléfono con los más altos mandos militares para, sencillamente, encargarles planes para un ataque nuclear táctico y pedirles recomendaciones sobre posibles objetivos. Henry Kissinger, que por entonces ostentaba el cargo de Asesor de Seguridad Nacional, también les llamó y llegó con ellos a un acuerdo bien diferente: antes de dar ninguna repuesta, esperarían al día siguiente, a que Richard Nixon se despertara sobrio.

Con respecto a este mismo incidente también circula un testimonio directo que da fe del alcance de los delirios agresivos de Nixon. Es lo que cuenta un piloto de la Fuerza Aérea norteamericana destinado por entonces en Kunsan, Corea del Sur, cuya historia recoge un artículo de la revista «NPR». Bruce Charles, que así se llamaba el piloto, cuenta que fue puesto en alerta para lanzar una bomba nuclear de 330 kilotones sobre una pista de aterrizaje en Corea del Norte. Finalmente no ocurriría nada; al soldado se le ordenó regresar a sus tareas habituales y Nixon jamás tomaría represalias por el derribo del EC-121. Presumiblemente, asesores cercanos al presidente, quizá el propio Kissinger, supieron enfriar a tiempo el temperamento incendiado de Nixon. En el citado libro de Summers y Swan puede leerse que el propio Kissinger comentaba a menudo con los asistentes que si se cumpliera siempre la voluntad del presidente, habría una nueva guerra nuclear cada semana

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