El profesor. Un cuento de Juan Carlos Sosa Azpúrua

Por Juan C. Sosa Azpúrua el 19/06/2019

Entra al salón de clases. Viste como ayer, como hace un año y como vestirá mañana. Jean rasgado, camisa blanca y zapatos desgastados. El espacio no escatima en gloria. El anfiteatro tiene capacidad para cien puestos, los mejores estudiantes del planeta. Y Edward Kingstone PhD es el profesor.

Reconocido genio de las letras, con el verbo dispara balas de hermosura y misterio. Convierte la página en blanco en un jardín exótico de flores inéditas, únicas, con aromas que hipnotizan en trances inolvidables.

Se doctoró a los veinte años. A los veinticinco había embrujado a las mejores universidades, hechizando a estudiantes y colegas. Su primera novela sigue siendo un fenómeno de ventas. Su autógrafo es un honor incalculable.

Y allí está Kingstone, de frente a su público, en la tarima, como un dios, listo para iniciar su rutina: Impartir su clase, incentivar debates calientes y responder preguntas. Cumplido el tiempo, se retira a su universo privado, un lugar secreto, donde nadie entra sin su autorización.

Allí solamente hay espacio para las estudiantes más bellas, dispuestas a que sus existencias sean las fantasías materializadas del profesor. Mujeres de todos los colores y formas desfilan desnudas con sus tacones, con la lingerie más atrevida, ansiosas por cumplir las órdenes del amo insaciable. El hombre desprecia los tabúes. Coge y mata. Ese es el reverso de su talento.

Pero Kingstone no asesina con sus manos. Lo hace con la mente.

Seduce y hace lo que le da la gana con las señoritas. Niñas de buenos hogares e impecable educación, se transforman en leonas del sexo. Todo capricho de este vampiro humano, que ruborizaría al marqués de Sade, se vuelve realidad.

Y satisfecho, agotadas sus fantasías, Kingstone se aburre y desprecia cruelmente a su presa. Nadie se salva.

La experiencia produce heridas incurables. Las muchachas nunca se recuperan. Cualquier esperanza de una vida feliz se reduce a un vago recuerdo. Comparar la realidad presente con su tenebroso porvenir, da miedo.

– Márchate.
– ¿Nos vemos mañana?
– No
– ¿Por qué?
– Me aburres
– Ayer me desvestías y hoy me rechazas.
– Lárgate.
– ¿Podré regresar?
– Nunca. Fue divino, pero ya no. No regreses. Tampoco deseo verte en clase. Cámbiate de universidad. Si no lo haces tú, haré que te expulsen ¿entiendes?
– Eres cruel. Te expondré, esto no se queda así Edward… te arrepentirás.
– Si revelas nuestro secreto, publicaré tus fotos en las redes sociales. ¿Quiéres que tu padre conozca a la perra que tiene como hija?
– ¿Por qué me lo haces? ¿Qué te hice?
– Nada. Corroboré mi teoría contigo.
– ¿Y qué teoría es esa?
– Es una ley. Créeme cuando te digo que he conocido a miles igualitas a ti. Bellezas imposibles, con el mundo en sus manos, viendo a todos sus semejantes desde arriba, como seres inferiores. Mujeres que se creen únicas. Tú, exactamente como tú.
Y la belleza es una droga peligrosa. Te vuelve esclava cuando te endiosa. Pensaste que conmigo ganabas el trofeo. Cada vez que te penetraba, gritabas como loca… el gran profesor Kingstone te tomó en cuenta y te hizo su favorita. Estabas dispuesta a hacer lo que fuera. Lo que te pedí lo superaste. Fuiste perfecta. Eres una mujerzuela, deliciosa, pero puta.
– ¿A dónde quieres llegar?
– Sigue tu camino y yo seguiré el mío.

La chica estuvo congelada un tiempo infinito y se marchó. Mañana se sentirá muy mal y tomará dos Xanax. En tres días anunciará su crisis vocacional e informará a sus padres que cambiará de carrera, pero antes hará un viaje a China y conocerá el Lejano Oriente.

Y al tiempo que esa niña, que fue su esclava, se zampa los calmantes, el flamante Kingstone entra a su aula de clases. Siente las chispas de la adoración devota, que brotan de cada uno de esos rostros soñadores, ansiosos de alcanzar también la gloria literaria. El profesor es su musa y la esperanza de un futuro brillante.

– Miranda…
– ¿Sí profe?
– ¿Podría verte después de clases?
– ¿En su despacho?
– A las seis.
– Allí estaré.
-Gracias.

Esa tarde, la joven de diecinueve años invertirá cuarenta minutos frente al espejo, disfrutándose a sí misma: sus caderas, la turgencia de sus senos, esas curvas y la firmeza de sus nalgas. Repasará en su mente aquel capítulo de Flaubert y las rimas de Verlaine.

En pocas horas le tocará la puerta a su profesor. Todavía no se lo cree. ¿Por qué ella, entre tantas otras? Claro. Nadie es tan inteligente. Ninguna saca sus notas y no hay compañera que iguale su belleza. Por eso fue la escogida. Por eso me invitó a mí – pensaba Miranda, dándole los últimos toques a su melena castaña y rociándose con el perfume que compró en París el mes pasado.

Juan Carlos Sosa Azpúrua / @jcsosazpurua

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