¿Por qué «The Predator» triunfa como revival de una franquicia modesta?

Por Aglaia Berlutti el 26/09/2018

Durante la última década, la nostalgia se ha hecho un nicho importante entre las superproducciones de la meca del cine: De pronto, pareciera que toda la nueva producción cinematográfica depende directamente de la capacidad para despertar el recuerdo y la buena voluntad del público o lo que es lo mismo, manipular esa sutil conexión emocional que todo producto de moderada éxito tiene con su audiencia. No es de extrañar por tanto, la proliferación de remakes, reboots y secuelas tardías de todo tipo de franquicias de más o menos peso histórico, que pueblan la pantalla grande de un forzado revival no siempre exitoso. Desde “Alien vs Predator”, “Total Recall”, “Die Hard 4” (y todas sus innecesarias secuelas), Point Break (con su fallida reinvención y pérdida de la mayor parte de su salvaje encanto) hasta la inclasificable “Terminator: Genisys”, cada uno de estos experimentos sobre viejos triunfos taquilleros demuestran la incapacidad de Hollywood para crear algo más novedoso a partir de lo conocido. ¿Se trata de fallos en el planteamiento de la nostalgia como principal anzuelo para la taquilla o de algo más elaborado, del que cada una de estas películas y las docenas de ejemplos semejantes, carecen por completo? Cualquiera sea la respuesta, es evidente que las nuevas producciones basadas en antiguos éxitos, deben enfrentarse al terreno incierto del cinismo de las nuevas audiencias y lo que resulta aún más complejo, a la rápida evolución del lenguaje cinematográfico, que parece condenar su existencia desde el origen.

No obstante, “The Predator” del director Shane Black, parece subvertir la debilidad del planteamiento en algo más novedoso y sobre todo, mucho más original de lo que cabría esperar de una franquicia que ha sido maltratada por años con secuelas de ínfima calidad. Blake, que además de dirigir también es co autor del guión junto a Fred Dekker, parece haber encontrado la fórmula infalible para devolver a la franquicia su brillo. De hecho “The Predator” anuncia un renacer del cine gore de ciencia ficción con una cuidada factura cinematográfica, lo cual resulta no sólo una sorpresa sino también, una apuesta arriesgada luego de casi un lustro de fallidos intentos sobre el subgénero. Pero el director logra en “The Predator” no sólo un buen equilibrio entre la mitología original de la franquicia sino algo mucho más elaborado que sostiene un guión sencillo pero sólido, en medio de una puesta en escena sobria que brinda a la producción un aire severo y enigmático de enorme efectividad.

Por supuesto, se trata de una película que apela a cierto grado de interacción con el espectador y desde la primera escena (con la nave espacial de líneas reconocibles y sobre todo, una versión mejorada de las ya conocidas por el público) es evidente que “The Predator” no disimula su carácter subsidiario con el resto de la franquicia. Es una decisión que a la larga resulta correcta e inteligente: “The Predator” no se trata sólo de una versión renovada — y mejorada — de una saga que ha tenido considerables altibajos, sino también, una profundización de un Universo rico en detalles y matices que Black logra reunir bajo una percepción concreta sobre lo sustancioso de su existencia. Como personajes, los conocidos “Predadores” tienen toda la características de una tribu belicosa y con una historia antropológica propia. Black no solamente logra construir un telón de fondo creíble sobre el tema sino que además, elabora una concepción original sobre la tribu espacial. El resultado es una visión conceptual perfectamente analítica sobre la guerra, la violencia y el miedo a lo desconocido, todo lo anterior envuelto en el lustre de una buena película comercial. Un híbrido pocas veces exitosos pero en este caso, con una considerable posibilidad de volverse un hito dentro de la carrera de obstáculos que en ocasiones representa para el cine actual el revival forzado en medio de elaboradas construcciones de taquilla.

Siendo así, la familiaridad inunda a “The Predator” con una sutileza que no necesita de la estrafalaria obviedad al estilo de la renovada trilogía de Jurassic Park ( con Colin Trevorrow a la cabeza en el 2015 y Juan Antonio Bayona en el 2018) sino que se hace compacta y multifacética a medida que la película avanza. Por supuesto, se trata de una franquicia con treinta y un años de antigüedad y tres películas a cuestas (cinco, de incluir los fallidos y confusos mashups con la saga Alien), por lo que casi cualquier objeto o giro de guión resulta reconocible. Pero Black parece tener mucho mejor tino que otros directores para construir un universo fresco sin recurrir por completo a la mezcla de elementos viejos y a la vez, elaborar una versión de la mitología ya conocida de enorme poder visual. “The Predator” no se trata de un fanservice ni mucho menos, una película creada para asimilar el resto de la franquicia bajo una artificial versión modernizada. La película tiene su propia personalidad y además, juega con gran tino con los lugares comunes inevitables, brindándoles una percepción audaz sobre el Universo predator y sus criaturas. Asombra sobre todo, la manera como Black logra crear una interacción creíble entre las anteriores películas e innovar una concepción sobre la violencia gráfica de tenor muy moderno. Entre ambas cosas “The Predator” sostiene la percepción sobre la violencia en crudo con buen pulso y se desarrolla con un ritmo frenético que no decae hasta la última escena.

Además, Black se atreve con el sentido del humor, un riesgo medido que corre en medio del trepidante conjunto de escenario que atraviesa la trama casi en una inagotable recorrido entre bosques sombríos, laboratorios misteriosos y pequeñas ciudades de EEUU en plena celebración de Halloween. Los chistes se integran a la acción, pero sin resultar extenuantes y mucho menos, carecer de significado en medio de la tensión que aumenta y antecede las escenas más sangrientas. Aún así, de vez en cuando, los chistes y chascarrillos parecen forzados en medio de secuencias tan violentas que resultan abrumadoras. No obstante, Black no modera su versión del bien y del mal, la sobriedad de sus criaturas en contraposición con el desconcierto de sus víctimas. Entre una cosa y otra, hay una extraña comprensión sobre la belleza de un rudimentario poder desconocido, lo que llega a resultar quizás el planteamiento más intrigante de la película.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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