Por qué los amante del libro El perfume deben ver la serie de Netflix

Por Aglaia Berlutti el 08/01/2019

La novela El perfume de Patrick Süskind desafía la esencia misma de lo literario: el autor se atreve a desdeñar esa idea que subyace bajo toda narración — contar lo que ocurre, lo que podría ocurrir — para construir algo mucho más elaborado y profundo: narrar lo que percibe, en la abstracción de los sensorial, de un hedonismo tan puro como crudo. Con su metafórica visión del mundo que se mira desde lo marginal, la novela logra encontrar ese elemento que desafía toda explicación y conclusión, lo que se desea y a la vez resulta perturbador.

La adaptación del libro de la cadena alemana ZDFneo llevada a cabo por los productores Oliver Berben y Sarah Kirkegaard (y que llegó a Netflix el 21 de diciembre del año pasado) tiene la misma construcción alternativa de la realidad, que resulta convincente no sólo por su capacidad para mostrar una percepción sobre el asesinato y la violencia por completo nueva, sino que además, elabora las ideas de la novela con la misma sutileza perversa. A diferencia la adaptación cinematográfica de 2006, la serie toma la audaz decisión de situar la acción en la época moderna. Un paso que podría resultar contraproducente e incluso fallido si la serie no estuviera profundamente interesada en reflexionar sobre el mal en estado puro y su posible belleza de la misma forma en que lo hizo Patrick Süskind en su libro. Como obra intimista, la novela intentó retratar una época y un país, la Francia del siglo XVIII. Lo logra con inusitada habilidad: aunque Süskind no intenta crear un relato basado en lo histórico, el tiempo y la época brindan un peso y una dimensión totalmente nueva a la narración. Lo mismo ocurre con la serie: La historia del asesino nacido del caos — y gracias al caos — toma una nueva dimensión gracias a la mirada del argumento sobre la violencia como una necesidad insoslayable, entrelazado con los peores dolores y pecados de nuestra época. Mientras Süskind construyó con habilidad una historia que bebe de un existencialismo evidente, la serie basada en la historia recorre la naturaleza salvaje de la violencia y lo sexual desde una mirada casi subjetiva. Como si se tratara de un estudio sobre la posibilidad de la agresión — el arte de la muerte, como insiste uno de sus personajes en un momento dado de la acción — , el argumento episódico aporta a la historia una dimensión múltiple: no sólo se trata de los asesinatos que comete el personaje, sino la manera en que despiertan interés y maravilla. La violencia por sí sola no sería tan impactante, a no ser por la expectación y el deseo que provoca. Y es esa percepción sobre el acto del horror — la concepción de la muerte como un fenómeno colectivo — lo que convierte a la serie en un cuidado estudio sobre la psiquis humana.

Como argumento, la serie El perfume se distancia todo lo que puede del material original para crear un juego de análisis sobre la violencia y la compulsión del asesinato. Durante sus seis capítulos, la serie intenta no sólo desentrañar con habilidad la identidad del asesino sino sus motivos, lo que convierte a la investigación en una travesía intrigante a través de la noción sobre la muerte, la tortura y el horror como algo más que simples conductas perversas. Para la serie, los asesinatos tienen un peso específico y también, un significado. Y esa dualidad — no sólo se mata por un impulso irrevocable sino además, se hace para construir un mensaje — lo que hace a cada capítulo en una sutil metáfora sobre la crueldad. Pero además, El perfume juega con el metamensaje y crea algo por completo nuevo: No sólo adapta la historia original tomando sus elementos principales — la acción gira alrededor de la búsqueda de un asesino que mata para obtener lo que considera “el aroma” de sus víctimas —, sino que elabora una hipótesis particularmente extraña sobre la necesidad del poder, el sexo y la dominación por medio de la violencia. La serie no pierde de vista la existencia del material original y lo sitúa como un personaje más. La singular cualidad transmedia de la propuesta — en cada uno de los capítulos, el libro de Süskind forma parte integral de la historia — analiza de manera sutil la influencia de la literatura en el colectivo y también, el poder de evocación de una percepción del deseo relacionada con la idea del asesinato como una obra de arte.

En el libro, Jean-Baptiste Grenouille resume la visión del marginal en una época donde la pobreza condenaba al hombre a la invisibilidad. En la serie, lo hacen el grupo de adolescentes que crean un grupo para analizar la novela desde sus particulares análisis sobre lo macabro, lo sublime y la concepción del horror desde la naturaleza dividida de su cualidad inevitable. Y mientras que en la novela, Grenouille es una criatura repugnante, agresiva, que pasa desapercibida en el oropel del lujo de una París radiante, que sin embargo se desploma a pedazos en su propia decadencia, para los personajes de la serie El Perfume, toma las dimensiones de un héroe sombrío de inusitada profundidad. La serie debate casi de manera involuntaria la percepción del mal moral pero también, la concepción de lo hórrido como un deseo ambivalente que todo hombre y mujer comparte, lo sepa o no. Y es el perfume — el aroma, la esencia, la identidad sensorial del otro — el símbolo que asume esa concepción de la maldad y la bondad como un juego de espejos sofisticado. La serie muestra la atmósfera enrarecida de un Universo privado, siniestro y perverso, es que la violencia gráfica y retorcida se sostiene sobre un elemento profundamente inquietante. Para el guión, el límite entre lo comprensible y la transgresión, pasa por todo tipo de versiones ambivalentes de la violencia como fin último: Los personajes son caleidoscopios de misoginia, odio, deseos inconfensables y la destrucción de la inocencia a través de una convicción básica que la violencia es fruto de lo inaudito. Es entonces cuando la serie toma el argumento de Süskind y lo sublima: cada uno de los sospechosos de la serie de asesinatos que forman parte de la historia, tiene una motivación personal, una misteriosa relación con el centro elemental de mal absoluto que el escritor mostró en su libro y que la serie, lleva a un estrato desconocido.

De la misma manera que en la novela, asombra esa visión del individuo reducido a despojos, ese ciudadano del abismo que recorre la ciudad destinado desde su nacimiento a morir en sus calles. Pero aún más, resulta casi inquietante la manera como se construye asi mismo a partir de la indiferencia del otro, como habita en las sombras, y finalmente triunfa a través de ellas. Tal vez la mayor paradoja de El Perfume sea justamente esa rebeldía de lo insensato: esa obsesión muda de Jean-Baptiste Grenouille que yace más allá de toda razón e interpretación racional y que le perseguirá hasta el magnifico desenlace de la historia. En la serie, el misterio del aroma se reviste de una nueva importancia: de pronto no sólo se trata de la metáfora sobre el mundo interior reconvertido en impulso sensorial, sino en verdaderas formas de manipulación. Un disparador psiquiátrico que el asesino utiliza para recorrer una singular travesía hacia lo que se esconde detrás de la aparente frialdad moderna. Una y otra vez, los personajes se llaman a sí mismos “animales sensoriales” y es esa connotación — la criatura ambivalente que habita debajo de la supuesta razón de la cultura moderna — la que sostiene con firmeza la propuesta entera.

Cada episodio se titula según una fase en la creación del perfume, todo una declaración de intenciones que emula la concepción sensorial de la novela original. Como autor contemporánea que se precie, Süskind fue más allá de la mera descripción: convirtió a su libro en una experiencia de percepciones encontradas que desafió la comprensión del lector. La serie apuesta por el mismo extremo y añade al gore explícito de la mayoría de sus escenas, una cierta elegancia sutil que se relaciona directamente con la sensualidad. ¿Puede ser bello un asesinato? ¿Puede ser deseable la muerte? ¿Puede ser sensual la concepción de la muerte? La serie juega con una serie de ideas en apariencia inquietantes y desagradables, pero con el suficiente buen pulso como para construir un sentido de la realidad original.

Patrick Süskind creó para sí mismo un nuevo género literario que roza el naturalismo con elementos de profunda ironía, nos transmite una visión ácida, cruda y desengañada del hombre sin rostro, que deambula en la historia sin tener un verdadero lugar en ella. Sin duda, la obra de Süskind perturba a menudo por rozar lo desagradable, pero a la vez disfruta de contar una historia desde esa visión desconocida de la sabiduría olfativa, imaginación y enorme capacidad para conmover — aterrorizar, repugnar — al lector. La serie que intenta adaptar esa retorcida comprensión sobre la oscuridad interior lleva a una apoteosis los mejores elementos de la obra: con su peso casi filosófico sobre lo que medra en las sombras de la mente humana y la necesidad de asumir el mal como inevitable, El perfume logra que un procedimental al uso se transforme en algo mucho más profundo y peligroso. Un recorrido preciosista por la complejidad del asesinato como hecho cultural pero también, como reflejo de un cierto tipo de deleite falaz. Una combinación peligrosa que en esta ocasión, alcanza una nueva y extraordinaria dimensión.

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