Poemas de Eugenio de Andrade para dejarse llevar por lo simple

Por María Beatriz D'Andrea el 18/03/2019

Con los poemas de Eugenio de Andrade se aprecia la belleza de la rutina diaria desde una perspectiva diferente. Una puerta abierta hacia la lírica portuguesa del siglo XX expresada magistralmente.

Su nombre verdadero fue José Fontinhas y nació en Póvoa de Atalaya en el año 1923 muriendo en el 2005 en Oporto.

Fue considerado como una de las voces más importantes de la poesía en portugués siendo su obra galardonada. Entre estos galardones estan los premios «Premio Vida Literaria» y «Gran Premio de Poesía de Portugal».

Algunas de sus publicaciones más notorias son «Las Manos y los Frutos», «La sal de la lengua» y «Materia solar».

También realizó traducciones de varias piezas poéticas literarias como las de García Lorca y Safo.

Es por ello que te traemos cinco de sus poemas para que seas espectador de la genialidad de este poeta portugués.

Con elementos de la naturaleza y sus sentimientos más profundos exhibe sus experiencias de vida hechas poesía.

1. «Un amigo es a veces el desierto…»

Un amigo es a veces el desierto,
otras el agua.
Despréndete del ínfimo rumor
de agosto; no siempre
un cuerpo es el lugar de la furtiva
luz desnuda, de cargados
limoneros de pájaros
y el verano en el pelo;
en el follaje oscuro del sueño
es donde brilla
la piel mojada,
la floración difícil de la lengua.
Lo cierto es la palabra.

2. «La lluvia cae en el polvo igual que el poema…»

La lluvia cae en el polvo
igual que en el poema de Li Po.
En el sur los días tienen ojos grandes y redondos;
en el sur el trigo ondula,
sus crines danzan en el viento,
son la bandera descamisada de mi embarcación;
en el sur la tierra huele a lino blanco,
a pan en la mesa,
el fulvo ardor de luz invade el agua,
cayendo sobre el polvo, leve, encendida.

Igual que en el poema.

3. «Ahora vivo más cerca del sol…»

Ahora vivo más cerca del sol,
los amigos no saben el camino:
es bueno ser así de nadie en las altas ramas,
hermano del canto exento de algún ave de paso,
reflejo de un reflejo,
contemporáneo de cualquier mirada desprevenida,
solamente este ir y venir con las mareas,
ardor hecho de olvido,
polvo dulce a la flor de la espuma,
eso apenas.

4. «Las cigüeñas»

Las cigüeñas.
Me traen el atrio,
dos casas, o tres, si fueran blancas,
la torre donde se posaban lentas.
Tenía yo entonces la edad de las moras,
el sol sobre la boca sofocaba.
¿Te acuerdas?, o el peso de otra boca.
De otra razón. No sé.
Corría a pedradas a los perros de los que tenías miedo.
Y huía de ti para acariciar en secreto
el caballito bayo que enamoraba entonces.

5. «En un lugar al sur…»

Es un lugar al sur,
un lugar donde la cal
amotinada desafía el mirar.
Donde viviste.
Donde a veces en sueños vives aún.
El nombre empapado de agua
te escurre de la boca.
Por caminos de cabras descendías a la playa,
el mar batía en aquellas piedras,
en estas sílabas.
Los ojos se perdían ahogados
en el fulgor del último o del primer día.

Era la perfección.

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