Ocho poemas para espías, mirones y otros sinvergüenzas

Por redaccionnyl el 14/09/2018

La decisión de una compilación de poemas para espías pasa por la aceptación de que estas personas existen. Algunos los llamamos voyeurs para poder soportarlos.

Desde que Peeping Tom decidió no hacer caso a la súplica de Lady Godiva y la vio cabalgar sin ropa en la Edad Media, la existencia de los mirones ha sido reconocida. Hoy podemos incluso recopilar un montón de poemas sobre ellos incluso en escritos en primera persona por los más célebres de las letras.

Memoria de la carne, de Juan Luis Panero

Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí, en la perdida frontera de los catorce años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne.

Strip-tease, de Blanca Varela

Quítate el sombrero
si lo tienes
quítate el pelo
que te abandona
quítate la piel
las tripas los ojos
y ponte un alma
si la encuentras.

Peeping Tom, de Jaime Gil de Biedma

Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,

al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.

Tu recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo,
la imagen de tus ojos. Expresión
de mi propio deseo.

Gran hotel, de Javier Rodríguez Marcos

¿Por qué un hotel? ¿La gente
viene acaso para ser más humana?
Quizá por eso siempre
haces cosas que nunca
harías en tu casa:
más negocios, más sexo, se llora más
(qué hago yo aquí). La gente
se pregunta por qué
sigue con vida
aún.

Aguafuerte, de Jesús Munárriz

El ojo de la cerradura
enmarca y sesga la visión:
deliberada, clandestina,
inadvertida, de rondón.

En el retiro de la alcoba,
entre el desorden de la cama,
efervescentes, sudorosos,
entrelazados, machihembrados,
intercambian los cuerpos jóvenes
sus acuciantes apetitos.

Sin sospechar que los espían
dan rienda suelta a sus deseos
sin timideces ni pudores
y el libro abierto de la carne
premia su ardor e inexperiencia
desvelándoles sus secretos,
sus sospechadas, sorprendentes,
gratificantes maravillas.

En la pupila del intruso
el arrebato y la pasión,
el desenfreno y la delicia
son motivos de inspiración.
El ojo de la cerradura
enmarca la composición.

Lady’s Journal, de Blanca Varela

El ratón te contempla extasiado
la araña no se atreve a descender ni un
milímetro más sobre la tierra
el café es un espectro azul sobre
la hornilla
dispuesto a desaparecer siempre

oh sí querida mía
son las siete de la mañana
levántate muchacha
recoge tu pelo en la fotografía
descubre tu frente tu sonrisa
sonríe al lado del niño que se
te parece

oh sí lo haces como puedes
y eres idéntica a la felicidad
que jamás envejece

quédate quieta
allí en ese paraíso
al lado del niño que se te parece
son la siete de la mañana
es la hora perfecta para comenzar
a soñar
el café será eterno
y el sol eterno
si no te mueves

si no despiertas
si no volteas la página
en tu pequeña cocina
frente a la ventana.

Escorado, de Cristina Peri Rossi

Mirándola dormir
dejé que el barco se inclinara
lentamente hacia un costado
precisamente el costado
sobre el que ella dormía
apoyando apenas la mejilla izquierda
el ojo azul
la pena negra de los sueños
y por verla dormir
me olvidé de maniobrar
pensando en las palabras de un poema
que todavía no se ha escrito
y por ello
era el mejor de todos los poemas
tan sereno
tan sutil como su piel de mujer casi dormida
casi despierta,
tan perfecto como su presencia inaccesible
sobre la cama,
proximidad engañosa de contemplarla
como si realmente pudiera poseerla
allá en una zona transparente
donde no llegan las sílabas orando
ni el clamor de las miradas
que quieren acercarse
en la falsa hipócrita intimidad de los sueños.

Lo que vi en una ventana en Houston, Texas, E.U., de Gioconda Belli

Desde aquí te veo,
te vislumbro,
oficinista del Fannin Bank
en Houston, Texas,
absorto en balances y cuentas.
Nunca sabrás quién soy
—probablemente no te quede mucho tiempo de leer
y menos cosas que yo escribo
y que no se publican en diarios de tu ciudad—.
Yo a ti tampoco te conozco,
pero solidaria escribo estas líneas
a tu imperturbable figura,
cansada sobre las anotaciones
de algún invisible balance
donde firmarás tu nombre
—probablemente por instinto—
ya que tal vez o muy posiblemente
no sabes mucho de ti mismo,
como yo tampoco sé mucho de mí misma
en esta ciudad que absorbería
sin el menor esfuerzo,
nuestro más agudo
grito
de protesta.

La balada de la masturbadora solitaria, de Anne Sexton

El final del asunto siempre es la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Espanto
a los que están presentes. Estoy saciada.
De noche, sola, me caso con la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La taño como a una campana. Me detengo
en la glorieta donde solías montarla.
Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
De noche, sola, me caso con la cama.

Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que cada pareja mezcla
con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
el abundante par sobre espuma y pluma,
hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, me caso con la cama.

De esta forma escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto. ¿Podría poner
en exhibición el mercado de los sueños?
Me despliego. Crucifico.
«Mi pequeña ciruela», la llamabas.
De noche, sola, me caso con la cama.

Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndose en la playa,
en la yema de los dedos un piano, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.

Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
En el periódico de hoy dicen que os habéis casado.
De noche, sola, me caso con la cama.

Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las criaturas destellantes están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
De noche, sola, me caso con la cama.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com