Mohamed Choukri, un maldito sin glamour

Por Luis Figuera el 26/10/2018

Marruecos es uno de los países más bellos que puede conocer la imaginación humana. Enclavado entre dos mares, sus paisajes desérticos deslumbran a los turistas y su multiplicidad es tan llamativa como sus bulliciosas noches al aire libre. Además es una nación conocida mundialmente por las celebradas películas «Casablanca» y «Lawrence de Arabia».

Es uno de esos centros culturales donde la diversidad ha dejado su huella, ha impuesto su ruta ontológica, y ha terminado por hacerlo uno de los afluentes literarios más ricos del norte de África contemporánea, donde se habla francés, español y bereber, y existe una rica y curiosa tradición del arte de contar, heredada no solo de los narradores orales, sino también de los escritores que hicieron de este paraíso su refugio.

William Borroughs, Allen Ginsberg, Jack Kerouack, Jean Genet, Hemingway y Truman Capote forman parte del grupo de artistas que visitaron la ciudad de Tánger y ayudaron a forjar una de las vanguardias literarias más interesantes, encabezada por Mohamed Choukri y Mohamed Zafzaf, dos de los más notables escritores del Reino de Marruecos.

De Choukry se afirma que es el más grande escritor de Marruecos. Fue el padre de lo que hoy se conoce como realismo sucio. Su libro «El pan a secas», primera parte de una trilogía autobiográfica, fue prohibido en el mundo árabe durante más de veinte años por la crudeza de sus historias de hambre, desamparo, sexo, y drogas. Sin embargo la versión en inglés lo catapulto a la fama internacional, y lo dio a conocer como una de las voces más genuinas de la literatura contemporánea.

Nacido en una pequeña aldea del protectorado español, vivió una infancia de muchas penurias, en la que le toco incluso tener que prostituirse para poder subsistir en las calles. A los 11 años escapó de su casa debido a la violencia intrafamiliar que ejercía su padre, un militar retirado, que lo ataba a un árbol y que llegó a estrangular a uno de sus hermanos en un arrebato de cólera.

A los veinte años estuvo en prisión y fue allí donde aprendió a leer, y empezó a interesarse por la literatura. Se jactaba de que no había ido a la escuela, pero había leído más de cuatro mil libros, y siempre cargaba encima un enorme cuchillo para defenderse del extremismo.

Su vida recuerda la del japonés Kenji Nakagami, entrevistado una vez por Guy Sorman. Al igual que Nakagami, Choukry fue autodidacta con una prosa que aprisiona las emociones, un sentido de la honestidad y la sinceridad únicos para contar sus historias.

Después de ser reconocido y traducido a más de cuarenta idiomas, su vida se transformó en una constante visita a bares y prostíbulos de mala muerte, bebiendo botellas de los mejores licores, y conversando hasta el amanecer con intelectuales que llegaron a Tánger en busca de tranquilidad, en busca de luminosidad.

Muchas de sus charlas terminaron en libros donde se expresó de sus amigos de acuerdo a su peculiar código de vida, de contar la mínima anécdota con una gran honestidad. Paul Bowles, El recluso de Tánger, o Jean Genet en Tánger, son una muestra de esas conversaciones hechas públicas y que terminaron por alejarlo de alguno de sus amigos.

Todo el cuerpo narrativo de Chukry, se sostiene sobre el dolor y el sufrimiento, porque escribe desde la sinceridad, como si escribir lo ayudara a olvidar todo ese sufrimiento acumulado a lo largo de una vida azarosa en las calles de una ciudad que desde niño creyó estaba parada sobre una montaña de pan.

Su obra cumbre, El pan a secas, es una sinfonía de sufrimiento, una especie de elegía que describe el tortuoso camino del descenso a los infiernos personales, donde la ciudad maravilla y cosmopolita que se retrata mundialmente, es simplemente suburbios, basura, prostitución infantil, esclavitud, drogas, y sobre todo mucho abandono y hambre: “Cuando el hambre apretaba, salía a las calles de nuestro barrio, Ain Ktiwet, y buscaba restos de comida entre las basuras. Vi como otro chico hacía lo mismo que yo. Iba descalzo, hecho un harapo. Tenía granos en la cabeza y en las manos.

Su narrativa se caracterizó por una escritura cruda, construida para el hombre común, sin grandes recursos literarios, pero con un ritmo y un estremecimiento heredado de los grandes clásicos de la literatura, un dolor sagrado como de agujas en los ojos, un suspense que proviene del misterio sagrado de la Sherezade. En el libro En Tiempos de Errores, ese dolor sagrado, ese abandono se hace más melancólico, un suplicio dulce y lejano que queda en el recuerdo, y se mete en el alma, y donde la nostalgia por la ciudad perdida se hace metáfora «La añoranza de mi Tánger maldita me entristece (…). Apenas la abandono, hastiado, y de nuevo despierta la nostalgia de mi locura por ella».

Era un autodidacta con un gran bagaje cultural que había estudiado por muchos años el arte de contar de los milenarios narradores árabes que abundan en Marruecos, la traductora y especialista en la obra de Mohamed Choukri, Rajae Boumediane El Metni, en una entrevista afirma: “Es una escritura que adopta esa oralidad característica de una “halqa”, una técnica específica del cuento tradicional de Marruecos que queda plasmada en la “hicaya”, la “jrafa” o la “hyaya” (cuento oral). Chukri adopta el papel de un contador tradicional en una “halqa” donde el narrador se sitúa en el centro de un círculo formado por la gente en medio de una plaza como la de Jemaâ El Fna de Marrakech, y va contando cuentos populares”.

Su vida fue la de un maldito de esos que se convierten en escritores de culto, y que terminan siendo beatificados por los lectores, pero para el mundo árabe un analfabeta hasta los veinte años, que se expresa en bereber, y que explora la sordidez de una ciudad cosmopolita como Táger, no puede ser un escritor de culto porque le falta lo que en occidente se conoce como glamour.

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Cuentista, columnista y político venezolano.

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