Los entes estúpidos. Por Consuelo Navarro

Por Valentina Rausseo el 01/09/2019

Eran pequeños seres, casi transparentes, sin ningún tipo de forma. Iban conmigo a todas partes. Cualquier lugar era apropiado para ellos. De la cama hasta la oficina, de la bañera al comedor.

Yo me preguntaba por qué a mí, qué tenía yo de especial para que nunca me abandonaran; pero no molestaban, así que yo seguía con mi vida, y ellos con la mía también. Pero los celos, ese sentimiento tan vulgar y vacío, apareció en forma de novio, poniendo mi vida patas arriba y también la de mis compañeros de vida.

Alfredo, de pronto, comenzó a tener ataques de mala leche continuos, gritaba, no quería cenar y ponía las tertulias de la tele a todo volumen que, ahora, en plena campaña electoral, eran desquiciantes. Los entes y yo, estábamos sometidos a un estado de nervios continuo, intentábamos seguir con nuestras cosas, como si nada. Yo preparaba la ensalada de colores que tanto les gustaba, escuchaba música suave, escribía… Pero no, estábamos más pendientes de sus salidas de tono que de otra cosa.

Un día, en voz bajita, les dije a los entes que salieran un momento del salón porque tenía que hablar con Alfredo; ellos abandonaron el cuarto no muy convencidos. Me di la vuelta y fijé la mirada en él, que ahora jugaba con la «Play», de la que salía una música demencial.

-Bueno, vamos a ver, ¿me puedes decir qué te ocurre? ¿qué te hemos hecho nosotros para que nos trates así?- pregunté mientras veía cómo los entes se agolpaban tras la puerta.

-¿Que «qué os he hecho»? Tú lo has dicho, ya no somos dos, siempre estás con esos seres, bichos, o lo que sean. ¡No estamos solos, nunca! ¡No sé qué hacer, no me haces caso!- contestó mirándome con ojos acuosos.

Y entonces los estúpidos entes entraron en el salón rodeando a Alfredo. Como si yo no existiera. Revolotearon junto a él, mientras sonreía complacido.

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