Todo lo que debes esperar de “Castle Rock” si eres fanático de Stephen King

Por Aglaia Berlutti el 19/07/2018

Con frecuencia, el Universo de un escritor se crea a partir de sus obsesiones más privadas, profundizadas y construidas a partir de una idea más elemental sobre lo que desea narrar lo que le rodea, sus vicisitudes y dolores. Para Stephen King, sus libros son “puertas abiertas a la oscuridad de su mente” — como ha insistido en más de una ocasión — y también, delgados hilos conductores de una idea originaria y esencial sobre el desarraigo, la inocencia y el dolor existencialista, lo que convierte al miedo en todas sus narraciones en una versión del bien y del mal transformada en algo más tenebroso y a menudo complejo. Desde su ya legendaria novela debut “Carrie” (1974) hasta “The Outsider” (2018) su más reciente fantasía siniestra — una historia enhebrada entre los horrores muy realistas de la norteamérica trumpista — King ha plasmado en sus obras una mirada sobre la realidad en la que lo sobrenatural elabora una versión de lo moral y lo crítico de enorme peso metafórico. Para el escritor, cada uno de sus libros, es un alegato solapado sobre la sociedad que se transforma, sus dolores e inquietudes bajo una capa modulada de oscuridad. No resulta sorprendente, que el Universo creado a partir de ellas, elabore una percepción sobre el miedo más cercano a lo cotidiano, hilvanado entre una realidad alterna y una versión de lo corriente bajo lo que subyace el terror convertido en algo más inquietante y cercano.

Tal vez por ese motivo, la serie del canal HULU “Castle Rock” —basada íntegramente en la mayoría de las obras de King— se mueve en el terreno de la antología pero también, de algo más cercano a una unidad temática que se sostiene sobre la versión del escritor sobre el mundo y sus circunstancias. Hay algo levemente opaco, perverso y desconcertante en los primeros capítulos de la serie, como para dejar muy claro que la visión de King sobre el horror es la base medular de la historia televisiva, pero también su sentido de la continuidad, el tiempo deconstruido para crear algo más elaborado pero sobre todo, esa versión de lo sobrenatural que parece aparejado a lo fortuito y lo inclemente. Claro está, es un producto televisivo que corre el riesgo de enfrentarse a uno de los fandom más devotos y corrosivos de la literatura actual, que sin duda, analizará cada referencia bajo el ojo meticuloso del conocedor ferviente. Y los productores de “Castle Rock” lo saben: el primer capítulo es un homenaje fidedigno y respetuoso a personajes conocidos, eventos y a la configuración misma del Universo King, recreado para televisión con un argumento en la que se hilvana no sólo las historias conocidas por el público, sino su trasfondo y concepto. El resultado es un extraño experimento entre lo alternativo — el ritmo y la coherencia de la serie juegan constantemente con la idea de la doble visión de un mismo hecho — y algo mucho más elaborado, que sin duda será el punto más fuerte de una primera temporada de presentación que tiene el objetivo complicado de captar al público que conoce y ama la obra de King, pero también al neófito o al que sólo conoce la obra del autor por referencias o por alguna esporádica lectura. Entre ambas cosas “Castle Rock” toma la iniciativa y el riesgo de asumir la narración como bloques de información bien diferenciados — en algunos casos los diálogos explicativos se hacen excesivos e incluso innecesarios — y una capa más profunda, eminentemente referencial que es quizás el elemento más importante de la serie como idea única.

Por supuesto, la serie también abre el espacio para nuevos personajes, que interactúan de manera consistente con las líneas de tentadoras dobles referencias con las que el argumento juega con eficacia. Las narraciones originales de la serie interactúan con toda facilidad y fluidez con los escenarios que King adoptó como espacios finitos que delimitan su narración literaria: de modo que Maine es mucho que un lugar y se convierte en un espacio insular en la que ocurre todo tipo de sucesos más o menos inexplicables, incómodos, incómodos. Los hilos narrativos de “The Dead Zone”, “Cujo” y “Needful Things” aparecen como pequeños espejismos, aunque no se muestran del todo y aún no es claro que papel representarán en el resto de la serie. Aún así, hay mucho del brillo de las sensibles adaptaciones de Frank Darabont, aunque bajo un lustre por completo cínico. La combinación es una mirada al Universo King bajo una mirada siniestra que se esfuerza por seguir paso a paso el mito dentro del mito. La versión del mundo que King quiso crear como una reflexión elusiva de la realidad.

Una epopeya semejante hace que el tejido del multiverso dependa completamente de sus historias humanas, que gravitan sobre las insinuaciones de lo terrorífico con delicadeza. La combinación crea un drama apasionante que recorre un mapa de ruta propio entre las historias que el lector consecuente reconocerá al punto. No obstante, las trampas nostálgicas son mucho menos efectivas — y los productores no abusan de ellas — que los momentos en que la narrativa se mezcla con un profundo trasfondo episódico. El argumento entonces se crece hasta hacerse una historia independiente a toda regla, que no depende ni de las criaturas de King que suponemos esperan en la periferia ni de las narraciones deudoras que delimitan los capítulos. “Castle Rock” en toda su gloria tenebrosa, es una nueva narrativa llena de misterios dignos de la musa del autor.

Pero sin duda, es el misterio de los Easter Eggs (repartidos con buen instinto a través de la trama) lo que hace a “Castle Rock” un obsequio mal intencionado para los amantes del género de terror y sobre todo, de Stephen King. Las pequeñas sorpresas abundan pero además, la interconexión entre personajes funciona con solidez gracias al hecho que todas están sustentadas sobre un único hilo conductor: las andanzas de Henry Deaver (Andre Holland), un abogado de Texas que regresa a Maine para atender a una llamada inexplicable e insistente de ayuda. Se trata de un golpe de efecto que sitúa la trama y la contextualiza: de pronto, todo alrededor de Holland se materializa para recrear todo tipo de vicisitudes de su pasado y su presente, conectadas entre sí para elaborar un argumento tenso y bien armado. Evitando el homenaje excesivo pero sobre todo, creando una atmósfera específica y personal, “Castle Rock” avanza a buen pie entre el enigma — que se percibe al trasfondo de la trama principal — y todo tipo de pequeñas argucias argumentales que intentan crear un elemento fresco en medio de lo que se supone una idea misteriosa sobre elementos conocidos por el gran público. Pero en realidad, la serie tiene más interés por el descubrimiento y no se prodiga con facilidad: desde sus sobresaltos bien planeados hasta sus durísimas historias emocionales, “Castle Rock” es un diorama de pequeños estratos narrativos por descifrar, quizás lo parecido a la mente del escritor que cualquier adaptación haya logrado plasmar. Una mirada quizás, a ese reducto de oscuridad que tanta insistencia, King asume como su mayor inspiración.

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