Lo bueno, lo feo y lo bello del cine en 2017

Por Aglaia Berlutti el 30/12/2017

El mundo cinematográfico siempre tendrá la cualidad de reinventarse a sí mismo, elaborar un nuevo rostro a la medida de la época y de la cultura que le sostiene como referencia inmediata.

Tal vez por ese motivo, el ámbito cinematográfico del año 2017 fue bastante ambiguo. No podría decir que fue prolífico en originalidad — hubo abundancia de secuelas y remakes innecesarios — pero tampoco aseguraría fue del todo estéril: el cine, el bueno, el de hueso rojo, el comprometido, siempre te sorprenderá y hubo varias propuestas extraordinarias, a pesar de todo.

Así que podría decir que como cinéfila, el año fue sustancioso, aunque con algunas lamentables carencias. Y es que hubo mucho para todos: desde los acostumbrados Blockbuster prefabricados para reventar taquilla — con resultados dispares — hasta las propuestas destinada a arrasar en la temporada de premiaciones, tan manufacturadas como el taquillazo de ocasión.

Pero en medio de ambas cosas, subsiste como siempre, el cine solido, el inolvidable, el que nos recuerda que el séptimo arte es una conversación entre nuestra visión del mundo y la sensibilidad de la historia que se cuenta.

Personalmente, este año disfruté de una serie de películas que me demostraron que siempre hay algo nuevo que decir en el cine, algo novedoso que plantear y una vuelta de tuerca en ese arte discreto de contar grandes historias en metáforas. Como siempre, me resultó difícil encontrar un grupo que pudiera llamar “las mejores”, de manera que me limitaré a decir que son “mis favoritas”, un matiz que deja muy claro que esta lista es totalmente subjetiva y personal. Porque así es el cine — el arte en general — una mirada a la belleza que solo nos refleja a nosotros mismos.

Entonces ¿Cuales podría decir son mis películas favoritas durante este año? Las siguientes.

«Logan» de James Mangold

Durante los últimos años se ha acusado al prolífico género del cine de superhéroes de simple, esquemático y sobre todo, inocente. No obstante, Logan (2017) del director James Mangold, rompe la frívola figura del héroe para crear algo más complejo y duro de asimilar. El film es una cruda y sombría alegoría al dolor, el desarraigo y la pérdida, aderezado por una serie de impecables escenas de acción. Una compleja reflexión sobre la desesperanza y la violencia como parte inevitable de la vida.

Con un cargado simbolismo que por momentos resulta asfixiante, la historia de Logan avanza a través de la muerte y la redención como un expiación del sufrimiento y la culpa. Hay un nihilismo apreciable en esta propuesta cinematográfica que resulta toda una ruptura con el estático universo del cine heroico. Atrás quedaron los ajustados uniformes de látex, la cuidada filosofía de los personajes centrales de la saga y, sobre todo, la lucha por elevados ideales. Logan es una historia brutal, llena de una tensión escalofriante, que está mucho más interesada en meditar sobre los dolores y horrores de los sobrevivientes a un conflicto del que se especula, pero no llega a saberse.

La oscuridad de la cinta es de hecho una constante desde la primera escena: apático, cansado y al borde de una desconocida debilidad, el Logan de Hugh Jackman es el antihéroe en estado puro. Pero el guion no se toma concesiones ni apuesta a lo obvio: la caída en desgracia del antiguo Hombre X es mucho más que un señuelo conmovedor. La historia previa y el posible contexto, se resumen a una melancolía por los restos de viejas esperanzas utópicas. El director James Mangold apuesta por indagar en el sufrimiento del personaje y lo logra con una contundencia que convierte la película en un magnífica revisión sobre la angustia existencial y sus implicaciones. Logan es un asesino y Mangold no duda en dejarlo claro. Pero además de eso, es un hombre que debe luchar contra sus pesares y culpas, en medio de una caída personal irremediable.

«Wonder Woman» de Patty Jenkins

El 2017 fue un año repleto de reinvenciones del heroísmo, por lo que resulta complicado analizar la figura del superhéroe desde una perspectiva novedosa. Aún así, hubo interesantes reflexiones sobre el poder, la esperanza y la capacidad para la bondad: 2017 también fue el año en que la larga espera de casi cincuenta años de Wonder Woman (personaje creado William Moulton Marston y Sadie Holloway Marston) para llegar a la pantalla grande, terminó. Y lo hizo en medio de enormes expectativas y el doble peso de reivindicar las producciones de la factoría DC luego de una serie fracasos de crítica. Además, le tocaba despejar las dudas sobre la capacidad de un personaje femenino para sostener una película en solitario. Se trataba de un reto inédito que la película de la directora Patty Jenkins — conocida por Monster ( 2003) — supera con creces: Wonder Woman (2017) no es sólo una brillante alegoría al poder personal sino también una emotiva vuelta de tuerca al viaje del héroe, reconvertido para la ocasión en una reflexión sobre la sensibilidad y el apego a los principios que triunfa por su gran solidez e inteligencia.

Esta primera incursión de Patty Jenkins en el Universo cinematográfico de DC es brillante, conmovedora y sobre todo, un homenaje a la sinceridad, sentido del deber e integridad del personaje creado en 1941, en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial. De la misma manera que Captain America de Marvel, Wonder Woman reflejó los ideales, virtudes y también temores de una época herida por un conflicto bélico que aterrorizó a EEUU y que encontró en la cultura pop un nuevo tipo de héroe. Jenkins le brinda un lustre moderno a esa ingenuidad radiante y lo convierte en un atributo de una heroína que sorprende por su fortaleza e inteligencia. Con una percepción muy clara de las implicaciones de su personaje, la directora logra crear un superhéroe que evoluciona y crece con gran naturalidad. Con la primera Guerra Mundial como telón de fondo, la historia logra mezclar el origen de la historia de Diane Prince con un creíble discurso sobre las batallas morales y espirituales de la futura heroína. El resultado es una película equilibrada, con un guión ágil y bien estructurado que evita los lugares comunes y está más interesado en la humanidad del personaje que en la pirotecnia audiovisual inevitable.

“Dunkirk” de Christopher Nolan

El 26 de mayo al 4 de junio de 1940, el gobierno de Londres ordenó la defensa y evacuación de las fuerzas británicas y aliadas en Europa, utilizando una flota compuesta por casi todo bote o barco, que pudiera hallarse a su disposición en las costas francesas. Se trató de un acto de valor único, que convirtió el suceso en un emblema de la lucha de los aliados contra las fuerzas alemanas. A pesar del ataque de la aviación del Tercer Reich, 700 barcos llegaron a playas de Dunkerque para salvar a 340.000 soldados que lograron regresar a Inglaterra. Todo un acto de titánico heroísmo que Christopher Nolan retrata de manera magistral en su más reciente película Dunkerque (2017) –Dunkirk, en su versión anglosajona– todo un clásico instantáneo sobre el bien, el mal, el sufrimiento y el valor en condiciones extremas. A mitad de camino entre una película de guerra y un drama de enorme valor emocional y alegórico, Nolan crea con ella una visión sobre la guerra alejada de los clichés con una fuerza argumental que supera el mero homenaje histórico.

Nolan logra crear a través de un pulso narrativo prodigioso, una obra de enorme coherencia visual y argumental que asombra por su capacidad para emocionar. No se trata de un homenaje a la guerra ni tampoco una visión completamente descarnada sobre sus implicaciones, sino un reflejo poderoso sobre el dolor del combate y la crueldad de sus consecuencias. Con un pulso delicado y precioso, Nolan crea una visión casi artesanal de la guerra, sin recurrir a imágenes obvias y superando la tentación de utilizar la sangre y la crudeza visual para sostener el tono dramático de su historia. Dunkerque avanza con lentitud y una elegancia asombrosa hacia una percepción sobre la batalla moral y espiritual que desborda cualquier otro maniqueísmo. Nolan cuenta una historia en la que la guerra es el telón de fondo, pero la batalla es sólo un elemento circunstancial en medio de la noción sobre la identidad y la percepción sobre la naturaleza humana que el director profundiza a base de dolorosas alegorías. En sus momentos más altos, la belleza de las imágenes se hace poética y el guion un homenaje no sólo al valor de los combatientes sino a la percepción de la lucha como una forma de justicia.

“Blade Runner 2049” de Denis Villeneuve

Todavía no está muy claro lo que hace que una película pueda convertirse en un ícono cinematográfico. Después de todo, se trata de una combinación de creatividad y quizás, sincronía conceptual que no siempre resulta comprensible. Cuando Blade Runner (Ridley Scott, 1982) se estrenó, fue un desastre de taquilla. La magnitud de su fracaso llevó a que sus productores lamentaran la inversión y debatieran en público el caos financiero que había supuesto la obra. No obstante, la película también creó toda una nueva visión de la ciencia ficción y logró crear un debate inédito sobre el existencialismo, la filosofía y la belleza de la distopía que sorprendió por su trascendencia. Transcurridos algunos años, Blade Runner (versión libre de la novela corta ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick) se había convertido no sólo en objeto de culto sino también, en una referencia obligatoria para comprender la estructura de la ciencia ficción moderna. “Pasó de fiasco a clásico sin haber sido nunca un éxito”, declaró Scott en una ocasión, sorprendido por el impacto cultural de la película.

La misma tensión argumental, asombrosa reinterpretación del futuro y sobre todo, la lúcida elucubración acerca de la individualidad, regresan en Blade Runner 2049 (2017), con un Denis Villeneuve en estado de gracia que logra recuperar el brillo filosófico de la original y además, agregarle un elemento de melancólica autoconciencia sobre sus límites, fronteras y reflexiones. Porque Blade Runner 2049 no es sólo una inspirada distopía sino también, una meditada visión sobre la identidad, el dolor de la soledad y el ensueño colectivo que sorprende por su eficacia y su precisión narrativa. No hay una sola pieza que no encaje con cuidada precisión en el mecanismo que Villeneuve creó para asumir la pesada responsabilidad de reconstruir un clásico. Lo hace además, honrando al original y también desmarcándose de su enorme impronta, para crear una historia independiente que no necesita constantes referencias a su predecesor para sostenerse. Como narrador visual, la astucia de Villeneuve es evidente: desde la primera escena — de una belleza alucinante y surreal — hasta el rápido desarrollo de una historia bien construida, la película disfruta de una auténtica solidez y una brillante puesta en escena. El director combina tanto los paisajes familiares de Blade Runner con una percepción sobre el futuro mucho más inquietante por su sencillez. Es posible reconocer, entonces, a nuestro mundo con una brillante tecnología que aún tiene algo de anacrónica e imperfecta.

«Mother!» de Darren Aronofsky

Sin duda, la condición humana obsesiona al mundo del arte como pieza de reflexión pero sobre todo, una mirada hacia la oscuridad de la identidad colectiva. Para el director Darren Aronofsky (Brooklyn, 1969) la naturaleza humana — sobre todo, su singularidad — puede analizarse en el cine como una abstracción poco menos que desconcertante. Una y otra vez, el lenguaje visual de sus películas — desde la asombrosa Phi (1988) hasta la irregular Black Swan (2011) — intenta captar esa intrigante capacidad del hombre para cuestionarse a través de un meta mensaje simbólico que no siempre logra abarcar esa cualidad única que lo define como creador. El cine del director insiste en asumir el rol de observador de la cultura y la sociedad desde una providencial distancia que le permite analizar, con cierto asombro, cuando no curiosidad. Tal vez por ese motivo Mother! (2017) resulta un experimento visual y argumental desconcertante, pero tan poderoso que golpea al espectador desde su primera escena y esa noción del desastre que comienza con una simple palabra: “Baby?”.

A mitad del camino entre el terror psicológico y el reino de la farsa doméstica al estilo de John Updike, Aronofsky analiza las obsesiones modernas sobre la identidad, la religión e incluso, el cuestionamiento sobre la responsabilidad ecológica. La mezcla es una película sin tonos medios, incómoda y por momentos desconcertante, que parece resumir la obsesión del director por la mirada hacia la individualidad desde el absurdo y el miedo. Entre trampas argumentales cuidadosamente creadas a partir de la crudeza y la crueldad, el guión entero crea una atmósfera malsana, inquietante y en ocasiones dolorosa, escondida detrás de una pátina de aparente y engañosa tranquilidad doméstica. ¿Se trata la película del análisis de la rutina de un matrimonio académico y adormecido por el tedio conyugal? ¿Una versión extravagante y moderna de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, ese clásico de 1966? Podría decirse hasta que ocurre un hecho de violencia inimaginable y el guión se transforma por completo en algo más retorcido, duro y poderoso, que convierte al film entero en una alegoría al sufrimiento, el desarraigo y la cólera. Todo bajo el prisma de una historia llena de aristas y sobre la convicción del monstruo que habita detrás del rostro de la normalidad.

“It” de Andy Muschietti

El año 2017 fue especialmente prolífico en el género del terror. No sólo por la variedad de sus propuestas, sino la solidez con que se planteó el nuevo rostro del miedo. It (1986), de Stephen King, es una novela difícil de leer no solo por su extensión — casi 1600 páginas — sino también, por su interpretación del horror y del mal primigenio. Con su aparente pátina de inquietante historia de verano infantil — esa época de gracia en la que todo puede ocurrir — King lleva el terror a una dimensión original que transforma la obra en un astuto juego de espejos. Es entonces, cuando la novela alcanza su carácter de obra definitiva sobre los espectros invisibles, los que se esconden bajo la cama, los que aguardan en las esquinas tenebrosas. La adaptación cinematográfica de Andy Muschietti intenta conservar esa noción sobre el mal primitivo — invisible, escondido en lo cotidiano — y aunque no lo logra de todo, su mirada sobre el miedo parece más cercana a la de King que la de la miniserie de 1990 dirigida por Tommy Lee Wallace y protagonizada por Tim Curry. En la nueva versión del clásico del terror, la visión sobre lo terrorífico se convierte en el símbolo de algo más complejo o al menos, es la intención clara de un guión que se sostiene sobre el peso de un villano extraordinario y una atmósfera. No obstante, Andy Muschietti falla al contar la historia de trasfondo y parece aflojar el pulso argumental alrededor de los personajes — esa pandilla de estereotipos tan cercana y dolorosa — en beneficio de una serie de sobresaltos efectivos pero que llegan a resultar innecesarios. El resultado es una obra desigual que aunque cumple el cometido de adaptar lo esencial de la obra de King, decae en sus momentos más tensos y críticos.

La película entera tiene un cierto aire nostálgico que agrega color y solidez a la trama. A través de su banda de marginados y los estereotipos que encarna (el tartamudo, el niño gordo, el asmático, la niña maltratada) el director personaliza esa noción sobre el misterio de los terrores infantiles y después, le da sorpresivo giro al asumir la existencia de un ente maligno que encarna todos los misterios del miedo sin nombre. Para Muschietti, el miedo reside en la amenaza y lo deja claro en cada oportunidad posible: Pennywise no sólo es el horror que se anuncia en largos planos de secuencia tensos en medio de la oscuridad, sino también una presencia cercana y real que avanza a través de la película hasta hacerse inevitable. La criatura con forma de payaso que encarna Bill Skarsgard tiene mucho del talante burlón y malvado de Freddy Krueger de Wes Craven, pero también, condensa y crea el mal absoluto desde una perspectiva universal. Además, el guión refuerza la inmediata referencia al convertir a la mítica ciudad de Derry en una versión más depurada y elegante de Elm Street e incluso, añade una que otra referencia al clásico del horror que permite contextualizar a la historia con sobriedad e inteligencia. El resultado de la combinación de ambas cosas, es una manifestación del mal puro y también, un poder incontrolable. Sin embargo, la historia decae en su incapacidad de ir más allá de la necesidad de provocar miedo — lo cual logra en momentos muy puntuales y gracias a una cuidadosa puesta en escena — y de sostener la posibilidad del miedo sobre una historia más compleja.

«The Post» de Steven Spielberg

Para la sociedad estadounidense, el mundo político es una vieja obsesión que se expresa a través de todos los vehículos posibles, no siempre de maneras acertadas a pesar de su evidente carga crítica. Durante décadas, Steven Spielberg ha estado obsesionado con el sentido del poder, la noción sobre la capacidad para hacer el bien y, también, por la perspectiva del bien y del mal a través de la cual analiza símbolos y alegorías de enorme valor cultural. Desde la dolorosa historia narrada en El color púrpura (1985) con su mirada sobre el racismo y el desarraigo cultural hasta la monumental La lista de Schindler (1993) en la que el director medita sobre el horror y el dolor con extrema sensibilidad, Spielberg parece reflexionar sobre nuestra época y sus vicisitudes desde cierto ángulo íntimo. Una percepción que se nutre de sus dolores, grandes logros morales y profundas contradicciones hasta crear una comprensión sobre la identidad colectiva muy cercana a la idealización, a pesar de conservar una certera convicción sobre la realidad que asombra por su poder para conmover.

The Post (2017), su más reciente película, lleva la fórmula moral y ética en la que Spielberg suele basar sus propuestas un paso más allá. Desde la primera escena, es evidente que el inteligente y bien plateado guion asume el reto de contar la historia del periodismo estadounidense desde la periferia, a través de una mirada entrañable y ponderada sobre el poder de la prensa en Norteamérica. Con su aire clásico y vibrante, toda la película está llena de un irredimible optimismo, pero, sobre todo, de una mesurada comprensión sobre los alcances de la llamada quinta columna. La nueva y hermosa postal de Spielberg sobre el idealismo y el poder de la fe colectiva, está sustentada sobre la evidente convicción que el director tiene sobre la capacidad cultural de la justicia moral como bien común. Con su argumento sensible, astuto y bien concebido — firmado por la escritora Liz Hannah — The Post asume su punto de vista sobre el poder, la necesidad de la verdad ética y el propósito de la voluntad moral, todo bajo un lujoso envoltorio y una extraordinaria perspectiva sobre el quehacer cinematográfico.

«Shape of Water» de Guillermo del Toro

David Roas suele decir que “el monstruo encarna la transgresión, el desorden. Su existencia subvierte los límites que determinan lo que resulta aceptable desde un punto de vista físico, biológico e incluso moral”. Para el escritor, la cualidad monstruosa es una visión sobre la capacidad del hombre para comprenderse a sí mismo, su moralidad y la existencia misma de la razón, por lo cual el escritor concluye que siempre implica “su inevitable relación con el miedo. Porque una de las esenciales funciones del monstruo es encarnar nuestro miedo a la muerte (y a los seres que transgreden el tabú de la muerte, como ocurre con el vampiro, el fantasma, el zombi y otros revenants), a lo desconocido, al depredador, a lo materialmente espantoso… Pero, al mismo tiempo, el monstruo nos pone en contacto con el lado oscuro del ser humano al reflejar nuestros deseos más ocultos”. Una comprensión de que evade y hace mucho más amplios los límites de la realidad, tal y como la conocemos y sobre todo, asumimos su existencia.

Para el director Guillermo del Toro, la cualidad del Monstruo es justamente esa noción de la realidad entre la fantasía y la belleza, una construcción cultural alegórica que muestra lo mejor y lo peor del hombre, como reflejo del monstruo interior que le habita. Conocido por su capacidad para humanizar todo tipo de criaturas en apariencia aterradoras y míticas, Del Toro analiza las relaciones del bien y el mal, lo espiritual y lo sensible, desde un ángulo novedoso que sostiene una comprensión sobre la naturaleza humana que asombra por profundidad. Desde el “Laberinto del Fauno” (2006) hasta sus reinvenciones del Universo creado por Mike Mignola para Hellboy, el director ha sabido encontrar un equilibrio entre la expresión formal del asombro y la maravilla, con algo mucho más conmovedor y turbio. En “Shape of Water” (2017) el maestro de los monstruo no sólo humaniza a la bestia sino que contrapone los códigos, cánones y roles para crear una visión múltiple y extravagante sobre lo humano, lo monstruoso y lo emocional. El resultado es una pieza de una profunda belleza argumental y visual, que evade lugares comunes sobre la aproximación a lo temible y lo inquietante, para crear toda una expresión sobre la capacidad del amor — y para la ocasión, Del Toro asume la definición más directa y emotiva del término — como elemento transformador, extraordinario y por completo redentor.

Por supuesto, “Shape of Water” es la suma de sus puntos más altos y algunas concesiones inevitables al estilo en ocasiones recargado y autocomplaciente del director. No obstante, Del Toro plasma en cada escena de la película su peculiar comprensión sobre lo monstruoso elaborada a través de ideas metafóricas perfectamente orquestadas con la atmósfera onírica que logra captar desde las primeras escenas del film. Desde la narración de Richard Jenkins que sirve de prólogo, el argumento elabora con cuidado un mapa de ruta hacia la convicción de Del Toro de la dualidad del hombre — monstruo que habita en cada hombre y mujer del mundo. Pero ante todo “Shape of Water” es una historia de amor articulada y construída desde cierta ironía exquisita que Del Toro construye con enorme cuidado y proverbial elegancia visual. Usando el lenguaje de la fantasía con unos toques inteligentes de Ciencia Ficción, Del Toro modula una historia de enorme contenido emocional pero un trasfondo emocional que mezcla todo tipo de registros. “Shape of Water” pasa con enorme facilidad de la delicadeza visual a una enrevesada reflexión sobre lo que nos hace humanos y luego, una comprensión de inusual belleza sobre el poder de lo espiritual sobre los dolores universales y colectivos. La intención de Del Toro, es por supuesto, meditar y contravenir esa noción de normalidad que se asume inevitable (necesaria incluso) y lo hace a través de una madura poesía visual que por momentos emociona hasta las lágrimas.

“Call Me by Your Name” de Luca Guadagnino

Para Hollywood, el misterio de la sexualidad, la orientación sexual y el erotismo continúa siendo un estereotipo con el que le lleva esfuerzos lidiar. Desde las dolorosas praderas de “Brokeback Mountain” (Ang Lee — 2005) hasta la meditada elocuencia visual de Tom Ford en “A Single Man” (2005), las noción sobre la presión emocional y la lujuria mal contenida que suele definir la pasión homosexual en el mundo del cine, tiene mucho de una búsqueda de justificación de su existencia y motivo. Como si necesitara de una explicación y sobre todo, de una perspectiva concreta, muy pocas películas analizan el hecho de una relación entre dos hombres como algo más que una rareza sometida al sufrimiento, el padecimiento existencial y al desarraigo emocional. Tal vez por ese motivo, la película “Call Me by Your Name” del director Luca Guadagnino marca un hito en el subgénero pero además, en la noción sobre el amor, la pasión y la belleza en medio de un ambiente controvertido y potencialmente peligroso. Con su atmósfera de romance suntuoso y su reflexión sobre sobre la profunda conexión que precede al amor, “Call Me by Your Name” parece mucho más interesada en profundizar en la ternura, la noción sobre la diferencia y la comprensión sobre el amor como vínculo intelectual que otra cosa. También hay mucho de esa percepción inusual sobre lo romántico concebido desde el secreto y la presión cultural y social. El resultado es una obra pausada, visualmente asombrosa y sorprendente por su sensibilidad.

Pero más allá de eso, “Call Me by Your Name” analiza también la cualidad telúrica del primer amor, la percepción de la identidad como origen de la presunción de la realidad pero sobre todo, la capacidad del deseo y el romance para conjeturar sobre la individualidad. Con un pulso inteligente y sobrio, Guadagnino se aproxima a la interpretación del amor y la lujuria como un estado del ser y sobre todo, una huella privada que permanece a través del tiempo. Lejos de la estridencia, el sufrimiento e incluso el melodrama que suele achacarse a romances “prohibidos” — por la época, el tiempo, las circunstancias, la cultura — el amor para Guadagnino es un descubrimiento, una expresión atroz y veleidosa que se asume de enorme importancia incidental y personal. Una visión extraordinaria sobre el tiempo y los espacios íntimos que deslumbra por su agudeza, inteligencia pero sobre todo ternura.

Uno de los grandes triunfos argumentales de “Call Me by Your Name” es alejarse cuanto puede de la tragedia y el horror. El guión analiza las emociones de los personajes a través de su profundidad e inevitabilidad, más allá de la noción sobre lo terrores y dolores de una relación destinada a terminar muy pronto. La delicadeza de la mirada argumental permite que el amor sea un misterio — antes que un secreto — y ese pequeño matiz, dota a la trama de una intensa mirada hacia los derroteros sentimentales y personales que construye una concepción realista sobre lo privado y lo intenso del enigma del otro, encarnado en una pareja de amantes que trasciende la mera noción de la angustia que puede suponer un romance efímero. Con su engañosa pátina de película suave e incluso, de sentimientos Universales, “Call Me by Your Name” es una reflexión intensamente erótica y contenida sobre las vicisitudes del deseo y el impulso primario por el asombro del amor como experiencia. Para Guadagnino, el punto de vista de un deseo y una emoción que se reprime a la fuerza, desborda el concepto mismo del amor que atañe el simple impulso o incluso, la torpe inocencia en búsqueda de significado. Además, el director contextualiza la historia dentro de esa línea inquietante entre lo prohibido como mirada a las propios prejuicios. Para Guadagnino, la emoción se contiene, se transforma en una idea profunda y trascendental que se atribuye el valor de una experiencia casi dolorosa. El director contempla con cámara subjetiva el romance entre sus personaje como un lenguaje inteligente y elegante sin verdadera resolución. Como resultado inmediato, “Call Me by Your Name” asume todo contacto físico como crucial, electrizante y un riesgo en sí mismo que se entrecruza como una necesidad siempre insatisfecha.

Como siempre insisto, toda lista se queda corta e incompleta para resumir todo lo quisiera expresar en cualquiera de ellas, pero en esta ocasión, creo que resumo de manera bastante completa lo que fue para mi este año de cine: una combinación de arriesgadas propuestas y más allá, una reinvención de lo viejo bajo una nueva visión.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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