Literatura y enfermedad. Por Juan Carlos Sosa Azpúrua

Por redaccionnyl el 26/03/2018

Literatura y enfermedad pueden sintetizarse en un solo concepto. Son nociones que se fusionan y hacen simbiosis.  El acto de crear mundos ficticios, a partir de una realidad psicológica, presupone un viaje al interior de la mente, explorando sus cavernas. Es un oficio arqueológico, donde la luz es la curiosidad y su sombra el miedo. Este recorrido requiere cierta clase de ánimo. Abrimos la ventana a las emociones. Palpamos los estados anímicos, que despiertan o se duermen. Luchamos contra obstáculos, que son nuestras resistencias inconscientes.  La Literatura es un ejercicio, que llevan a cabo los organismos vivos que cohabitan en el alma. Sus dolores son proporcionales a la intensidad que se imprime en el desarrollo de cada una de sus fibras.  Al producir Literatura, se le enseña al lector las huellas de una existencia disfrazada, que deja colar olores y matices, ricos en remembranzas que causan empatía en el otro.  El lector que se aventura en una historia penetra un túnel, que conduce a la psique del escritor. Personajes, tramas, escenarios, ritmos y tiempos son árboles de un bosque, en donde en algún momento descubrimos un secreto escondido; y de pronto se encienden las luces.

Toda Literatura es autobiográfica para el escritor y su lector. Aún en los relatos fantásticos, nos encontramos frente a una Literatura realista, donde la noción de “ficción” es una quimera. Las historias parten de referentes existenciales: memorias, experiencias, sueños, éxitos y fracasos, esperanzas e ilusiones perdidas. Los ingredientes con los que se cocina la obra creativa son elementos de la vida y de una realidad singular, de la cual es imposible escapar, por más que uno intente despersonalizarse.

El escritor –  aunque escriba sobre extraterrestres, viajes al centro de la Tierra, niños magos y vampiros sensuales –  está narrando la realidad de alguna de sus cavernas mentales, formada a partir de una experiencia vivida.  Y el lector no se queda atrás. Al coger un libro e iniciar su viaje, solo puede sobrevivir si encuentra allí una brújula, que le apunte hacia el norte de sus emociones, relaciones empíricas de su propia vida. La fatalidad del realismo en la Literatura constituye un síntoma: el ansia reprimida de inmortalidad. Consiste en una lucha contra la muerte, el destino que asoma la enfermedad. Se crea una ilusión, un estado nihilista que se hunde en un abismo de interrogantes sin respuesta. El hombre sano le rehúye, en una obsesiva carrera en retroceso. A la muerte se le ignora, como si fuera algo que solo le pasa al otro.

La Literatura es enfermedad. Esos cuerpos psíquicos que ejercita el escritor son delirios, trozos del espejo roto de su laberinto interno. Memorias fraccionadas de su vida, que forman un caleidoscopio que proyecta ficciones, a partir de la realidad reprimida o distorsionada por el tiempo. El verbo es sangre. Las palabras pretenden latir en un corazón artificial, que esconda la confesión del escritor. Se escriben las letras como gotas febriles de nuestro monstruo dormido, retazos de la vida, desenterrados de las tumbas del olvido.

¿Quién es el hidalgo Don Quijote? ¿Será Alonso Quijano transmutado en caballero de la Mancha, luchando contra molinos de viento para salvar a su doncella; viviendo aventuras excitantes que le salven del abismo de la soledad? ¿Quién delira?: ¿El lector de libros de caballería, o el héroe que derrota a dragones imaginarios?  ¿Quién está enfermo?: ¿Acaso Cervantes, escapándose de sí mismo, huyendo del tedio, que es tan semejante a la muerte? ¿Es locura llevar la vida convencional o alejarse del estereotipo y coquetear con la fantasía?  Sancho sigue los pasos de su señor. Y el contacto con el delirio del Quijote provoca una magia seductora. La enfermedad es contagiosa y por eso el escudero rechaza regresar a una vida normal, que ahora percibe como de locos.

Algunos astrofísicos afirman la existencia de multiversos, cada uno con once dimensiones. Esta multiplicación de espacios es capaz de duplicar, triplicar y llevar al infinito las posibilidades de experimentar otras vidas. Efecto Mariposa. Experiencias que no tuvimos en este universo, quizás sí sucedieron en alguno de los otros. Vidas paralelas. Quizás en una de ellas sí pasó eso que hubiera ocurrido, si en vez de hacer esto hubiera hecho lo otro. Porque en aquel universo, tomé la decisión de no hacer aquello que sí hice en éste, donde reside mi consciencia.  Cada uno de nosotros experimenta su particular universo. Aún en el mismo espacio – tiempo, la realidad que percibes tú es esencialmente diferente a la que percibo yo.  No es descabellado afirmar que la vida es una forma de esquizofrenia. Una enfermedad crónica e incurable que solo concluye con la muerte. ¿Y entonces, qué le queda a la Literatura? Crear otro universo. Paralelo a la realidad del escritor, pero igual de ficticio. Y este ejercicio es lo que hace realista a toda Literatura, y también una paradoja.

La Literatura es la vida del escritor en otra parcela del multiverso. La tesis de universos paralelos se materializa con la obra producida. Personajes, tramas y escenarios son trozos de un espejo. Fichas incompletas del rompecabezas que intenta armarse. Emerge un Frankenstein espiritual. Esta bestia es creada en las entrañas del escritor, es su criatura. De esta caja de Pandora existencial se liberan los demonios. El escritor los maquilla para embellecerlos.  A veces funciona y otras no.

Toda Literatura es la racionalización del absurdo, como la misma existencia. El escritor procura darle harmonía a su caos psíquico, provocado por el sinsentido de la vida. En su interior pulsa un ansia reprimida, la de buscar un sentido, vivir eternamente para expiar sus demonios.  No es casual que el alter ego de la enfermedad sea la inmortalidad. Es el tema recurrente en la historia de la Literatura, en cualquier espacio – tiempo.

Homero retó a la inmortalidad. Odiseo rechaza la oferta de la hermosa diosa Calipso.  Glorificando a la moral –  vivir la vida dignamente –  el poeta racionalizó el ansia de juventud eterna. Para Homero, el mérito es sobrevivir el viaje, venciendo el temor a la muerte.  En esta racionalización del miedo a morir, Dante llega más lejos que Homero. Describe al detalle el mundo de los muertos. Insta a darle significado a la vida, con una conducta que nos salve del infierno.  La Biblia también es prolífica en enfermedades, que tienen como causa el pecado.  El hombre y los pueblos se enferman porque merecen un castigo divino. Son vidas que no cumplen con el dogma prescrito.

Hallamos esas huellas en la Literatura de cualquier época.  Es la carrera en retroceso. Correr contra la muerte. Sombras del alma que se proyectan en mitos y leyendas, en sátiras y parodias, en las épicas y epopeyas, en comedias y tragedias. Constituyen los arquetipos humanos, codificados en el ADN del escritor. Así se escriben las religiones, y demás fantasías. Las Literaturas arcaica, clásica, medieval, renacentista y barroca, realista, modernista, vanguardista y contemporánea, conforman ramas del mismo árbol, aunque sus frutos sean distintos. El núcleo es idéntico: la búsqueda del sentido de la vida. Algo que explique la muerte y la justifique. Al final, siempre se trata de un demonio maquillado. La angustia de vivir se disfraza. Es el ansia que produce la inmortalidad negada.

Un ejemplo de lo dicho es La Muerte de Iván Ilich (1886).

León Tolstoi (1828 – 1910) fue el escritor más universal de su tiempo. Su éxito fue el síntoma de una enfermedad. También fue contraída por sus lectores – como le pasó a Sancho con Don Quijote–. La enfermedad de Tolstoi fue su existencia. La vida como tormento. Jamás le dio paz el divorcio entre lo que deseaba ser y lo que terminó siendo.  Quería ser humilde y nació aristócrata. Amaba la castidad y con terquedad sucumbía a las tentaciones de la carne.  Apreciaba el valor de la fidelidad y engendró hijos bastardos. Pontífice de los valores, en su hogar se respiraban aires de abandono y desprecio. Y al final, la huida. Todo lo dejó atrás. Éxitos, esposa, hijos y sociedad se reflejaron en el retrovisor de un automóvil existencial con rumbo desconocido: su alucinante carrera escapista. Tolstoi huyó de los convencionalismos sociales, que robotizan lo humano. Su vida burguesa, en apariencia cómoda y envidiable, fue el síntoma de una enfermedad incurable.  Y en Iván Ilich, esa enfermedad alcanza el paroxismo. Iván ambiciona el éxito: el cargo encumbrado, una esposa perfecta, la casa amueblada al estilo de la clase alta, hijos obedientes, colegas envidiosos y mucho dinero.  Lo logra. Pero en la cumbre de su éxito, se notan las costuras de una realidad cosida con la tela de los convencionalismos. Iván se enferma y su mal es esquivo. Los médicos no tienen las respuestas, solo palabras huecas, salpicadas de prepotencia.  La enfermedad va penetrando las ranuras de su existencia y la percepción de su realidad queda afectada. Iván salta a otro universo. El Efecto Mariposa activa eventos sucesivos. Las emociones mutan y se hacen niebla.

Esta enfermedad de Iván –que es idéntica a la de Tolstoi–  es como una araña que teje su red. Y allí quedan atrapadas sus frustraciones. La esposa ahora es una tortura. Su hija solo piensa en sí misma. El niño está en la escuela. Solo su sirviente Gerasim le mantiene conectado al mundo de los vivos.  Los recuerdos de Iván le llevan a su infancia. Allí descubre un secreto: ¿tuvo sentido su vida?

A medida que visita los diferentes capítulos de su existencia, entiende que fracasó. Hizo el depósito en un banco equivocado.  Los hombres viven disfrazados y la sociedad es el baile de máscaras. Las cumbres no son cumbres. La carrera está invertida. La montaña de ambiciones que conquistó, no le permite ver el cielo. Escaló sí, pero al infierno. La obra de su vida fue una mentira.

La existencia de Tolstoi y la de su personaje Iván se fusionan. Es la simbiosis especular. Un espejo donde la ficción reflejada nace de las entrañas de un hombre de carne y hueso.  La vida es el síntoma de la enfermedad mortal y paradójica. Al alejarse del niño, lo auténtico que había en él se marchita. Años, hojas secas. Se desprenden de un árbol torcido. Cuando el infante se convierte en adolescente, sucumbe y sucede la tragedia. La imitación permite reprimir el estado de confusión. Se copian los modelos diseñados por el canon social. Y así el joven se hace adulto: un hombre disfrazado. Lleva su máscara, tan fija que borra del rostro las facciones reales.

La carrera de la vida es una lucha contra la muerte y lo que se le parezca. El esfuerzo engendra la enfermedad.  Porque la vida deja de serlo cuando su fin está supeditado a los otros. Es un delirio, que llaman éxito. La ilusión, pura esquizofrenia.

El hombre cree que progresa. La gloria y el aplauso son el objetivo de su lucha. Y se engaña. Pero esta parodia tiene un costo: la venganza. Es implacable el destino. Todo se vuelve burla, la quisquillosa sensación del fracaso. La enfermedad de Iván Ilich es la consciencia de una vida desperdiciada. Al rehuirle a lo auténtico que hubo en él, culmina la carrera comprendiendo el engaño.

La vida de Tolstoi nos evidencia esta verdad. Literatura y enfermedad son el síntoma del mismo mal.  La Literatura le pone un velo a la realidad del escritor. Sus letras son el delirio febril, lo que llaman “ficción”. Nacen los multiversos. Infinitas realidades de un solo ser, que se dan en universos paralelos. A veces es la réplica de una otredad. Otras, la gema que brilla de autenticidad.

En la enfermedad, la ficción es el combate contra la muerte. El anhelo de inmortalidad persiguiendo la cura.

Una, dos, hasta tres batallas victoriosas proporcionarían algo de paz. Pero la historia contada por la realidad concluye siempre con igual final:  La guerra se pierde, porque la enfermedad es la vida misma. Y toda vida termina en muerte.

 Juan Carlos Sosa Azpúrua / @jcsosazpurua

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com