Las muertes más asombrosas de los santos del cristianismo

Por redaccionnyl el 25/09/2017

Juan el Bautista

Este precursor de Cristo instó a la gente a arrepentirse del pecado. Los bautizó con agua para simbolizar la purificación de sus corazones tras el arrepentimiento. También dijo al rey Herodes que se arrepintiera por haberse casado con la esposa de su propio hermano. Pero en lugar de arrepentirse, Herodes encerró a Juan en la cárcel. Sin embargo, Juan sabía que él era el acto de apertura para el hombre de acto principal. Así que una vez que Jesús apareció, Juan dijo: “Él debe aumentar, pero yo debo disminuir.” (Juan 3:30) Entonces Herodes hizo una fiesta. Prometió a su hija cualquier cosa que ella deseara a cambio de que bailara para los invitados. Su madre la convenció de pedir la cabeza de herodes eso fue lo que recibió en una bandeja de plata.

San Lorenzo

Este diácono cristiano vendió muchos de los vasos de oro de su iglesia y otras riquezas para hacer más donaciones a los pobres. Un prefecto de Roma le dijo a que entregara los tesoros de su iglesia, y Lorenzo le dijo que con mucho gusto pero que le diera tres días. Cumplido el tiempo, el santo se presentó con una multitud de pobres. ¿Dónde están las riquezas?, preguntó el prefecto. Aquí, dijo Lorenzo mostrando a los huérfanos, viudas y mendigos.
El juego de Lorenzo ofendió tanto al prefecto que lo sentenció a morir asado en una parrilla. La leyenda cuenta que Lorenzo gritaba: “¡Deme vuelta! ¡No estoy cocido del otro lado!”.

Santa Rita

Rita oró para que sus hijos no arruinaran sus almas con pecados mortales. Le preocupaba porque en la edad media era costumbre que los hijos vengaran las afrentas contra la familia, y el marido de Rita acababa de morir en una pelea. ¿Sus hijos matarían a los asesinos? Rita oró contra la violencia. En cuestión de días, ambos hijos cayeron enfermos y murieron. Rita estaba sola, pero su oración había sido contestada. Estaba segura de que sus hijos habían ganado el cielo. Rita siguió su sueño de convertirse en monja. Ella se volvió profundamente consciente del sufrimiento de Cristo y oró para compartir su dolor y así compartir su salvación de las almas.

De acuerdo a la tradición en 1428, una madrugada Rita recibió de manos de Cristo una larga astilla de madera clavada en el hueso de la frente. Se trataba de un estigma divino: la marca de la corona de espinas que Jesucristo había exhibido en la cruz. Le extrajeron la astilla y la guardaron como reliquia sagrada. Cada madrugada el estigma se le volvía a abrir por sí mismo, hasta que empezó a expeler un fuerte olor inmundo, que se mantuvo milagrosamente el resto de su vida. En 1453 Rita cayó en cama gravemente enferma. Desde ese momento, estando siempre atendida por novicias, la herida de su frente gradualmente se cerró, pero Rita pasó los últimos cuatro años de su vida con infecciones en la sangre.

Santa Lucía

Fue educada en la fe cristiana. Consagró su vida a Dios e hizo un voto de virginidad. Su madre, que estaba enferma, la comprometió a casarse con un joven pagano y ella, para que se librase de ese compromiso, la persuadió para que fuese a rezar a la tumba de Águeda de Catania a fin de curar su enfermedad. Como su madre sanó, Lucía le pidió que la liberara del compromiso, le dejara consagrar su vida a Dios y donara su fortuna a los más pobres. Su madre accedió. Pero su pretendiente la acusó ante el procónsul Pascasio debido a que era cristiana, en tiempos del emperador Diocleciano.

Cuando Lucía fue arrestada bajo la acusación de ser una cristiana, Pascasio le ordenó que hiciera sacrificios a los dioses. Entonces Lucía dijo: “Sacrificio puro delante de Dios es visitar a las viudas, los huérfanos y los peregrinos que pagan en la angustia y en la necesidad, y ya es el tercer año que me ofrecen sacrificios a Dios en Jesucristo entregando todos mis bienes.” Irritado Pascasio, ordenó a sus soldados a que la llevaran a un prostíbulo para que la violaran y luego se dirigió a Lucía diciéndole: “Te llevaré a un lugar de perdición así se alejará el Espíritu Santo“. Los soldados la tomaron para llevársela, la ataron con cuerdas en las manos y en los pies, pero por más que se esforzaban no podían moverla: la muchacha permanecía rígida como una roca. Al enterarse de lo sucedido, Pascasio ordenó someterla a suplicio con aceite y pez hirviendo, pero no logró hacerla desistir. Condenada a ser martirizada, antes de morir profetizó su canonización y su patronazgo como protectora de Siracusa, junto con la caída de Diocleciano y Maximiano.

El relato griego —que data del siglo V— y el relato latino —datado del siglo VI al VII— son idénticos en lo fundamental, aunque difieren en algunos detalles finales: según el martiryon griego Lucía fue decapitada, en tanto que según la passio latina, fue martirizada por uno o varios golpes de espada.

Policarpo de Esmirna

Un día, una gran multitud gritó el nombre de Policarpo, pero no para que enseñara la fe cristiana sino para lanzarlo a las hambrientas bestias de la arena. El procónsul romano instó a Policarpo a salvarse diciéndole que “jurara por César”. Policarpo dijo: “Si usted se imagina que juro por César, usted no sabe quién soy. Déjeme decirle claramente que soy cristiano”. El procónsul enfurecido pidió que trajeran a las bestias, pero Policarpo siguió firme y no juró. Luego el funcionario dijo que lo encendería en fuego y Policarpo guardó silencio.

Finalmente, el procónsul ordenó a los guardias que quemaran a Policarpo vivo. Este le pidió a Dios que lo aceptara después de su muerte. Los soldados se preparaban para clavarle para que no huyera de las llamas, pero Policarpo les dijo que no tenían que preocuparse, que Dios lo ayudaría a través de la muerte como lo había ayudado a través de la vida. Y así Policarpo se paró en la arena, atado a una estaca ardiente. Se dice que Policarpo no agarró fuego inicialmente y que el verdugo tuvo que apuñalarlo, pero la sangre solo apagó las llamas. Finalmente lo volvieron a encender y entonces sí murió quemado.

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