Las mil y una formas de echar un buen polvo

Por Luis Figuera el 08/03/2020

El Homo ludens le fascina, ese encanto secreto y maravilloso que nace antes de cada encuentro sexual, ese oleaje de temor inesperado de  confuso sentimiento atávico que nos sumerge en un bosque de temores, una cortina de niebla densa que nos impide reconocernos más allá del sagrado milagro de un buen polvo. Un amigo italiano dueño por más de sesenta años de un hotel, durante largas conversaciones ha revelado el dulce embrujo del placer de follar a lo grande.

El viejo Pipo un personaje mítico, que parece recién salido de las prodigiosas páginas de una novela de Fulkner, sin arrogancias de entendido, me dice: “la buona polvere é mentale”. Con el zurcido mágico de su acento napolitano, despeja las brumas de su travesía amorosa, a través de prodigiosas narraciones que pueden alegrar las tristes noches del más exigente Sultán.

Cada tiempo llegaba al hospedaje, buscando un arrimo sexual, con una de las trabajadoras, un hombre de negocios. Un día se acerco a solicitar mis buenos oficios de noble alcahuete en estos menesteres. Tuve que conversar con la señorita para llevar el encuentro a un final feliz.

Ella accedió y urdimos un inofensivo plan que suponía una condición, el encuentro se realizaría a oscuras. La idea era intercambiar a la muchacha por otra, las dos entrarían a la habitación, pero solo una hablaría.

Todo salió según lo convenido, el hombre arrullaba a su adorada y  escuchaba los suspiros entrecortados. Nuestro amigo siempre alentó la idea de que ese había sido su gran polvo, su cerebro estaba preparado para que fuera así.

Tal vez Murió sin saber  que se había acostado con una mujer distinta a la deseada, y mientras lo hacia, un sureño napolitano, bribón y truhan de siete suelas  se tiraba a su amada en la misma habitación.

En el moderno arte sexual es común la utilización de artefactos para erotizar. En varias ocasiones contemplé el uso de instrumentos, pero jamás  imagine el enigmático  y poderoso efecto que  produce una simple bandita de goma.

Al hotel llegaba una joven prostituta todos los meses, y se albergaba por largos días, hasta que aparecía su pareja, un  marchante de telas, y turbantes en lo profundo de la Guajira. Se comentaba entre la comisura de los labios, que aquella mujer que deliraba, y ansiosamente esperaba a su amante, era víctima de algún hechizo, de un embrujo que la ataba inexorablemente al hombre de físico desgarbado.

Sin embargo el viejo tenía un secreto aprendido en las calles de Estambul, entre tragos de raki. Consistía en amarrarse una banda elástica en el dedo índice, cortarla en cuatro puntas, darle  muchas vueltas,  sujetarla con el dedo pulgar, introducir ambos dedos en la vulva, y dejar que se estire alocadamente en la boca de la vagina. Los espasmos y gritos de la mujer daban para pensar que estaba poseída. Era Lo que se conoce entre los sudorosos  y a veces famélicos marineros que atraviesan el Mármara como el polvo de la liguita.

Antonin Artaud, afirmaba en sus momentos de iluminación que existía una poesía de los sentidos, y otra poesía del lenguaje. La primera se orienta a los sentidos, la segunda al espíritu.

El principio de ese otro lenguaje incrustado en algún recoveco de la memoria  cognoscitiva, es lo que domina la escena del arrebato, la pasión y tal vez la locura. Un hálito semejante se apoderaba de aquella bailarina escapada de algún circo barato, que había terminado por quedarse a vivir en un cuarto.

Los huéspedes se quejaban de los gemidos casi inhumanos que se escuchaban en aquel aposento que nadie visitaba. El regente pudo desentrañar el misterio de la enigmática doncella. Una noche al despuntar la madrugada, y en medio de murmullos y extraños sonidos entró al cuarto.

Se sorprendió al encontrarla desnuda frente a un espejo, besando y acariciando su imagen, en una especie de singular masturbación. Lamia como un perro con hambre las azogadas laminas, y conversaba con aquella esplendorosa imagen de hembra poseída por una especie de furor. El napolitano quedó fascinado, hechizado, enmudeció ante aquel lenguaje. Cuando escuchaba ruidos subía sigilosamente, a veces se excitaba tanto que echaba mano a la vieja receta de Onan.

Nuestro confidente fue descubierto, y aprendió amarrado en los brazos de aquella hembra, entre sofocos y gritos, lo que se conoce desde tiempos antiguos  como el bastardo encanto del polvo con espejo.

El goce, disfrute, y placer de una buena follada no está en los testículos del macho alfa, y menos en el ímpetu indómito y primitivo del homus erectus, reposa como las aguas cristalinas, serena y apaciblemente en ese otro lago que se arma en la mente de seres especiales como Sade, Betaille, Casanova, Don Juan.

En su largo trajinar de voyerista y mirón, este intrépido italiano, anduvo por ríos de placeres se paseo por los mil y un secretos, para saborear la petite mortan que nombran los franceses. Descubrió el famoso polvo de la cebolla, muy popular entre los cocineros, y que requiere frotar el glande con la planta. El del estornudo que necesita rociar de pimienta la nariz de la mujer mientras se incrusta un dedo en la parte trasera.

El follón de la perla es muy conocido entre los navegantes, y consiste en colgarse una perla en el prepucio. La chingada de la cieguita, donde es necesario taparle los ojos a la dama, el polvo del policía que se tira con un par de esposas, y una hembra temerosa.

La cogida del prisionero con el hombre atado a los caprichos de su ama. El follón del Ying-Yang, o el arte en meter y sacar el miembro de acuerdo a distancias establecidas y a un ritmo acordado, como si se tratase de una sinfonía, la caída del Ángel, donde se sujeta a la mujer por las muñecas y los tobillos, y se sube y se deja caer con una cuerda corrediza. El polvo sin leche, donde se aprietan los testículos del macho con una cinta, y se sueltan y se vuelven a anudar, hasta provocar un orgasmo volcánico. El de la muerte que consiste en preparar una horca, y guindar a la mujer sosteniéndola por las piernas, y penetrándola, y hacerla caer hasta que la soga casi la asfixie, y toque los umbrales de la muerte y  las fronteras del dulce abismo.  

Don Pipo me comentó que con la llegada de unos cubanos al hotel, descubrió el polvo del ciclón atómico. Una mulata cubana lo invitó un fin de año a conocerlo, lo puso en cuatro piernas al extremo de una cama, mientras ella se colocaba en el otro extremo, mirándolo de frente, y empezaba un asombroso y vertiginoso proceso de soplar y recoger el aire con su pulmones, y le decía: “acere, no cojas lucha”, y aspiraba, y expiraba con tanta furia que el napolitano la paró para gritarle “ Mulata, aguanta, aguanta que se me mete la sabana por el culo”.           

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Cuentista, columnista y político venezolano.

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