Las fotos eróticas de Marilyn Monroe que nadie quiso comprar

Por redaccionnyl el 09/11/2019

El pasado 29 de octubre en la sede neoyorquina de Christie’s salía a la venta un lote de «memorabilia» donde se incluían las sensuales e históricas imágenes de la diva Marilyn Monroe en Beverly Hills de Douglas Kirkland y la cámara con que las tomó. El fotógrafo nos cuenta cómo fue aquella noche de 1961, un año antes de la muerte de la actriz, aunque finalmente nadie adquirió el lote de «The Exceptional Sale».

Fue una tarde nublada de mediados del mes de noviembre de 1961. A las puertas de un estudio de Los Ángeles, el fotógrafo Douglas Kirkland (Fort Erie, Canadá, 16 de agosto de 1934) hacía esfuerzos considerables por disimular su nerviosismo ante la inminente llegada de la actriz más deseada del momento. Miraba el reloj con impaciencia, caminaba de un lado al otro del pasillo y hasta llegó a pellizcarse el brazo para comprobar que, en efecto, no se trataba de un sueño. Con dos horas de retraso, apareció en el umbral de la puerta Marilyn Monroe, esplendorosa como siempre y flanqueada por su habitual séquito de asistentes. Kirkland tenía por entonces 27 años y una prometedora carrera por delante como fotógrafo de estrellas de cine. En sus comienzos había despuntado como retratista de jugadores de hockey, pero tras unos meses como asistente de Irving Penn en Manhattan se sentía preparado para dar el definitivo salto a Hollywood.

Marilyn, por su parte, había celebrado su 35 cumpleaños con un brindis amargo de barbitúricos y una mudanza exprés a Los Ángeles tras encadenar su enésimo fracaso amoroso. Atrás quedaban ya las luminarias de Nueva York y los seis años de zozobra intelectual que le había procurado su último marido, el dramaturgo Arthur Miller. Volvía a estar sola y se sentía libre. Frágil y libre. El atrezzo para la sesión había sido pactado de antemano por ambas partes: una cama con sábanas de impoluta seda blanca, varios vinilos de Frank Sinatra y un arsenal de botellas de Dom Pérignon. El guion, sin embargo, no estaba escrito. «Nada más verme Marilyn me dio un abrazo y un beso en la mejilla y, sin perder un segundo, enfiló hacia el camerino», cuenta Kirkland a Fuera de Serie. «Una vez recostada en la cama, y tapándose los pechos con el embozo, pidió a nuestros acompañantes que nos dejaran solos. Fue una decisión inesperada que cambió el curso de los acontecimientos».

UN MITO A PUJA

El pasado 29 de octubre, la casa Christie’s subastaba en su sede de Nueva York dos de las fotografías de aquel encuentro memorable, además de la cámara Hasselblad que utilizó Kirkland para retratar a la actriz y sex symbol. Las imágenes se publicaron en un número especial de la revista Look (que celebraba por entonces su 25 aniversario), dos de cuyos ejemplares se incluyen también en el lote. «Unos días antes de nuestra cita en el estudio, quedé con Marilyn, su agente y otros compañeros de la revista en su apartamento de Beverly Hills», recuerda el fotógrafo de 85 años. «Le conté algunas ideas, y todas le entusiasmaron. Le propuse no utilizar flash para así evitar cualquier distracción, y me dio su bendición. Con su característico buen humor, me dijo que con una sábana nos apañaríamos y que el resto se iría viendo. Por mi parte, me comprometí a tratarla como la majestuosa princesa que era». El resultado fue una noche mágica en la que la química entre Monroe y Kirkland impregnó cada uno de los negativos. «Me gustaría decirle que pasó algo entre nosotros», bromea por teléfono el autor de las instantáneas. «Pero lo cierto es que no hay nada que contar: todo transcurrió con absoluta profesionalidad».

Marilyn («Overhead») -100 x 150 cm-, una de las fotografías que subastará Christie’s en Nueva York y cuenta con una estimación de 250.000 euros.

No le fue fácil, eso sí, mantener la compostura mientras Marilyn se desnudaba en la intimidad del estudio o se contoneaba coqueta bajo una tela semitransparente. «Cualquier joven de mi generación habría dado su brazo por haber estado en mi lugar. Me sentía un privilegiado, pero no tanto por el hecho de estar cerca de ella sino por tener la oportunidad de captar con mi cámara la esencia de una mujer extraordinaria en todos los sentidos». Hubo carcajadas, miradas de complicidad y susurros cálidos que empañaron las lentes de la cámara. «Caminamos juntos por el abismo de la noche, controlando nuestros impulsos para que toda aquella energía se canalizara en unas imágenes que habrían de ser históricas».

IRREPETIBLE

Un año después, Norma Jeane apareció muerta en su apartamento de Brentwood. La autopsia reveló que había fallecido por una sobredosis de barbitúricos, aunque corrieron todo tipo de rumores. «Me encontraba en París trabajando para una campaña de Coco Chanel cuando me enteré de la noticia», evoca Kirkland. «Me impactó muchísimo. No podía dejar de escuchar en mi cabeza las últimas palabras que me dedicó: ¡Quiero que volvamos a hacer esto muy pronto!«. Casi seis décadas después, a Kirkland le cuesta encasillar a la diva rubia y musa de Hollywood en un único recuerdo. «Conocí a la alegre y pizpireta Marilyn de su casa de Beverly Hills, a la seductora y sensual Monroe del estudio de Hollywood, pero también a la melancólica y triste Norma con quien me senté a revisar las fotos una semana después, tras revelar las imágenes en el laboratorio. Cuando pienso en aquellos días me doy cuenta de que no estuve nunca con la misma persona».

«Hugging Pillow», 100 x 150 cm, otra de las imágenes de la sesión que se subastan.

Para Becky MacGuire, directora de ventas de la subasta The Exceptional Sale de Christie’s, las fotografías de Kirkland contienen un fragmento irrepetible de un Hollywood dorado que empezaba a decaer. «No se trata solo de imágenes extraordinariamente sensuales y originales del catálogo de Marilyn, sino además de dos de las últimas instantáneas que le tomaron en su vida», explica la experta. «Este tipo de subastas suelen despertar el interés de los cinéfilos, así como de los más ávidos coleccionistas de memorabilia de Hollywood, pero no solo. Existe otro perfil de comprador, procedente del mundo de la fotografía, que conoce muy bien el valor artístico de estos retratos. Por último, nunca hay que descartar a los fans incondicionales de la actriz, que están dispuestos a desembolsar cualquier suma de dinero por un trofeo de estas características».

No sería la primera vez que Marilyn da el martillazo durante una puja, y eso esperaban con esta. Lo saben bien en la sede neoyorquina de Christie’s, donde en 1999 se subastaron 575 lotes de la colección personal de la actriz: desde guiones de cine, peluches y gafas de sol hasta un piano de cola blanco (que se vendió por 600.000 euros), el anillo de boda que le regaló Joe DiMaggio (700.000 euros) y un vestido de gasa con incrustaciones de diamantes (1,5 millones) que fue revendido de nuevo en 2016 por cuatro veces su precio original. Sin embargo, esta vez nadie quiso este tesoro.

Kirkland conoció a la actriz en la cima de su estrellato gracias a éxitos de taquilla como Los caballeros las prefieren rubias (1953), La tentación vive arriba (1955), Bus Stop (1956), Con faldas y a lo loco (1959) y Vidas rebeldes (1961), esta última con guion del propio Miller. «Desde los inicios de su carrera Marilyn se había abonado al sufrimiento como estado permanente y vital, por lo que se esforzaba para que sus películas funcionaran como un bálsamo de fantasía que mitigara provisionalmente el dolor de los espectadores», reflexiona el fotógrafo canadiense. «Su éxito consistió en combinar en una misma personalidad los ingredientes de un cóctel a la vez explosivo y embriagador: inocencia, humor, sensualidad y fragilidad. Sus apariciones ante las cámaras sedujeron a reyes, presidentes, estrellas del deporte y muchachos en mangas de camisa…». Y añade, después, en un rapto de nostalgia: «Lo reconozco, yo también me enamoré de ella…».

CARRERA DE CINE

A falta de unos meses para que le cantara Cumpleaños feliz a John Fitzgerald Kennedy ante un abarrotado Madison Square Garden, Kirkland inmortalizó a Marilyn como nadie lo había hecho hasta la fecha. Aquella experiencia no solo le cambió la vida, sino que también ayudó a catapultar su carrera. Tiempo después posarían frente a su Hasselblad Elizabeth Taylor, Marlene Dietrich, Julie Christie, Brigitte Bardot, Audrey Hepburn, Catherine Deneuve y Andy Warhol. «Marilyn me enseñó una gran lección: que una sesión de fotos ha de ser pura seducción, una suerte de baile lento en el que no puedes evitar sentir el vértigo de enamorarte, ya se trate de un hombre o una mujer», se sincera Kirkland. «Mi trabajo en estos años ha consistido en entrar en la vida de las personas con una cámara colgada del cuello, compartir con ellas momentos intensos y despedirme. A veces, como desgraciadamente ocurrió con Marilyn, para siempre».

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