La verosimilitud, la única regla a la hora de escribir una historia

Por redaccionnyl el 24/03/2019

la verosimilitud
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De la importancia de la verosimilitud solo se percatan los que han escrito historias. Las narraciones que no la tienen sencillamente no sirven.

Para darnos una idea más amplia, el escritor puertorriqueño Luis López Nieves ha escrito una joya originalmente publicada en Ciudad Seva que no podemos dejar de compartir.

La verosimilitud

Podemos escribir sobre cualquier tema. Cualquiera. No hay límites. Podemos contar lo que le ocurrió a un dinosaurio hace cien millones de años o lo que le ocurrirá a un niño dentro de mil millones de años. Nuestra acción puede transcurrir en el lugar más lejano del universo, en un bosque de la Tierra, en el fondo del mar o en la uña de un caballo. Nuestros personajes pueden ser inmortales o solo vivir dos días. Todo lo que se le ocurra a un escritor puede ser contado. Solo hay una regla: nuestra historia debe ser verosímil. De lo contrario, nuestra narración será defectuosa.

“Vero” (verdad) “símil” (similar). “Verosímil” significa similar a la verdad. Verosímil significa “creíble”. No significa “real”, solo “creíble”.

Veamos un ejemplo sencillo. Llevan a un vagabundo ante un juez. Lo verosímil es que el juez hable como una persona educada, con cierto dominio del vocabulario legal, y que el vagabundo hable como una persona poco educada. Eso es lo verosímil. Lo verosímil no requiere justificación. Presentamos el diálogo de ambos y el lector lo acepta como natural. Punto. Continuamos con la próxima escena porque no hay problemas de verosimilitud.

Pero ¿cuál sería la reacción del lector si los papeles se invirtieran? ¿Si el juez habla como un rufián sin educación y el vagabundo como un filósofo? ¿Si el juez empieza a usar palabras soeces mientras el vagabundo diserta sobre la “evolución ética del concepto de la justicia a través de la historia”?

La reacción del lector sería de rechazo o incredulidad porque de inmediato sentirá que el texto es inverosímil. Aunque no conozca la palabra ni el concepto literario, el lector sabe cuando está ante un disparate. No pensará “este texto es inverosímil”, pero probablemente se dirá “esto es ridículo”.

Así funciona la verosimilitud:

1. Cuando un texto es “normal”, no requiere justificación.

2. Cuando ocurre una situación que no es “normal”, entonces hay que justificarla literariamente. Es decir, hay que convertirla en verosímil.

Cuando la situación no es “normal”, debemos incluir dentro de la narración, y de forma natural, elementos que la justifiquen.

Por ejemplo, en el caso que estamos discutiendo podríamos contar que el vagabundo es un exprofesor de filosofía que se convirtió en alcohólico y perdió el trabajo y la casa. Así de sencillo, con rapidez, hemos justificado ante el lector que un vagabundo posea un vocabulario y una elocuencia que normalmente no encontraríamos en un vagabundo. El lector, al enterarse de estos detalles, puede aceptar que un vagabundo reflexione ante el juez sobre la evolución del concepto ético de la justicia… y sobre muchos temas más… especialmente si todavía está borracho.

En el caso del juez, igualmente habría que justificar su acción. ¿Es alcohólico y ese día, quizás por primera vez en su carrera, llegó borracho al tribunal? ¿Es bipolar y ese día no tomó su medicina? ¿Esa mañana tomó un medicamento que ha tenido el efecto de desorientarlo mentalmente? ¿De pronto ha tenido un brote sicótico? ¿Vive en un país corrupto y su papito millonario le compró el diploma de abogado y la plaza de juez? Cualquier justificación de este tipo, nuevamente, haría que el lector acepte la conducta inusual del juez en el estrado.

Ahora, al volver a la escena, tenemos a un exprofesor de filosofía que está ante un juez corrupto o con problemas mentales. Al leer cómo ambos se expresan, el lector lo aceptará sin problemas porque el diálogo le parecerá “normal” en esas circunstancias.

Yo podría dar múltiples ejemplos adicionales. Digamos que en tu cuento o novela una anciana conversa con su nieta de 13 años sobre música. La abuela hablará con entusiasmo (y nostalgia) sobre el trío Los Panchos, Julio Iglesias, Juan Luis Guerra, Danny Rivera, José José, Roberto Carlos, Raphael y otros cantantes que la nieta jamás en su vida había escuchado mencionar. Por otra parte, la nieta hablará de Daddy Yankee, Bad Bunny, Ozuna, Allmighty, Jon Z, Miky Woodz y de otros cantantes que la abuela jamás ha oído mencionar y apenas puede pronunciar. Esto sería “normal”. No hay que justificarlo porque sabemos que cada generación tiene sus ídolos y gustos.

¿Pero qué sucede si se invierten los papeles? ¿Sería creíble que una anciana de 88 años sea fanática de Daddy Yankee y que una niña de 13 años se pase el día escuchando al trío Los Panchos? No es verosímil. Si se crea una escena así, sin otra justificación, realmente sería comedia, pero no comedia a propósito. El lector se reirá por la ridiculez del texto… y del autor.

Sin embargo, al igual que el caso del juez y el vagabundo, un buen escritor puede crear una abuelita que sea una auténtica fanática de Daddy Yankee.

Hay que buscar una razón por la cual tiene esos gustos. Por ejemplo, es una acaudalada productora de música, productora de radio, dueña de una tienda de música, dueña de una cadena de discotecas o abuela de uno de estos músicos. Por tanto, conoce la música porque le deja dinero o por razones familiares. Le ha cogido el gusto. Quizás no la escucha todos los días, pero cuando tiene que escucharla la disfruta. Son muchas las razones que nos podemos inventar para que la fanática anciana de Daddy Yankee sea verosímil.

En el caso de la nena, digamos que se crió en el campo, muy pobre, aislada, solo ella y su abuelito, y que este se pasaba el día entero escuchando viejos discos de Los Panchos. El abuelito acaba de morir y la nieta, recién llegada a la ciudad, se ha quedado con ese gusto musical. O la nieta es una de estas chicas que busca ser diferente, odia estar a la moda, desea poseer un estilo propio, y un día, al buscar ropa vintage en una boutique, esta chica descubrió la música de Los Panchos y le gustó.

Repito: se puede escribir cualquier historia, pero debe ser “verosímil”. Esta es la palabra clave. Y es necesario hacerlo bien, con esmero, para que las justificaciones no parezcan traídas por los pelos ni pegadas con cola. Las justificaciones deben ser una parte misma de la trama, no un párrafo añadido como si fuera un remiendo o parche.

Por último: una vez establecidas por nosotros las reglas del juego, ni siquiera nosotros podemos violarlas. Digamos, por ejemplo, que escribes una novela que transcurre en el planeta Marte y que describes a los marcianos como criaturas rojas con cinco piernas. Vale. Te lo aceptamos y seguimos leyendo. Pero más adelante, en la página 140, de pronto llega un marciano con dos piernas a un restaurante. Esto será un disparate, porque todos los lectores ya han aceptado que los marcianos tienen cinco piernas. Al aparecer un marciano con dos piernas, que a nosotros (terrícolas) nos parecerá normal, hay que comprender que para los marcianos de la novela será un monstruo o, como mínimo, un incapacitado físico. Al no cumplir con nuestras propias reglas (“los marcianos tienen cinco piernas”) hemos creado una escena inverosímil e inaceptable.

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