La tragedia del jefecito. Por Lizandro Samuel

Por Lizandro Samuel el 03/06/2016

El fútbol es amigo de la hipérbole. La palabra del título suena desproporcionada. Si lo de Mascherano es trágico, conviene aclarar que a casi todos nos gustaría sufrir como él. Pero es que para los argentinos todo es más de lo que parece. Solo en esa extraña tierra se atreven a quejarse del quizá mejor jugador de la historia. Tener a Messi entre sus seleccionados y años antes haber tenido a Maradona es tan grande como irreal. La única manera de generar aún más asombro después de ese dato es recordar que Di Stefano también nació en el país del tango. Tres de los seis mejores futbolistas de la historia llegaron a defender una misma bandera. Pero a Messi se le achaca que más allá del Mundial sub 20 y de los Juegos Olímpicos, no ha ganado ningún título con la absoluta. La prensa se enfoca en él, aludiendo que las vitrinas vacías son el único talón de este Aquiles. Pero existe en el fondo una tragedia igual de impactante o incluso mayor: la de Javier Alejandro Mascherano. La suya, además, pareciera estar en los genes.

Él no lo sabía cuando a los 19 años debutó con la absoluta. Lo hizo en el clásico de La Plata: frente a Uruguay. Aunque fue un amistoso, es bueno recordar que esos partidos suelen definirse como “bravos”. Al mediocentro argentino le decían, en River Plate, Jefecito, porque no paraba de dar órdenes en la cancha pese a su corta edad. Para alguien con ese carácter jugar clásicos y destacar es algo lógico. Pronto quedó claro que batiría todos los récords de asistencia en la selección. También fue evidente que su hoja de disciplina quedaría inmaculada y que la cinta de capitán sería suya. La duda estaba en si todo eso se transformaría en títulos. El futuro era alentador: Mascherano compartiría selección con el mejor futbolista del planeta.

De la estirpe de Roberto Fabián Ayala –quien fuera su capitán en la Copa América del 2004, en la del 2007 y en el Mundial de 2006–, el Jefecito ha tenido una carrera más fructífera que la del Ratón. ¿Cuántos futbolistas son capaces de salir a rueda de prensa con cara de preocupación tras conseguir un título? Mascherano ha hecho de la autocrítica una excusa para evolucionar. Esto ha sido una constante a lo largo de su carrera. Aquel futbolista impetuoso que repartía patadas como si estuvieran en ofertas dio paso a uno que anticipa con la precisión del mejor de los relojes. Solo así fue posible que jugara de defensor central en el Barcelona de Pep Guardiola, posición que siguió manteniendo en las siguientes temporadas. De igual forma, su calidad en el pase y claridad para iniciar las jugadas se desarrolló tanto como su compresión del juego. Alabado por compañeros y respetado por rivales, Mascherano es ese futbolista al que se trata de usted aunque se desconozca su edad. La misma, eso sí, ya no denota juventud: pasó los 30 años y sabe que le quedan pocas oportunidades de ganar un gran título con Argentina. La Copa América Centenario es una.

La competición genera brillo en los ojos de los albicelestes: vienen de ser subcampeones del mundo y de América. Curiosamente, en ambas finales perdieron contra países que hoy día les podrían dar una lección de organización y estructura: Alemania y Chile. El prestigio argentino es cosa del pasado: entre tanta corrupción y despropósito, el fútbol perdió el norte. Su cara más brillante es esta selección a la que los hinchas más radicales putean con desenfado. El argumento principal es que Lionel Messi debería encaminarlos hacia glorias prometidas. No es así de fácil, pero tampoco será este el espacio para explicar por qué. Lo cierto es que Mascherano ha cumplido con gran parte de lo que se previó: ocupa el segundo lugar en máximas participaciones con la selección, detrás de Javier Zanetti; ha jugado tres Mundiales, cuatro Copas Américas y recibió la medalla de oro en las dos Olimpiadas en las que participó. Esto último lo convierte en el argentino con más títulos dentro de la selección, combinado en el que ha sido el futbolista más destacado de los últimos diez años. Uno de los puntos cumbres fue el Mundial de Brasil 2014, en el que fue el mejor jugador de su país y uno de los de rendimiento más alto en el torneo.

Aunque, por esa generosidad y consciencia de la trascendencia tan extraña en un futbolista, le cedió la cinta de capitán a Messi, dentro del campo es el que manda. La deuda personal que carga es ganar una Copa América y quizá un Mundial. Si no lo logra, no pasa nada: la historia ya lo tiene en un lugar privilegiado. Él parece saberlo: posee una consciencia extraña entre sus colegas. Pero, en honor a la profesión, sabe que debe seguir dejando hasta la última gota de sangre en aras de romper una maldición que parece aquejarlo: ha perdido cuatro finales con Argentina. Cuando llegue la quinta, si es que llega, espera poder escribir un desenlace más favorable.

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Narrador. Entrenador y analista de fútbol.

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