La ternura macabra en “Shape of Water” de Guillermo Del Toro

Por Aglaia Berlutti el 16/12/2017

David Roas suele decir que “el monstruo encarna la transgresión, el desorden. Su existencia subvierte los límites que determinan lo que resulta aceptable desde un punto de vista físico, biológico e incluso moral”.

Para el escritor, la cualidad monstruosa es una visión sobre la capacidad del hombre para comprenderse a sí mismo, su moralidad y la existencia misma de la razón, por lo cual el escritor concluye que siempre implica “su inevitable relación con el miedo. Porque una de las esenciales funciones del monstruo es encarnar nuestro miedo a la muerte (y a los seres que transgreden el tabú de la muerte, como ocurre con el vampiro, el fantasma, el zombi y otros revenants), a lo desconocido, al depredador, a lo materialmente espantoso…

Pero, al mismo tiempo, el monstruo nos pone en contacto con el lado oscuro del ser humano al reflejar nuestros deseos más ocultos”. Una comprensión de que evade y hace mucho más amplios los límites de la realidad, tal y como la conocemos y sobre todo, asumimos su existencia.

Para el director Guillermo del Toro, la cualidad del Monstruo es justamente esa noción de la realidad entre la fantasía y la belleza, una construcción cultural alegórica que muestra lo mejor y lo peor del hombre, como reflejo del monstruo interior que le habita.

Conocido por su capacidad para humanizar todo tipo de criaturas en apariencia aterradoras y míticas, Del Toro analiza las relaciones del bien y el mal, lo espiritual y lo sensible, desde un ángulo novedoso que sostiene una comprensión sobre la naturaleza humana que asombra por profundidad. Desde el “Laberinto del Fauno” (2006) hasta sus reinvenciones del Universo creado por Mike Mignola para Hellboy, el director ha sabido encontrar un equilibrio entre la expresión formal del asombro y la maravilla, con algo mucho más conmovedor y turbio.

En “Shape of Water” (2017) el maestro de los monstruo no sólo humaniza a la bestia sino que contrapone los códigos, cánones y roles para crear una visión múltiple y extravagante sobre lo humano, lo monstruoso y lo emocional. El resultado es una pieza de una profunda belleza argumental y visual, que evade lugares comunes sobre la aproximación a lo temible y lo inquietante, para crear toda una expresión sobre la capacidad del amor — y para la ocasión, Del Toro asume la definición más directa y emotiva del término — como elemento transformador, extraordinario y por completo redentor.

Por supuesto, “Shape of Water” es la suma de sus puntos más altos y algunas concesiones inevitables al estilo en ocasiones recargado y autocomplaciente del director. No obstante, Del Toro plasma en cada escena de la película su peculiar comprensión sobre lo monstruoso elaborada a través de ideas metafóricas perfectamente orquestadas con la atmósfera onírica que logra captar desde las primeras escenas del film. Desde la narración de Richard Jenkins que sirve de prólogo, el argumento elabora con cuidado un mapa de ruta hacia la convicción de Del Toro de la dualidad del hombre — monstruo que habita en cada hombre y mujer del mundo.

Pero ante todo “Shape of Water” es una historia de amor articulada y construída desde cierta ironía exquisita que Del Toro construye con enorme cuidado y proverbial elegancia visual.

Usando el lenguaje de la fantasía con unos toques inteligentes de Ciencia Ficción, Del Toro modula una historia de enorme contenido emocional pero un trasfondo emocional que mezcla todo tipo de registros. “Shape of Water” pasa con enorme facilidad de la delicadeza visual a una enrevesada reflexión sobre lo que nos hace humanos y luego, una comprensión de inusual belleza sobre el poder de lo espiritual sobre los dolores universales y colectivos. La intención de Del Toro, es por supuesto, meditar y contravenir esa noción de normalidad que se asume inevitable (necesaria incluso) y lo hace a través de una madura poesía visual que por momentos emociona hasta las lágrimas.

La primera escena de “Shape of Water” marca su ritmo y también, su exquisita ternura argumental. Una larga escena onírica de muebles que se elevan ingrávidos hacia una bóveda celeste que no es más que ráfagas de agua turbia y delicadamente silenciosa. La secuencia es toda una declaración de intenciones: La cámara observa el prodigio de sobrecogedora belleza con paciencia y cuando el personaje Elisa Esposito (Sally Hawkins) despierta, la mirada de Del Toro, hace énfasis en los minúsculos detalles que expresan una profunda emoción y evaden una explicación sencilla.

Porque en la rutina de Elisa hay un cierto fatalismo doloroso que sostiene el discurso levemente cruel y amargo de la película, oculto bajo una percepción extravagante sobre la identidad. Elisa es muda y también, se encuentra atrapada en un trauma evidente que petrificó su vida emocional desde el dolor hacia una mirada anodina sobre que le rodea. Porque Elisa está atrapada en un dolor antiguo e inquietante, que las cicatrices visibles de su cuello expresan como un horror inexpresable. Al otro lado de su historia, el personaje de Doug Jones — un monstruo inquietante de aspecto humanoide también mudo y cuyo origen se explica con lentitud e inteligencia a lo largo de la trama — parece reflejar la soledad y el violento desarraigo de Elisa. Juntos, crean un arco argumental que se sostiene sobre la exquisita expresividad de ella y la imponente dulzura de él, envueltos en un halo de ternura extraordinaria que brinda a la película un inusual tono dramático pero perverso de enorme efectividad. Entre Elisa y el monstruo hay un secreto — un lenguaje privado, cosa que Del Toro deja claro de inmediato — y a través de ese sencillo vínculo, la historia avanza con una firmeza que evade los clichés del género fantástico y transforma la historia de amor en un alegato sobre la diferencia y el dolor.

Ambientada en la década de los sesenta, “Shape of Water” crea parábolas intencionales sobre el fanatismo, la paranoia colectiva, el temor al otro y sobre todo la naturaleza del prejuicio. Con el mismo tono crítico de obras semejantes (la influencia de la saga de X Men de los autores Stan Lee y Jack Kirby es indudable) “Shape of Water” analiza la exclusión, el miedo y la discriminación con una inteligente elegancia que se agradece. No sólo utiliza la figura del monstruo como metáfora directa sino a sus magníficos personajes secundarios para crear un ambiente creíble sobre la segregación y el rechazo. La adorable Octavia Spencer reflexiona sobre la cualidad del sufrimiento del marginado: su personaje es la glorificación sincera del horror del racismo, contado entre líneas en clave de cuentos de hadas. Por su lado, el Richard Strickland de Michael Shannon, insiste en un sentido enloquecido y desalmado de la normalidad. Entre todos, el miedo y la abrumadora noción sobre la discriminación se convierte en un duelo silencioso, nunca evidente y quizás el aspecto más poderoso del guión.

Lo que sorprende de “Shape of Water” es su combinación de códigos visuales con nociones de Ciencia Ficción pura y dura. Ambos extremos se completan entre sí y crean algo de magnífica belleza. El amor de Del Toro por los clásicos cinematográficos y la literatura gótica es más evidente que nunca en esta pequeña joya de silencios pausados y que sorprende por su franqueza, carente de cualquier cinismo. Para Del Toro, todos los referentes parecen mezclarse en una idea clara sobre el amor, la redención y el poder de los sentimientos. Además, Del Toro asume la labor de crear una correlación evidente entre los orígenes del monstruo cinematógrafo — el evidente parecido y paralelismo con la película “El monstruo de la laguna negra” ( Jack Arnold, 1954) — y sus inquietudes personales, para crear una percepción sobre el verdadero monstruo que se concibe desde lo moral y lo ético. “La criatura” (así se le llama durante buena parte de la película) no es peligrosa ni tampoco agresiva, a diferencia de sus captores, cuya violencia se muestra descarnada y temible. De hecho, la violencia se muestra bajo un lustre profundamente moderno, normalizada bajo lo cotidiana y construida bajo una determinada justificación abstracta y peligrosa. El personaje de Michael Shannon no es sólo una mirada sobre el poder y sus perversiones, sino también el dolor inquietante que se esconde sobre las múltiples maneras en que la ejerce.

Del Toro crea un cuento de Hadas moderno y lo lleva a extremos de asombrosa ternura, complejidad y también, una delicada perversidad que sorprende por su pureza. El romance entre la Dama muda y el Monstruo se mira desde la perspectiva de lo verídico y lo hace también, desde cierta decadencia triste que evade cualquier explicación simple. De la misma manera que los Dioses que cambian de forma, los sapos de la cultura popular que besan princesas y las criaturas misteriosas que despiertan el amor en delicadas princesas, los personajes de Del Toro están llenos de inocencia y buena voluntad. La contemplativa mirada del director sobre sus dolores y vicisitudes, actúa como un lento catalizador de una expresión del romance que rebasa cualquier mirada tradicional. De la misma manera que en la mayoría de las mitologías antiguas, El monstruo y la Dama de Del Toro aspiran al amor como una fuerza que les identifica, les reconoce y les confiere poder como símbolo. Una preciosa precisión que el director deja claro con enorme frecuencia dentro de la trama.

No obstante, lo más asombroso en la historia de Del Toro, no es su atípico romance, sino el poder con que la historia sustenta una fábula de amplias miras que medita con paciencia y buen pulso sobre temas Universales. En “Shape of Water” el amor está en todas partes, se crea a sí mismo, se sostiene como un perfecto mecanismo, entre una extrañísima y exquisita versión de la realidad y algo más puro, que supera la amarga conciencia sobre la mezquindad humana, que la película muestra como el verdadero enemigo a vencer.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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