La suerte extraordinaria de Néstor Luis González

Por Néstor Luis González el 30/07/2018

Soñé que mi suerte se acabaría cuando escribiera esto. Pero no importa. Siempre es más grande el placer de contar una historia, y esta la tengo atragantada desde hace años.

Antes de una rueda de prensa en 2004 varios colegas periodistas se me acercaron a felicitarme irónicamente por el celular que me iba a ganar diez minutos más tarde. Era el primer teléfono inteligente que Movilnet presentaba en Venezuela. Les pregunté por qué estaban tan seguros de que yo iba a ganar si eran al menos 30 participantes. Me vieron con cara de burla y uno de ellos me dijo: “Néstor, siempre ganas”.
Me gané el teléfono y recuerdo que era como una nave espacial en comparación con el Nokia que yo tenía.

La verdad es que hasta ese entonces yo no había notado lo obvio: siempre ganaba, y por notarlo no dejó de ocurrir. Seguí ganando en cada sorteo y en cada juego de azar en el que participé. He ganado premios sensacionales y otros realmente estúpidos como lámparas decorativas o zarcillos. Creo que de los 20 celulares que habré tenido en mi vida, al menos cuatro me los gané en rifas o por elegir un número para ayudar a alguien con su graduación.

Cuando el resultado depende de mi talento, puedo ganar o perder; pero cuando solo depende del azar, lo más seguro es que gane.

A veces no gano, pero luego resulta que al ganador lo golpean en la calle para robarle el premio, que el aparato vino malo y hay que gastarle demasiado dinero sin lograr repararlo nunca o que hay un accidente en el viaje para dos personas a Margarita.

En algún momento comencé a sentir vergüenza. Cuando vivía en Puerto La Cruz, mi casa parecía la guarida de un ladrón de electrodomésticos. Tenía impresoras monocromáticas, aparatos que nunca aprendí a usar, una gaveta llena de boletos a conciertos a los que no fui, prendas de mujer y otro montón de tonterías. Entonces resolví no volver a participar en ningún sorteo de nada hasta que me encontrara con un premio que realmente valiera la pena. Sin embargo, por extraños motivos que no busco comprender, seguí ganando.

Dos veces me pasó que alguien se tenía que ir de una fiesta, me dejó su número y gané. Luego, como en 2006, Hewlett-Packard patrocinó un campeonato de golf y rifó premios entre los golfistas al final del día. Yo me sentía a salvo porque estaba allí como reportero y no había manera de entrar en el juego, pero por otro extraño azar dijeron mi nombre. Traté de explicar que era un error, que yo no era golfista, que acababa de llegar y que sencillamente no iba a aceptar el premio, pero la gente comenzó a aplaudir, fui obligado a subir al escenario y mi foto terminó figurando en un periódico local.

Una vez fui a jugar caballos y me llenaron la cabeza de argumentos para apostarle a uno llamado Alighieri. Pero resolví dejarlo al azar, cerré los ojos y comencé a mover el dedo sobre la Gaceta Hípica. Mi dedo eligió un buen nombre: Jesús Ángel, que 15 minutos después ganaría galopando su primera y única carrera.

Nunca he comprado un boleto de lotería ni lo voy a hacer porque creo que mi suerte solo sirve para cosas divertidas y no para cambiarme la vida, pero cuando era niño quise jugar un triple porque me parecían interesantes todos los cálculos que mi abuela hacía para elegir sus números. Llegué al quiosco sin saber qué número jugar y dije el 073 porque lo vi anotado en la pared. “Ese salió ayer”, me dijo la señora. Pregunté si no lo podía jugar y con cara de reproche me dijo que sí. Lo jugué y al día siguiente tenía más chucherías de las que un niño podía comer.

No soy muy bueno para los juegos de mesa, pero tengo amigos que me piden lanzar los dados con la zurda porque dicen que algún tipo de trampa hago para que tantas veces saque doble seis cuando los lanzo con la derecha. Pregúntenle a Nils Dávila.

Ahora que nombro a Nils, recuerdo que un día estábamos en La Pascua y le dije que nos fuéramos a una discoteca esa misma noche en Puerto La Cruz. Como no teníamos dinero, fuimos al casino, le metí un billete de 20 a la maquinita y nos ganamos 100 bolívares para completar trescientos con otros 100 que me dio mi papá y 100 que tenía Nils.

Cuando iba a los casinos casi siempre ganaba pequeñas cantidades en las máquinas tragamonedas. Al respecto, alguien me dijo una vez: “He visto a muchos tipos buenos en el póker y en el 21, pero es la primera vez que veo a alguien con especial talento para las maquinitas”.
El año pasado participé en una sola rifa y no gané. Se sintió extraño. Pero este año volvió la suerte y los últimos acontecimientos son realmente ridículos.

Se los dije el Día del Trabajador y se los dije el Día del Periodista: “Saquen mi nombre de las rifas porque se ve muy feo que yo vaya a ganarme algo siendo el editor del medio y además el que entrega los premios y se saca la foto con el ganador”. Pero no me pararon bolas. El Día del Trabajador dije antes de comenzar el sorteo: “Si meto la mano y sale mi nombre, gané y punto. Están a tiempo de sacarlo”. Todos se rieron y luego quedaron con la boca abierta cuando el nombre que salió de primero fue el mío”.

Ayer celebramos el Día del Periodista y les dije a todos los trabajadores en voz alta y clara: “Como no quisieron sacar mi nombre, voy a hacer un truco de magia. Elijan a alguien para que meta la mano en el sobre. Apuesto lo que sea a que el primer nombre que va a salir es el mío. No estoy diciendo que voy a ganar. Eso lo sé. Estoy apostando a que mi nombre será el primero en salir”.
Gustavo Brito dijo: “Yo mismo meto la mano, vamos a ver si es verdad”.
Y salió mi nombre.

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