La Mandarina. Por Adolfo Vergara Trujillo

Por redaccionnyl el 01/11/2017

A doña Jóse, mi viejita.

La tía Aristea era ya muy anciana cuando yo nací. Hermana menor de una bisabuela a quien no conocí, se dice que la tía fue criada para servir a los mayores, cuidar a los niños y atender a los enfermos. De semblante severo, celosa de sus costumbres, era ella la autoridad que, entre muchas otras potestades, vestía la ofrenda de Día de muertos.

Mi padre trabajaba y mi madre prefería quedar al margen de lo que disponía la anciana, mientras mis ocho hermanos mayores —cinco mujeres y tres hombres, algunos adolescentes y otros adultos—, afirmaban ya conocer lo que entonces, como niño al cuidado de la tía Aristea, me tocaba vivir.
La tradición, como la concebía la viejita, no se celebraba únicamente los días 1 y 2 de noviembre. El “Ceremonial de los Muertos”, como ella le llamaba, iniciaba el día 28 de octubre cuando, acompañada de un mozo, se iba andando hasta el mercado a comprar flores, carnes, frutas y verduras, cigarros de tabaco oscuro y una pinta de mezcal. Por la tarde, escogía los manteles que se usarían en la ofrenda y montaba la mesa, aún sin retratos ni niveles, mientras la criada desojaba de sus pétalos diez docenas de cempaxúchitl amarillo, necesarios para el camino que guiaría a los muertos desde la puerta de la calle hasta su comida.

Ese día por la tarde, en un plato de barro dispuesto en una esquina de la mesa vestida nomás con los manteles, comenzaba a arder un puñito de incienso de copal, el cual no se apagaría durante los siguientes siete días. Entonces, justo antes de la puesta del sol, la tía Aristea encendía una veladora solitaria justo en el centro de la mesa y a su lado colocaba una flor blanca de cempaxúchitl, la más hermosa que había podido encontrar en todo el mercado.
—Esta luz es para recibir a las ánimas más tristes, esas que vagan sin rumbo porque nunca nadie las conoció —decía la vieja con voz apagada, mientras yo la miraba sentado en un rincón, en silencio, con la condición de no dar guerra si quería conocer su sentido—. Estas ánimas son “los desventurados” del otro mundo y tan sólo buscan un poquito de cariño las pobrecitas…

Al otro día, el 29 de octubre, la vieja dirigía a la criada en la cocina, pegando de gritos cada vez que probaba el mole, y mandaba al mozo al mercado una y otra vez a comprar todo lo que se le había olvidado. Ya por la tarde, justo antes del anochecer, se acercaba a la ofrenda y encendía otra veladora, la colocaba a la derecha de la que ya llevaba un día ardiendo y ofrendaba un vaso de agua.

—Esta vela y esta agua es para los difuntos de los que nadie se acuerda, porque todos los que los conocieron ya se murieron también —explicaba la tía Aristea sin mirarme, ocupada en limpiar retratos y fotografías viejas de sus muertos—. Mis mayores decían que estas son las ánimas que más se cansan, porque nomás andan buscando a los suyos… ¡Pero ven para acá! ¡Párate junto a mí! Vamos a rezarles un padrenuestro…

El 30 de octubre la anciana se tranquilizaba un poco porque, para ese día, usualmente, casi todo estaba listo. Así, después de la comida, con su cigarro nomás humeándole los dedos, me preguntaba:

—¿Quieres un biscocho?

La tía Aristea, tapándose el aire con su rebozo, me tomaba de la mano y me llevaba bien sujeto todo el camino hasta la panadería, me dejaba escoger mi pan de dulce y luego, antes de salir, se acercaba a los bolillos y elegía uno solo, el más grande, el más gordo y dorado.

De regreso en casa, me sentaba en el rincón y, mientras me comía mi biscocho, se acercaba a la mesa de la ofrenda con el bolillo en la mano, lo colocaba a la izquierda de la veladora que ya llevaba dos días ardiendo, encendía la tercera y colocaba un segundo vaso de agua.

—Hoy nos vamos a acordar de todas esas ánimas que se murieron sin comer o que se fueron en alguna desgracia. Y es que a veces, en estas fechas, les regresa el hambre o el dolor del golpe del que murieron y eso las desorienta camino a su casa. Pobrecitas… ¡A ver muchacha! —le gritaba la vieja a la criada de pronto— ¡Arregla ese camino de pétalos! ¡Que quede bien hecho desde la calle!

El cuarto día, el 31 de octubre, regresábamos a la panadería y repetíamos la rutina del biscocho y del bolillo. Ya en casa, me sentaba en mi rincón y la tía Aristea encendía la cuarta veladora, que colocaba justo detrás de la primera, servía el tercer vaso de agua, disponía el segundo bolillo y, para coronar ese día, elegía la mandarina más grande y madura del cesto que sostenía la criada a su lado. Y así, de pie, con sus propias manos, pelaba la mandarina y la acomodaba en gajos en un platito floreado, para ofrendarla en la mesa casi con devoción.

—Mira, esta lucecita es para las ánimas de las que se acordaba mi abuela y la abuela de mi abuela; es para los más viejitos del otro mundo. Ellos ya no tienen dientes y nomás pueden chupar la fruta tierna…

La tarde de ese día la tía Aristea no rezaba, al menos no en voz alta; y tampoco me hacia rezar junto a ella; permanecía en silencio, como si esa tarde fuera para ella y sus recuerdos. Luego de un rato, me miraba con mucha dulzura y, casi en secreto, me decía:

—Cuando me muera te acuerdas de ponerme mi mandarina, ¿eh? No se te vaya a olvidar…

El primero de noviembre amanecía desde temprano para la tía Aristea, que empezaba a pegar de gritos en la cocina, mientras la criada y el mozo corrían de un lado a otro, como ratones huyendo de la escoba. Con todas las lumbres encendidas, hirviendo los dulces de fruta para la ofrenda, no se me permitía acercarme por la cocina en todo el día.

Caída la tarde, con el camino de flores perfectamente definido, la tía Aristea acomodaba los retratos de algunos niños y, con sumo cuidado, adornaba la mesa: las mieles de piña, guayaba, naranja y calabaza comenzaban a colorear la ofrenda, mientras los mazapanes partidos se oreaban junto al chocolate caliente, aromas que se esparcían en la casa entera.

—Hoy recordamos a los niños muertos: a los bebés que murieron sin mancha y hasta a los chamacos traviesos pero que no alcanzaron a pecar. Hoy es el Día de

Todos los Santos. A mí se me murió un hermano cuando estaba chiquito, ¿lo sabías? —me dijo la tía Aristea un día primero de noviembre— Se llamaba Ramón y se parecía a ti; mira, ese es su retrato… Yo creo que habrá tenido tu edad cuando se enfermó de viruelas… ¿Ya cuántos años tienes?

Ese día la familia entera —mis padres y hermanos, tíos y primos— se reunía a merendar, no sin antes orar el rosario completo: 40 gentes de pie, siguiendo la pauta del rezo que dictaba la tía Aristea de memoria, sin pausa, sin pifia. Nadie, ni siquiera mi padre, podía retirarse hasta que la anciana se sentaba justo frente a la ofrenda, mirando todo lo dispuesto en la mesa, quizá buscando algo fuera de su lugar.

Al otro día, desde media mañana, la tía Aristea parecía trasladar la cocina entera hasta la mesa de la ofrenda: pollo con mole, arroces de colores, chiles en nogada, caldo de res, cochinita pibil, vasos de pulque y de cerveza, tragos de mezcal y de tequila, cigarros sin filtro, café negro, sal y pimienta, azúcar y mucha agua, cada plato y bebida bien dispuesto justo debajo del retrato de su respectivo muertito.

—Hoy es el mero “Día de Muertos” —me decía—: el Día de los Fieles Difuntos. Hoy nos visitan las ánimas de las personas que conocimos, esas con quienes compartimos la vida. Hoy me visitan mi mamá, mis cinco hermanas y mis seis hermanos. Y más tarde, por su lado, vendrá mi padre. Hoy viene mi prima Alfonsina, con quien jugaba yo de niña. Y la tía Petra, la viejita que me crió; para ella es la manzana que puse ahí, mira…

Esa noche, ya tranquila después del rosario, quizá agotada de tener que recordarlo todo, cada detalle, cada símbolo de la ofrenda o algún momento vivido con cada uno de sus muertos, la tía Aristea se sentaba, alumbrada por toda la luz de docenas de veladoras, encendía su cigarro y hasta entonces se permitía probar el dulce de frutas y tomarse un trago de mezcal.

El día 3 de noviembre la tía Aristea se levantaba tarde y, ya sin prisa, le ordenaba a la criada retirar las veladoras consumidas y, en medio de las que estaban por apagarse, encendía la última luz de la ofrenda.

—¿Y esa veladora, tía, para quién es? —le pregunté alguna vez.
—Esta lucecita es para todos los muertos; con ella los invitamos a que nos visiten de nuevo el año que entra.

Esa tarde se “levantaba” la ofrenda: muchos vecinos nos visitaban y compartían tanta comida y bebida dispuesta en la mesa, mientras mis padres y hermanos visitaban otras casas para hacer lo propio. De esta manera los vecinos compartían con nuestros muertos y nosotros compartíamos con los muertos de los demás.
Ya de noche, a solas y en silencio, la tía Aristea ahogaba del puñito de copal que había ardido sin pausa durante siete días.

El hilito de humo se desvanecía.

En mi vida he visto muchas ofrendas de Día de muertos, algunas muy grandes y coloridas; otras pequeñas, casi simbólicas, pero nunca miré de nuevo un ceremonial de siete días como el de la tía Aristea.

La ofrenda de mi casa, a mis 42 años, ciertamente, luce austera, pero me gusta creer que mantiene su sentido. Nunca falta, al menos, una mandarina.

Adolfo Vergara Trujillo

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