La insolencia de tratar de tener una cédula en Venezuela

Por Néstor Luis González el 20/11/2017

No tengo cédula de identidad ni pasaporte vigente. Extravié ambos documentos porque he logrado conservar el derecho inalienable de ser un desastre. La cédula debe estar en alguna licorería en la que tuve que pagar con débito. El pasaporte me gusta imaginarlo colgando detrás de la puerta del cuarto de alguna psicópata enamorada de mí.

Todo el mundo tiene derecho a extraviar cosas. De eso trata gran parte de la vida. Pero soy venezolano y desde julio ando tratando de tener un papel que diga que yo soy quien digo ser.

A principios de febrero fue cuando tuve tiempo de ocuparme de lo de la cédula. Lo primero que hice fue preguntar en el trabajo. Me dijeron que en el Parque Francisco de Miranda hay un módulo fijo del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), y me fui a las 9:30 de la mañana de un martes.

Cédula en Venezuela. Primer intento

No se pudo. Los funcionarios me explicaron muy gentilmente que debía ir mucho más temprano porque cada día se reparte un número limitado de números. Ok. Vuelvo otro día, dije. El detalle es que uno anda tratando de sobrevivir y ese otro día siempre se convierte en dentro de 15 días al menos. Eso sí, los que estaban en la fila me dijeron que debía llegar a las 5:00 am para tener suerte.

Segundo Intento

Al fin saco tiempo. No pude llegar a las 5:00 porque el Metro abre a las 5:30 en Bello Monte (no sé por qué). Pero llegar a las 6:00 me parecía chévere. Hay cuarenta personas delante de mí. No tantas. Esperamos. Llegan los funcionarios a las 8:30. Pasa el tiempo. 9:00, 9:30, 10:00… No hay sistema, vuelvan mañana. Mala suerte.

Tercer intento

Duermo en la oficina haciendo un trabajo para Nalgas y Libros, me voy caminando al Parque Miranda, llego a las 4:45 y espero que abran. Soy el noveno de la fila. Comienzo a leer un libro y estoy decidido a sacarme la cédula. Nada puede evitarlo. Llueve. No me voy. 9:00 am. No hay línea.

Cuarto Intento

El mundo es un lugar frío y viscoso. Pero yo soy optimista. Debo tomar un vuelo a Punto Fijo de emergencia y solo tengo un pasaporte vencido. Llamé a la Aerolínea y me dijeron que necesitaba la cédula o el pasaporte vigente para viajar con ellos. Me quedan 24 horas y voy a intentarlo por última vez porque en serio esto es urgente.

Lo más temprano que pude llegar fue a las 7:10 y sabía que a las 11:30 tenía que ir a buscar a mi hija al colegio. A las 10:30 ya estaba debajo del toldo frente al trailer donde atienden. Nunca había estado tan cerca. La gente intenta colearse y yo peleo por mis derechos como un buen patriota. Las señoras me apoyan y me siento importante, un líder civil. Algo pasa, una joven y amable funcionaria dice que las tres luces están encendidas y que eso demuestra que el problema no es de ellos sino de afuera. No sé qué significa nada de eso, pero estoy harto.

Hay unos muchachos jugando fútbol frente al operativo y yo mando todo a la mierda. Meto mi maletín en uno de los arcos, me arremango los pantalones, me quito la camisa y pido chance para jugar. Ese día metí tres goles y luego me fui feliz a buscar a mi hija.

No culpo al sistema ni a nadie. El insolente soy yo, que pretendía tener cédula en un país donde la gente ni siquiera come. Si no hay derecho a la alimentación, qué coño hacía yo pensando en el derecho a la identificación.

Postdata: En el aeropuerto no me dijeron nada por mi pasaporte vencido y pude irme Punto Fijo feliz de la vida.

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