La importancia de las drogas para escribir literatura. Por Francisco Umbral

Por redaccionnyl el 27/11/2018

Han sido muchos los escritores que han insistido en la importancia de las drogas para escribir literatura. Tantos que parece difícil pensar en que no sea verdad el efecto positivo.

El siguiente artículo corresponde a la entrada de la palabra «Whisky (el)» en el «Diccionario de literatura. España, 1941-1995. De la posguerra a la posmodernidad», escrito por Francisco Umbral y publicado en 1995.

Whisky (Diccionario de literatura)

Rubén Darío distinguía entre poetas secos y húmedos. Generalmente le gustaban más los húmedos, como él.

La aleación droga/literatura viene del Romanticismo, aunque Homero habla demasiado del vino como para no ser sospechoso. Los románticos tomaban ajenjo, opio y otras medicinas. Balzac se remediaba con cincuenta cafés diarios. De los whiskies de Aldecoa ya se ha hablado en este diccionario. Yo he escrito con anfetaminas y fenobarbital casi toda mi obra, más la sedación del valium. Azorín, que era agüista, deja una obra sequiza y pobre. El diazepam es bueno para los nervios y el fenobarbital para la inspiración, porque la inspiración es química, contra todo tópico romántico.

En esto son maestros los norteamericanos. Hemingway y el whisky. Tennessee Williams y e seconal, que le serviría asimismo para suicidarse. Una vez que vio a su novio escribir con esta aleación le dijo:

-Vas a escribir en seco. Esto se deja para después de los cincuenta, cuando ya no te va a dar tiempo de ser adicto a nada. Uno se muere.

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TW el seconal se lo tomaba con martini. Cela empezó con vino tiento con sifón. Luego pasaría al whisky, quizá en «Mistress Caldwell habla con su hijo». El ser humano se ha drogado siempre, de una manera u otra, para ser más él, no para salir de sí mismo, como se ha dicho. El alcohol, que es de lo que aquí estamos hablando, no se lleva al individuo lejos de sí, no lo atenúa, sino que le desciende a sus infiernos interiores. El alcohol es el estado poético del que no es poeta. En cuanto al poeta, al escritor, al artista, el alcohol mata en él al hombre cotidiano, al ser prosaico, le deja desnudo, descalzo, en contacto con todas las corrientes y mareas de la tierra, y de ahí nace una prosa o una poesía ignorada, indecible, mejor.

Claro que las ideas y las metáforas no están en la botella, sino en la cabeza, y puede que en el hígado y los testículos. Lo que hace el whisky es quemar la corteza de convencionalismos, costumbres, usos, rutinas y frases hechas que nos visten. El whisky quema nuestra ropa vieja y burguesa y quema también la apariencia noble y notarial del idioma, para que alumbre otro idioma más intenso, vivo y sabio.

Hasta don Marcelino Menéndez Pelayo hacía sus erudiciones con vino. El que se emborracha es el idioma.

Quizá el alcohol actúa más sobre el idioma que sobre el escritor. Enriquece las palabras y las pone en comunicación insospechada, unas con otras, de manera alucinatoria y muy racional al mismo tiempo. El poeta Claudio Rodríguez, autor de «Don de la ebriedad», es fama que escribe siempre muy sobrio. Claro que los libertarios de la palabra, los surrealistas, consideraban inútil y deshonroso lo conseguido mediante cualquier droga o estimulante. Su ejercicio consistía en liberar la mente, en abandonarla al azar de su propia combinatoria, sin enviscarla mediante recursos externos. Y así consiguieron asociaciones y visiones de un irracionalismo lúcido que no se vuelto a dar.

El organismo está dotado de sus propios estupefacientes, y no hay más que dejarlos fluir. La maquinaria mental (que es todo el cuerpo), asociada a la maquinaria del lenguaje, basta para producir todo el pensamiento, todo el lirismo y toda la hermosa locura de la especie.

El alcohol, pues, no es sino una simplificación del proceso, una abreviación del trámite necesario para que el proceso se ponga en marcha. En el whisky hay más calorías que metáforas, pero las metáforas del whisky siguen fascinándonos como imágenes y fluentes.

Hemos citado el café. Citemos un posible epitafio de Balzac que él mismo se hizo: «Vivió y murió de cincuenta mil tazas de café».

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