La fiesta de la insignificancia. Por Juan Carlos Sosa Azpúrua

Por redaccionnyl el 12/04/2018

En “La cultura popular en la Edad Media y el renacimiento. El contexto de François Rabelais”, Mijaíl Bajtín reflexionó sobre lo que él llamó “la cultura popular de la risa”. Al ser “patrimonio del pueblo, las prácticas de libertad forman parte de una cultura popular milenaria. Éstas transmutaron en prácticas discursivas, como Gargantúa y Pantagruel de F. Rabelais, objeto de estudio de Bajtín. Así, las manifestaciones discursivas carnavalescas de la cultura popular pasaron a formar parte de la literatura, pulverizando, según Bajtín, las fronteras entre literaturas oficiales y no oficiales, fronteras que delimitaban los sectores claves de la ideología, como las instituciones educativas.

Lo carnavalesco es aquello que se aparta de la tradición y el desarrollo cultural dominante en una sociedad, para burlarse de las instituciones, estructuras y acciones que esta cultura propone.

Entre sus características tenemos:

 

  1. Contacto libre entre las personas. Romper con estratos, jerarquías sociales, edades, relaciones familiares, buscando elementos comunes de origen cultural.

 

  1. Ser excéntricos: La excentricidad permite romper los parámetros del comportamiento “normal”. Exagerar y mostrar comportamientos extraños o inusuales frente a los paradigmas culturales, une a las personas y genera esa idea de carnaval.

 

  1. Paradigmas rotos: Una vez que se rompen los paradigmas culturales de lo “bueno” y lo “malo”, se acaban este tipo de juicios parciales, y son los miembros del carnaval quienes deben juzgar por sí mismos lo que es bueno y malo.

 

  1. La profanación: En toda cultura existe algo que se considera sagrado, la carnavalización

juega con los elementos sagrados de la sociedad, (como la religión católica, por ejemplo) y los profana,             quitándoles ese estado de santidad y ese status especial para la comunidad.

“La carnavalización anula las distancias entre las clases sociales, es un homogeneizante de clases. El exceso, la desmesura y la excentricidad desplazan los valores que han sido socialmente idealizados haciendo que lo corpóreo cobre sentido y exista una comunión con lo que se considera inmoral. En el universo carnavalesco, todo está constituido en la base de la exageración, la desmesura y se sostiene en los excesos del cuerpo, tales como la vestimenta, la alimentación, la bebida, el sexo y el lenguaje que otorgan un nuevo sentido a la constitución del mundo”[1].

Afirma Bajtín que “la categoría de la cultura no oficial, aquella que se aparta del ser y hacer de la ideología dominante, para hacer escarnio y burla de sus rígidas estructuras organizacionales, subvierte el mundo social jerarquizado, para convertirlo en el mundo al revés, en donde se ridiculiza las figuras autoritarias a través de personajes paródicos que cumplen una función, en un medio festivo e irreverente, que anula la imagen y las acciones que representan.”[2]

La fiesta de la insignificancia

Así se titula la más reciente obra del escritor checo – francés, Milán Kundera, que pasamos a analizar bajo la luz de estas nociones de lo “carnavalesco”, teniendo como fundamento la teoría de Bajtín.

A partir de la portada de su libro, dibujada por él mismo, Kundera ya nos sugiere una acción de rebeldía. Transmite un símbolo poderoso. Aparece un rostro asexuado, con aires cubistas, una imagen de alguien que se desdibuja voluntariamente, se arranca un ojo y parece divertirse con éste, dejándolo flotar, como una pluma. Es una figura deshaciéndose, evaporándose, que quizás entendió que todos al final somos insignificantes.

La historia es breve, pero condensa un universo propio. Las reflexiones sobre los problemas más graves de la existencia se van desmenuzando a partir del núcleo de su esencia, que no es otra que el absurdo de la vida, la sensación perenne de que las expectativas individuales y lo que ofrece la sociedad, con su reino humano tan complejo y abundante en contradicciones, son piezas que no calzan.

La narración es ya una fiesta, donde Kundera el escritor se cuela entre los personajes, y muchas veces nos habla directamente a nosotros, sus lectores.  Se divierte con el lenguaje. Su técnica narrativa da giros continuamente, a veces la novela parece un diario, otras veces simplemente una reflexión del autor, y siempre una travesura, un juego donde es obvio que todo al final no es más que una broma.

El libro comienza con un personaje llamado Alain, entreteniéndose con los ombligos de las chicas que pasean por una calle de París.  “Estaba arrobado; arrobado e incluso trastornado: como si el poder de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo”.  Continúa con una descripción de las diversas partes anatómicas de las mujeres y cómo las mismas son las diversas vías que conducen a la plenitud del deseo erótico.  “Tendrá el ángel un ombligo? (…) Para mí Eva es un ángel, la primera mujer. No nació de vientre alguno, y sí de un capricho del creador. De ella, de su vulva, de la vulva de una mujer sin ombligo, es de donde procede el primer cordón umbilical. Si creyera en la Biblia, de ella también salieron otros cordones, un hombrecito una mujercita atada a cada uno de ellos” (…) y todos arraigados “en la vulva de una única mujer, de la primera mujer, de la pobre Eva sin ombligo”.

La transgresión de Kundera se hace visible a partir de la segunda página, cuando el escritor profana un símbolo sagrado, humanizándolo, asociando la imagen de la Virgen María amamantando a Jesús con “el sexo masculino arrodillado ante la noble misión del sexo femenino”.

A partir de este guiño tremendista, la novela nos introduce en su fiesta carnavalesca. Progresivamente se subvierte el orden de todas las nociones convencionales sobre religión, la enfermedad, los mecanismos de seducción, identidades nacionales, la intelectualidad, la bondad (¿Y sabes cuál es el origen de tu idiotez? ¡Tu bondad! ¡Tu ridícula bondad!”) y los artificios sociales: estereotipos y prejuicios; la fama; los íconos políticos, artísticos y eróticos; la culpa; la vida y la muerte.

El carnaval que nos ofrece Kundera se erige sobre un contexto oportuno: El jardín de Luxemburgo, donde se levantan estatuas a los ídolos: reinas, poetas, pintores y sabios; mientras un adolescente bronceado, “desnudo debajo de su pantalón corto”, vende a los transeúntes las máscaras que reproducen caras de Balzac, Berlioz, Hugo o Dumas.  Comienza así la fiesta de la insignificancia, en el jardín donde los ídolos son de mármol y se reproducen con máscaras divertidas. Lo burlesco invade los rostros de las leyendas consagradas.

Conocemos entonces a Ramón, el hombre que tiene meses deseando ver una exposición de Chagall, pero nunca satisface su deseo. La fila para entrar al museo lo disuade. “¿Crees realmente que, de repente, se han puesto todos a admirar a Chagall? Están dispuestos a ir a cualquier parte, a hacer lo que sea, tan sólo para matar el tiempo con el que no saben qué hacer. No conocen nada, de modo que se dejan llevar. Son magníficamente llevables”.

Ramón se topa con un antiguo colega, D’Ardelo. que viene feliz. Acaba de recibir de su médico la buena noticia que disipó una prolongada angustia de padecer cáncer.  El encuentro de estos dos colegas aviva uno de los rasgos humanos fundamentales que expone Kundera, con la irónica crudeza que es su sello de marca: la artificialidad de las relaciones sociales, esas mentiras que se disfrazan de sonrisas y palabras amables.

D’Ardelo desprecia a Ramón. Le considera un ser nulo, inferior e irrelevante. Esos sentimientos logran producir una simpatía tan falsa como el cuento del que se vale para lograr empatía. D’Ardelo le dice a Ramón que sí está enfermo de cáncer y que desea realizar una fiesta de cumpleaños, que también servirá para celebrar la muerte.

Seguidamente, Ramón visita a su amigo Charles – un experto en cócteles –  y le insta para que sea él quien atienda la fiesta de D’Ardelo.  Kundera introduce un nuevo elemento a ridiculizar, inyecta su dosis carnavalesca. Charles habla de “Calibán”, su amigo actor, desempleado, al que él ayuda contratándolo como mesonero. Siendo esos eventos sociales tan aburridos, Charles y “Calibán” se idearon un juego que disipa el tedio. Perpetran un engaño inocente, burlándose silenciosamente de los estirados anfitriones y sus invitados. La parodia aquí se despliega sobre los estereotipos sociales, y lo invisible que pueden ser los humanos cuando no son del interés de quienes se creen superiores.

El escenario de la fiesta de D’Ardelo es la ocasión perfecta para que Kundera ataque – parodiándola – a la xenofobia, y el sentimiento de soledad y extrañeza que embarga a quienes se ven obligados a vivir en tierras ajenas. “Calibán” simula ser pakistaní, inventándose unos sonidos raros. Esta “lengua” inventada, tiene como efecto colateral el hecho de animar la comunicación con una sirvienta portuguesa. Al oír el “pakistaní” de “Calibán”, se siente confiada para hablar en su idioma autóctono, porque “la comunicación en dos lenguas incomprensibles para los dos los acercó el uno al otro”.

En algún momento, Ramón le dice a “Calibán”: “Te felicito amigo, por tu espléndido alarde lingüístico. Pero en lugar de alegrarme, has vuelto a hundirme en mi tristeza (…) Charles y tú habéis inventado la farsa de la lengua pakistaní para divertiros durante los cócteles mundanos en los que no sois más que lacayos de los esnobs. El placer de la mistificación debía protegeros. Ésa fue de hecho nuestra estrategia, la de todos nosotros. Comprendimos desde hace mucho que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia adelante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio. Pero me doy cuenta de que nuestras gracias ya perdieron todo su poder. Te esfuerzas por hablar pakistaní para alegrarte. Pero es en vano. Sólo sientes cansancio y tedio”.

Luego Ramón observa que “Calibán” está nervioso, porque le asusta que algún invitado le escuche hablando francés, y le dice: “Pero ¡en efecto! Si un esclavo de la verdad descubre que eres francés, pues claro, terminarás siendo sospechoso! ¡Pensará que, sin duda, alguna razón tendrás para ocultar tu identidad! ¡Avisará a la policía! ¡Te interrogarán! Explicarás que tu pakistaní era una broma. Se reirán: ¡Vaya coartada más tonta! Seguro que preparabas un golpe. ¡Te pondrán las esposas! (…) Las bromas se han vuelto peligrosas. Era una escena profética. Anunciaba realmente un tiempo nuevo. ¡El crepúsculo de las bromas! ¡La era de la post broma! (…) ¡Ah, el buen humor! ¿Nunca has leído a Hegel? Claro que no. No sabes siquiera quién es. Pero nuestro maestro, que nos ha inventado a todos, me obligó antaño a estudiarlo. En su reflexión sobre lo cómico, Hegel dice que el verdadero humor es impensable sin el infinito buen humor, escúchalo bien, eso es lo que dice literalmente: infinito buen humor; ¡unendliche Wohlgemuhheit!  No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella”.

Kundera se ríe y aprovecha este contexto social para desnudar la frivolidad de las apariencias y reflexionar sobre la naturaleza de la seducción.  El autor nos habla del valor de la insignificancia, de la inutilidad de pasar por brillante, queriendo deslumbrar a la mujer con un verbo salpicado de ingenio.

Le explica Ramón a Charles: “Cuando un tipo brillante intenta seducir a una mujer, ésta tiene la impresión de entrar en una competición. Ella también se siente obligada a deslumbrar. A no entregarse sin resistencia. Mientras que la insignificancia la libera. La descarga de precauciones. No exige ninguna agudeza. La despreocupa y, por tanto, la hace más fácilmente accesible”.

Y Ramón pasa a aclarar la diferencia entre un Narciso y un Orgulloso, ambos tan esforzados por seducir que terminan siendo un chiste: “Con D’Ardelo no tratarás con un ser insignificante, sino con un Narciso. Y cuidado con el sentido exacto de la palabra. Un Narciso no es un orgulloso. El orgulloso desprecia a los demás. Los subestima. El Narciso los sobrestima, porque observa su propia imagen en los ojos de los demás y desea embellecerla. De modo que cuida muy amablemente todos esos espejos”.

Concluye refiriéndose al “cáncer” de D’Ardelo: “Me conmovió la manera en que me habló…muy lacónico, casi púdico…, sin exhibir pathos alguno, sin narcisismo. Y, de pronto, quizás por primera vez, sentí por ese cretino auténtica simpatía…una auténtica simpatía…”

Obsérvese la aliteración que hace Kundera para ponerle énfasis a la palabra “auténtica”, generando así una ironía que es triste.  Ramón se mostró por vez primera sincero, pero a partir de la falsedad, de una burla que ignoraba le estaba haciendo su interlocutor, la mentira de una enfermedad inexistente.

Este carnaval que es La fiesta de la insignificancia hace cumbre con dos elementos que Kundera domina como un malabarista del Cirque du Soleil: el derrumbe icónico de los personajes históricos y la muerte.

Sabemos que el escritor tuvo que exilarse de su tierra – la otrora Checoslovaquia – porque estaba asfixiado por el comunismo. Toda su obra literaria es una metáfora contestataria, la denuncia desgarrada y dolorosa a los sistemas totalitarios y sus terribles efectos en los hombres.  Y nada mejor que la parodia para expresar su frustración, el humor para soportar la desgracia.

La fiesta de la insignificancia no es una excepción. Al contrario, constituye una síntesis emblemática de la extensa carrera de Kundera como virtuoso de las letras.  En esta obra, lo carnavalesco se eleva hasta el infinito, transformando lo serio en burla, en un teatro de risas que convierte a los ídolos en caricaturas; y a la muerte, en una parodia de sí misma. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella.

Para hacerlo, Kundera pone a Charles a imaginarse un teatro donde Stalin y Jrushchov – esos dos íconos del poder supremo y la maldad-  son simples marionetas, muñecos de un escenario teatral a los que se le pueden inventar todo tipo de historias. Charles le dice a Ramón: “El tiempo corre. Gracias a él, primero vivimos, lo cual quiere decir que ya hemos sido acusados y juzgados por la gente. Luego morimos y permanecemos aún unos años entre los que nos han conocido, pero muy pronto se produce otro cambio: los muertos pasan a ser muertos viejos, de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen en la nada; tan sólo unos cuantos, muy muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un solo recuerdo real, pasan a ser marionetas (…) porque sería un engaño si esa historia de Stalin y Jrushchov la representaran seres humanos. Nadie tiene el derecho de simular la restitución de una existencia humana que ha dejado de ser. Nadie tiene el derecho de crear a un hombre a partir de una marioneta”.

¿Y de qué se trata la historia de Stalin y Jrushchov a la que Charles hace referencia? De una anécdota: Stalin con el oído pegado a la puerta de un baño, escuchando cómo sus principales operadores, entre ellos Jrushchov, despotricaban y se burlaban de él mientras “meaban” en unos “urinarios de cerámica en forma de concha, muy emperifollados y adornados con motivos florales”.  “¿Y dónde meaba Stalin?”, pregunta Ramón a su amigo; y éste le contesta: “En un reservado solitario, al otro lado del edificio; y como meaba solo, nunca con sus colaboradores, éstos se sentían divinamente libres en sus urinarios y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe”.

Kundera no baja la guardia a la hora de parodiar. Cuando desea ilustrar lo ridículo que es tomarse tan en serio eso de ser importante, trascendente, un personaje histórico, el escritor lleva sus ideas al paroxismo.  No solo se burla de Stalin, desea también mostrar su intrascendencia. El paso de los años va borrando la memoria y la figura del hombre, en su pedestal de gloria, se desvanece cual castillo de arena devorado por las aguas.

Stalin se difumina con el tiempo, su recuerdo se aleja, llegando a transformarse en un simple cazador de perdices ante los ojos de una veinteañera. “Calibán” se lamenta con Alain: “Me encontré con tu amiga Madeleine. Le conté la historia de las perdices (una anécdota de Stalin cazando aves en los bosques) ¡y se la tomó como una anécdota incomprensible sobre un cazador! Tal vez había oído hablar de Stalin, pero no entendía por qué un cazador debía llevar ese apellido…” A lo que Alain contesta: “Es que ella tiene tan solo veinte años”.

Y para rematar su parodia del ícono soviético, Kundera nos cuenta una anécdota adicional, donde aprovecha también para carnavalizar la imagen de otro “dios”: Inmanuel Kant.

Sabemos que la palabra “estética” es una derivación del término griego “aisthesis”, que significa “sensibilidad”. Para Aristóteles lo bello y lo bueno combinados materializaban en el plano real la idea de la perfección. Pero entonces vino Kant y separó ambos conceptos. En su “Crítica del juicio”, Kant separa la estética de la valoración moral, afirma que lo bello y lo moral son dos categorías diferentes; y en su “Crítica de la razón pura” ya había establecido que el espacio y el tiempo son los elementos que determinan el plano de lo sensible.  Intuyo que estas afirmaciones de Kant de alguna forma irritan a Kundera. Si lo bello puede ser algo separado de la moral, entonces nadie mejor que Stalin para ridiculizar dicha noción.

Nuestro anfitrión en esta fiesta de lo insignificante, aprovecha las anécdotas sobre el líder soviético para colocar a Kant en el centro mismo de su carnaval.  Se refiere a la historia del cambio de nombre de la capital de Prusia – Königsberg– a Kaliningrado. Stalin decide rebautizar a la célebre ciudad donde nació Kant, para homenajear a Kalinin, un hombre que se “meaba” en los pantalones, porque su próstata no tenía la fortaleza necesaria para resistir los impulsos de la naturaleza. Y al que Stalin le gustaba someter al suplicio de su verborrea, hasta que el pobre infeliz cambiaba de tez cuando, tras lo que sería un genuino suplicio, terminaba aliviándose allí mismo, sentado frente a él.

“Pase lo que pase, ¡Kaliningrado siempre será Kaliningrado! (…) Como debe ser. Me alegra saber que el nombre de Kant permanecerá para siempre vinculado al tuyo – contesta Stalin cada vez más divertido -. Porque, como sabes, Kant se lo merece plenamente.” (…) “¿Cómo comprender, pues, que Stalin eligiera el nombre de alguien tan nulo? ¿Qué tomara una decisión tan evidentemente tonta? A eso sólo pueden atribuirse motivos íntimos y secretos. Y los conocemos: ha pensado con ternura en el hombre que sufrió por él, ante sus ojos, y quiere agradecerle su fidelidad, darle una alegría por su entrega. (…) Siente la maliciosa satisfacción de ser, entre todos los presidentes y reyes, el único en poder de mandar a la mierda la seriedad de los grandes gestos políticos cínicamente calculados, el único que puede permitirse tomar una decisión absolutamente personal, caprichosa, irracional, espléndidamente extraña, soberbiamente absurda. (…) Padecer por no ensuciar el pantalón…Ser mártir de la propia limpieza…Luchar contra la orina da señales de vida, que avanza, que amenaza, que ataca, que mata… ¿Habrá otro hecho más prosaico y más humano? Me importa un bledo los llamados grandes hombres cuyos nombres coronan nuestras calles. Se volvieron célebres gracias a su ambición, su vanidad, sus mentiras, su crueldad. Kalinin es el único cuyo nombre permanecerá en la memoria como un recuerdo de un sufrimiento que cualquier ser humano ha conocido, como recuerdo de una lucha desesperada que no causó daño a nadie sino a sí mismo”.

Kundera intensifica la parodia, y logra ridiculizar a Stalin a partir de un elegantísimo ejercicio de la más fina ironía carnavalesca. Veamos:  Kalinin, era “un pobre e inocente pelele, quien sin embargo, fue durante mucho tiempo presidente del soviet supremo, o sea, desde el punto de vista del protocolo, el más alto representante del Estado (…) Stalin debía sentir por Kalinin una ternura excepcional (…) Sí, ya sé, ya sé…La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lucifer del siglo, ya lo sé, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamientos, asesinatos, masacres. No lo pongo en duda, muy al contrario, quiero incluso recalcarlo para que aflore con mayor claridad que, frente al inmenso fardo de crueldades con las que él debía cargar y vivir, era imposible que dispusiera de un bagaje igualmente inmenso de compasión. ¡Se habría superado cualquier capacidad humana! (…) Pero, ante Kalinin, en las pequeñas pausas antes de las masacres, en sus dulces momentos de un descanso parlanchín, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un pequeño dolor, un dolor concreto, individual, comprensible. Miraba a su compañero que sufría y, con una suave extrañeza, sentía despertar en él un débil, modesto sentimiento casi desconocido, en todo caso olvidado: el afecto por un hombre que sufre. En su vida feroz, ese momento era como un descanso. La ternura aumentaba en el corazón de Stalin al mismo ritmo que la presión de la orina en la vejiga de Kalinin. Redescubrir un sentimiento que había dejado de sentir desde hacía mucho tiempo era para él de una inexplicable belleza”.

Hemos transcrito un pasaje prolongado de la novela porque consideramos que allí se evidencia elocuentemente la insignificancia de las motivaciones humanas, el recóndito secreto que marca la historia y la disfraza de solemnidad, estatuas y protocolos rimbombantes. Stalin, un sádico que por pura diversión somete a Kalinin a la tortura de aguantarse las ganas de mear, hasta que su vejiga explota. Y entonces, el monstruo se conmueve y bautiza a la capital de Prusia con el nombre del infeliz.  La anécdota es hilarante, ridícula, una sorna deliciosa que derrumba la figura de un mito, restándole cualquier importancia a hechos como la adjudicación de los nombres a las grandes ciudades.  Kundera ha subido el volumen de su música, y las cariocas bailan con desparpajo, al ritmo de un carnaval literario que todavía no ha culminado, porque falta su momento estelar: la parodia de la muerte.

Alain fue abandonado por su madre. Piensa en los ombligos, se obsesiona con ese hoyito encima del vientre y recuerda que su progenitora alguna vez se quedó mirándolo fijamente en esa parte de su cuerpo. Y entonces, imagina, sueña, tiene la imagen de una mujer que se lanza a un río buscando suicidarse, pero en el acto es socorrida por un muchacho que termina siendo voluntariamente ahogado por la suicida, que le mató. Se vio obligada a luchar “para salvar su muerte”. “El que quiso imponerle la vida ha muerto ahogado. Y aquel a quien ella había querido matar en su vientre sigue vivo. La idea del suicidio ha quedado anulada para siempre. Sin repeticiones. El joven ha muerto, el feto vive, y ella hará cualquier cosa para que nadie descubra lo que ha pasado”.

Esta parodia de la muerte, donde el juego de palabras invierte el orden natural y lo transgrede, conlleva a las reflexiones que hace Kundera sobre la culpa, y su peso en la existencia.

Alain quedó marcado por el abandono. Se transforma en un “perdonazo”, el hombre que irremediablemente está condenado a pedir perdón. “Sentirse o no sentirse culpable. Creo que todo radica en eso. La vida es una lucha de todos contra todos. (…) Intentamos proyectar en los demás el oprobio de la culpabilidad. Vencerá el que consiga que el otro se sienta culpable. Perderá el que confiese su culpa”.  (…) El que pide perdón se declara culpable. Y si te declaras culpable, animas al otro a seguir insultándote y a denunciarte públicamente hasta la muerte. Éstas son las consecuencias fatales del que pide perdón primero. (…) El que es a la vez un intruso (ej. el feto que se salvó de un aborto) y un tranquilo está condenado, según una lógica implacable, a pedir perdón toda su vida” (Alain es ese feto).

En La fiesta de la insignificancia, el peso existencial alcanza su paroxismo paródico con esta irónica reflexión: “¡La vida es más fuerte que la muerte, porque la vida se alimenta de la muerte! (…) El ser humano no es sino soledad. (…) Una soledad rodeada de soledades.  Mira a tu alrededor: nadie de los que te rodean está aquí por su voluntad. (…) Todo el mundo habla de los derechos humanos. ¡Menuda engañifa! Tu existencia no se asienta sobre ningún derecho. Esos caballeros de los derechos humanos incluso te prohíben poner fin a tu vida por tu propia voluntad. (…) ¡Míralos, míralos a todos! Al menos la mitad de los que ves son feos. ¿También forma parte de los derechos humanos ser feo?  ¿Sabes tú lo que significa cargar con tu fealdad toda la vida? Tampoco has elegido tu sexo. Ni el color de tus ojos. Ni tu siglo. Ni tu país. Ni tu madre. Nada de lo que realmente cuenta. Los derechos de los que puede disponer el ser humano sólo se refieren a nimiedades por las que carece sentido luchar unos contra otros o escribir solemnes declaraciones”.

Y entonces Alain se imagina la voz de su madre diciéndole: “Existes tal como eres porque he sido débil. Por mi culpa. Te ruego me perdones”.

Estas ideas, se siguen sembrando a todo lo largo y ancho del carnaval literario que nos ofrece Kundera.  En otro pasaje, Stalin dice: “Hay tantas representaciones del mundo como hay personas en nuestro planeta; eso crea inevitablemente caos. ¿Cómo poner orden a ese caos? La respuesta es clara: imponiendo a todo el mundo una única representación. (…) ¿qué es la humanidad? No es nada objetivo, no es sino mi propia representación subjetiva, a saber: es lo que he podido ver a mi alrededor con mis propios ojos. ¿Y qué vi todo el tiempo con mis propios ojos, camaradas? ¡Os he visto a vosotros! (..) habré gastado todas mis fuerzas para semejantes gilipollas? ¿Para estúpidos tan exageradamente ordinarios? ¿Para esos Sócrates de alcantarilla? Y, al pensar en vosotros, sentía que flaqueaba mi voluntad, que se cansaba, se hartaba, y la ensoñación, al dejar de sostenerla mi voluntad, se ha desmoronado como una inmensa construcción cuyos pilares se han derrumbado”.

Luego Kundera habla de la caída de los ángeles, que no es otra cosa que el derrumbe de las utopías, de esos sueños humanos que terminan produciendo las guerras y poniendo al mundo patas arriba. “En efecto, ¿Qué indica esa caída? ¿Una utopía asesinada tras la cual ya no habrá otras? ¿Una época de la que ya no quedará huella? ¿Libros y cuadros arrojados al vacío? ¿Una Europa que ya no será Europa? ¿Bromas de las que ya nadie se reirá?”

Estas reflexiones, nos preparan para el acto final de la fiesta. Kundera nos habla a través de una reflexión que le hace Ramón a D’Ardelo: “La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y llamarla por su nombre. Pero no se trata tan sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla (…) respira esta insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave del buen humor”.

Se cierra el telón y se levanta una última vez.

Aparece nuevamente el jardín de Luxemburgo. Una orquesta infantil se prepara. Un cazador bigotudo irrumpe con un rifle y “dispara a la estatua de María de Médicis, reina de Francia, célebre por su cara de vieja fea, gorda y arrogante. El disparo le arranca la nariz de tal manera que parece aún más vieja, más fea, más gorda y más arrogante, mientras el viejo que se había escondido detrás del pedestal de la estatua sale corriendo, asustado, y para huir de las miradas indiscretas, termina por agazaparse detrás de la reina Valentina de Milán, duquesa de Orleans (ésa sí, mucho más guapa). Al principio, la gente se siente confusa ante ese inesperado disparo y por la cara sin nariz de María de Médicis; sin saber cómo reaccionar, miran a un lado y a otro, a la espera de una señal que les ilumine: ¿cómo interpretar el comportamiento del cazador?, ¿hay que condenarlo o tomarlo por un gracioso?, ¿deben silbarle o aplaudirlo? (…)

Como si adivinara su apuro, el cazador exclama: ¡Prohibido mear en el parque más célebre de Francia!

(…) La coral de niños está ya dispuesta formando un semicírculo perfecto, y el director, un niño de diez años en esmoquin, la batuta en ristre, se prepara para dar la señal que dé comienzo al concierto. Pero aún debe esperar un poco porque, en aquel mismo instante, irrumpe ruidosamente una pequeña calesa, pintada de rojo y amarillo, llevada por dos ponis. El bigotudo, enfundado en su vieja parka usada, levanta bien alto su larga escopeta de caza. El cochero, otro crío, obedece y detiene el carruaje. El bigotudo y el viejo de la barbita puntiaguda suben, se sientan y saludan por última vez al público, que, encantado, agita los brazos, mientras la coral de los niños entona La Marsellesa.

La calesa arranca y se aleja lentamente por una larga alameda del Jardín de Luxemburgo hacia las calles de París.”

Se baja el telón. Culmina el carnaval, esta fiesta de Milán Kundera que fue de todo, menos insignificante.

 

Juan Carlos Sosa Azpúrua / https://twitter.com/jcsosazpurua

[1] Ver https://prezi.com/lcscuxklxqw5/la-carnavalizacion-literaria/

[2] Idem.

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