La dulce lujuria de Eugenio de Andrade

Por Luis Figuera el 14/11/2019

Eugenio de Andrade es una de las voces fundamentales de la lírica portuguesa. Sus poemas son suspiros que exhalan una bocanada de frescor y sosiego. En ellos abundan las evocaciones de la tierra, el agua, el sol, el viento, la luz, con expresiones sencillas y luminosas que exploran los sentidos.

Nacido en una familia de campesinos su infancia estuvo signada por el contacto con la naturaleza, y el descubrimiento del mundo secreto de la luz lo que ocupa un espacio central en su poética. La sonoridad y ese mundo luminoso hacen de sus versos especies de postales sacadas de una película de Kurosawa.

La eficacia y precisión del lenguaje, el uso adecuado de las palabras hacen de su obra una de las más valoradas. Él mismo ha referido que su poesía es un canto ceremonial a aquellas cosas que son absolutamente necesarias para la felicidad de los seres humanos “son estas cosas las que mis versos aman y exaltan”.

Dos grandes momentos marcaron su camino desde muy joven,  el descubrimiento de Fernando Pessoa a quien estudio con verdadera devoción, dedicándose a transcribir en cuadernos toda su obra suelta, y la poesía de Federico García Lorca, escuchada una tarde de taberna en boca de un artista español.

Es a partir de los influjos de estas grandes voces  que debe estudiarse la sensualidad en Eugenio de Andrade, desde esa perspectiva su erotismo es una elección sagrada en comunión con la carne y el alma, es una forma de claridad y transparencia que alumbra, y se hace palabra para expresar un sentimiento sublime, una verdad que se siente única: “No hay otra manera de acercarte/ a la boca: cuántos soles, cuántos mares/ ardiendo para que no fueses nieve: / cuerpo/ anclado en el verano: las aves marinas/ te coronan la cabeza/ en su vuelo: inacabada música/ liberada de los dedos:/ luz derramada en las espaldas, en la cintura,/ más dulce sobre las nalgas:/para llevarte a la boca, cuántos mares/ardieron, cuántas naves”  

La sensualidad en la obra del poeta portugués esta llena de transparencias, de grandes ausencias en la memoria, de ritos simbólicos en el encuentro de un cuerpo y su libertad. Su poesía es una voz firme que ofrece el goce y el disfrute de los más sagrados placeres en una fiesta perpetua.

Más que una expresión de deseo interior, sus versos expresan una reminiscencia espiritual en busca del alma de un ser profundamente sensible que se siente entregado a las bellezas que el mundo ha puesto a su disposición, y lo celebra en armonía con su espíritu, en equilibrio perenne con las cosas que son absolutamente necesarias para la vida.

Esa armonía es trascendental para entender y participar de su resplandeciente y  equilibrada intimidad espiritual. Es una relación directa entre lo que se es y lo que se quiere ser como ser humano, una comunión sagrada entre el cuerpo y la psique que otorga a su poseedor una especie de llave sagrada del  cofre donde se guardan los más preciados secretos de cada hombre.

Andrade glorifica su cuerpo y lo ofrece para que sea bañado por los resplandores de la luz blanquecina de todos los veranos, exhibido sin pudores para que otros lo vean con los sentidos, lo palpen y lo sientan temblar por brevísimos instantes, poseído por el goce supremo de la armonía autentica que nace de una psique entrelazada por un cordón umbilical  con el universo mágico de la infancia.

Toda su obra es una reminiscencia permanente, un regreso cíclico al mundo de la infancia, a los olores a tierra mojada,  a los colores resplandecientes del verano, a la sonoridad mágica y perturbadora de la lluvia,  que trae recuerdos y nostalgias al poeta cautivo de su propio cuerpo, que a través de la construcción de un lenguaje propio ha logrado escaparse de la asfixia de esa armazón de carne y hueso. 

Ese mundo de sonoridades sensuales hacen de este portugués, nacido en una pequeña aldea en Póvoa de Atalaia, unos de los más grandes representantes de la lirica erótica, comparado con poetas como Kavafi, o Lorca, pero Andrade logra atrapar con su paleta, la libélula que ronda el espíritu, o el duende de Lorca, y con una dulzura inimaginable retrata los instantes  de un cuerpo ardoroso que se entrega con majestuosidad, para consumirse dulcemente ante las grandes cosas de la vida.

                                            XVII

                           Ignoro lo que sea la flor del agua,

                                  mas conozco su aroma:

                                  después de las primeras lluvias

                                  sube a la azotea,

                                  entra desnudo por el balcón,

                                  con el cuerpo aún mojado

                                  busca nuestro cuerpo y comienza a temblar:

                                  entonces es como si en su boca

                                 un resto de inmortalidad

                                 nos fuese dado a beber,

                                 y toda la música de la tierra,

                                 toda la música del cielo fuese nuestra,

                                 hasta el fin del mundo,

                                 hasta el amanecer.        (1)

1.- Poema del libro Blanco en lo Blanco en su traducción de Francisco Rivera

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Cuentista, columnista y político venezolano.

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