La disyuntiva de Susanita y Mafalda. Por Aglaia Berlutti

Por Aglaia Berlutti el 28/04/2018

De pequeña, me preguntaba que me hacia ser una niña. Por supuesto, era mucho más un pensamiento ligeramente abstracto que un verdadero cuestionamiento espiritual o moral, pero la cosa me obsesionaba. La pensaba a toda hora, mirándome al espejo o mirando la ropa que llevaba puesta. Porque la verdad, yo no me veía como el resto de las niñas que conocía y eso era un tema que me atormentaba a toda hora. Uno que además, parecía acompañarme a todas partes y que de hecho, me provocaba una ligera incomodidad. Porque en un mundo de niñas, yo era una especie de elemento sin clasificación o al menos, no una que pudiera tranquilizar mi inquieta necesidad de comprender quién era.

Vamos, no hablo que una niña de diez años piense en términos tan complejos asuntos trascendentales. En realidad, todo tenía relación con mi aspecto físico: era delgada, pálida hasta la extenuación, con rodillas flacas y huesudas, el cabello rizado en punta, la cara cubierta de pecas. En un país obsesionado con la belleza como el mio — nací en Venezuela en pleno apogeo de la cultura de la Miss y los concursos de belleza — era nada más y nada menos que fea. Así, sin más. O en el caso más optimista, no tan agraciada como podía aspirar a ser. El caso es que mi aspecto físico — mi afición por los jeans y las camisetas, mi renuencia a peinarme, esa simplicidad de niña sin atributos — me hacía cuando menos, un bicho raro en una cultura en la que lo estético tiene alto, importante y relevante nivel de importancia e implicación con todo lo que haces o lo que aspiras. Me recuerdo de pie en el patio del colegio, mirando al resto de las niñas de mi salón, un poco asombrada y entristecida por su melenas largas y sedosas, sus rostros sonrojados, sus primeras formas femeninas. Creo que fue por entonces, que comencé a preguntarme que me hacía mujer, si a todas luces, yo no parecía precisamente femenina.

Muchos años después, cuando comencé a escribir sobre el tema, recordé esas escenas del patio de colegio y tantas otras, que me hicieron hacerme preguntas parecidas. Las ocasiones en que mi cabello rizado, mi cara pálida y flaca, mi cuerpo sin curvas, parecían ser una prueba irrebatible que algo estaba mal en mí o que, sin duda, había un elemento anómalo que me dejaba un poco al margen de todo lo que una mujer debería ser en mi país. Ah sí, esa Venezuela opulenta, superficial y aún, moderadamente próspera, obsesionada con la belleza — y un tipo específico de belleza, además — a niveles difíciles de comprender para alguien que no creció presionado y aplastado por una rara obsesión nacional. Alguien a quién no se le recomendó “alisarse el cabello” para verse más “prolija” o a quién se le reprendió “por no usar suficiente maquillaje”. Alguien que tuvo que soportar miradas críticas sobre el escote anémico o las caderas poco evidentes. Crecer en un país donde la imagen de la mujer está tan aparejada a un ideal extravagante, es una extraña versión de un juego de espejos abrumador, desconcertante y la mayoría de las veces, doloroso. No hay forma de salir incólume de algo semejante. O al menos, de no salir lastimada de un modo u otro.

Hace unos días, una de mis amigas me hizo uno de esos comentarios que te sacuden un poco. “Oye, ¿No estás muy obsesionada con el tema de lo femenino?” No lo hizo de mala intención y de hecho, vino relacionado justo con uno de los recuerdos que narro más arriba. Conversábamos sobre nuestras vivencias como colegialas y de pronto, recordó lo incómoda que siempre estábamos ambas por el escrutinio ajeno. Pero mientras lo mio se tradujo en una inquietud que a la larga se convirtió en material de estudio, para ella fue una experiencia con la que aún debe luchar de vez en cuando. “Me refiero a que pareciera que la mujer como concepto te molesta un poco” insistió “Como si toda esa presión escolar y después, te hiciera más sensible a como analizas las cosas”.

En realidad, el comentario no fue ese — sí uno muy parecido — pero de la conversación que vino después me sorprendieron dos ideas que al parecer preocupaban a mi amiga, quién es, por cierto, una gran observadora y tiene el beneficio de la distancia para reflexionar al respecto. Una de ellas fue: ¿Por qué mi rechazo hacia la imagen más tradicional de la mujer? lo cual nos llevó a cuestionarnos mutuamente sobre mi percepción de rol y sobre todo, mi análisis sobre el mundo femenino venezolano. La otra cuestión me desconcertó fue otra cosa que parece estar relacionada con lo anterior, o al menos ser su inmediata consecuencia ¿Menosprecio el rol que se considera tradicional de la mujer? En otras palabras, ¿interpreto mi identidad femenina como la única válida?

Un planteamiento, en conjunto preocupante. Porque de ser así, estoy asumiendo que la feminidad solo tiene un rostro. O mejor dicho, una manera única de mirarse e interpretarse, lo cual es básicamente a lo que me opongo. Preocupada por el tema, decidí ir directo al origen del asunto: enfrentarme a la idea de frente.

Y lo hice, visitando la casa de mi amiga S., probablemente la mujer más tradicional que conozco y también, una de las más inteligentes.

A S. la conozco de toda la vida. Fuimos juntas al colegio y siempre la tuvo clara: Quería ser esposa y madre. Eso no evitó claro, que fuera una destacada estudiante, una magnífica violinista y por si eso no fuera suficiente, una mujer muy consciente de sus deberes y derechos. No obstante, su visión de la vida a-lo-antiguo siempre tuvo un papel primordial dentro de sus planes futuros. Siempre insistió en que primero sería esposa y madre antes que cualquier cosa y además, que todo proyecto educativo o profesional, estaría en un papel secundario con respecto a su rol maternal. Como es previsible, pasamos la mitad de la adolescencia peleando y la primera adultez debatiendo el tema siempre que podíamos, y sobre todo, intentando entendernos una a la otra a pesar de eso. Porque para mí, con mis quince flamantes años recién cumplidos y Universitaria por carambola, el tema me provocaba miedo. ¿Por qué querría alguien casarse y tener bebés teniendo la posibilidad de no hacerlo? ¿Por qué alguien querría resumir su vida y experiencia cotidiana a ser esposa de, madre de alguien? Era una manera muy simple de plantearse el asunto, lo reconozco pero en conjunto, resumía mis temores bastante bien.

Pero para S. era un tema de trascendencia. Para ella, el mundo carecía de sentido si no buscas relacionarte con él a través de las emociones. O así me lo explicó cuando finalmente, cumplió su destino de abeja reina y decidió casarse a los diecinueve años. La miré asombrada, inquieta, pero ella sólo rió a carcajadas.

– ¿Tu quieres escribir un libro no? — me preguntó.
– Sí. Más de uno, espero.
– Yo quiero tener un hijo. Son grados exactos de trascendencia, maneras de comprender el mundo.

No entendí aquello. Para mí, un hijo era una criatura demandante, que dependería de mí en todo ámbito, que coartaría mi libertad en todas una serie de terribles maneras que apenas comenzaba a entender. Pero para S. era todo lo contrario: Una manera de liberarse de temores, de crear a través de la maternidad, de asumir su capacidad creativa como una obra de arte muy íntima. Mucha poesía, pensé cuando me dijo todo eso, pero no se lo dije. Un bebé es una responsabilidad enorme, interminable. Y seguía sin entender el por qué alguien querría asumirla por las buenas.

– Ya te llegarán las ganas de tener bebés también — sentenció — a todos nos ocurre.

Pues bien, no sucedió. No obstante, mi opinión sobre la maternidad si cambió a medida que crecí y maduré. Comprendí que engendrar un hijo es una de las opciones, de las infinitas, entre las que puede escoger una mujer. O así debería ser al menos. Entendí con claridad que mi postura sobre la maternidad, el rol de ama de casa y esposa, estaban muy relacionados con el pensamiento de que fueran la única posibilidad al que una mujer podía aspirar, una perspectiva que durante años fue parte de una sentencia social más o menos aceptada. Lo que me aterraba, en general, era esa sensación de lo inevitable, la obligación de cumplir un rol social que no quería ni admitía. Pero entonces quedaba otra cuestión ¿No? el hecho que siguiera juzgando la opinión — opción — de alguien como menos válida que la que escogí. ¿Era una postura radical la mía? ¿era una manera de expresar mis propios temores a través de una censura superficial? Podría serlo y esa posibilidad me asustaba, me preocupaba. Porque si mi insistencia en reclamar el derecho de la mujer como independiente y poderosa tenía mucho que ver con el respeto a la igualdad ¿No era una contradicción insistir en que mi visión de las cosas era la más viable que otra? Seguramente sí y por eso decidí que la mejor manera de encontrar una respuesta, era mirando la otra mitad del tema.

S. me escuchó atentamente, a su manera sosegada e inteligente. Conversábamos en su muy pulcro salón, mientras su hijo mayor escuchaba música a todo volumen en su habitación y los dos menores, corrían de un lado a otro riendo en voz baja. Con treinta y tanto años, era madre de cuatro ( una bebé gordita y hermosa dormía en una de las habitaciones del piso superior ), y ama de casa dedicada. La miré, hermosa, sonriente y tranquila. Pero no la reconocí. Puede parecer extraño, pero de alguna manera y a pesar de nuestras diferencias, siempre me identifiqué con S. Leíamos las mismas cosas, nos gustaban las mismas películas, nuestro grupo de amigos era el mismo. Pero luego de casi veinte años de amistad, me encontré con que en algún momento, caminamos por lugares distintos. ¿Lógico no? Me pregunté con un suspiro, ¿O No tanto? ambas habíamos tomado dos opciones distintas. Y ambas llevábamos vidas por completo paralelas. Me sobresaltó pensar que tal vez, de haber tomado decisiones distintas, yo estaría también allí, sonriendo, pensando en mi vida no como una suma de objetivos sino como un proceso enorme y personal. ¿Era lo mismo? ¿o no?

– ¿Que te preocupa exactamente? — me preguntó S. Nos encontrábamos en la luminosa cocina de la casa, rodeadas de sillitas de bebés, juguetes y todos esos objetos que hablan de la cotidianidad, de la vida que se construye todos los días. Me encogí de hombros, masticando un pedazo de una sus deliciosas galletas.
– Tengo la impresión que sufro una especie de crisis de egocentrismo, estoy tan concentrada en mi vida que tácitamente desapruebo la de los demás — le expliqué. Que pomposo sonaba aquello. Tomé una bocanada de aire — lo que quiero decir es que creo que de tanto insistir en la mujer independiente y poderosa, menosprecie a la que no encajan en lo que creo.

S. sonrío. Siguió cortando las cebollas y tomates con una habilidad elegante. Eso también tiene su encanto, su secreto: ser mamá, ser esposa. Lo había comprobado el año anterior cuando estuve una semana cuidando de una adolescente de quince años. Había una fortaleza circunstancial en soportar el pequeño caos diario, de nutrir y construir la vida de una familia. Pero ¿Qué ocurría con quién decidía asumir ese rol? ¿Que entregaba a cambio de comprenderse en el rol hogareño? ¿Se perdía algo realmente?

– Sí y no — respondió. La vi mezclar las verduras, con una precisión de cirujano. Recordé sus apuntes universitarios, lo pulcro e inteligentes que eran. ¿La misma habilidad? — a veces si hay un poco de sentir que te “liberaste” de todo lo que aparentemente la sociedad había decidido para ti y miras con conmiseración al que, según tu criterio, no lo hizo. Pero otras veces solo hablas de ti, de la manera como te interpretas. Y es muy válido eso. Siempre me pareciste muy congruente. O tenías muy claro que no querías ser.
– Pero que yo no quiera serlo, no quiere decir que esté mal serlo — dije. Era una de las ideas que más me había preocupado de mi conversación Igora, días atrás — ¿Te parece te juzgo?
– Me parece no entiendes como es mi vida, o la de quienes son diferentes a la tuya, en todo caso — respondió — no me juzgas, analizas lo que quieres ver. Pero ninguna vida calza perfectamente en una visión de las cosas. Está compuesta de decisiones. Y con eso, no hay manera de definir ni tampoco construir un concepto sobre lo que debe ser la vida.
– Me lo dices como si lamentaras algunas cosas de la tuya.
– ¿No lamentas algunas de la tuya?
– Sí, claro — admití. Lamenté esa relación que rompí porque mi pareja de entonces estaba decidido a formar una familia, porque según insistía “lo necesitaba”. ¿Tendría que haber sido más flexible? ¿Tendría que haber analizado la idea del compromiso, una familia como una opción en lugar de una restricción? A veces me preocupaba la idea — ¿De qué te lamentas tu?
– La verdad, no sabría decirlo — S. suspiro. Inclinó la cabeza, observando y pensé si me recordaba como yo a ella, en ese justo momento: riendo, hablando de política, bebés, libros y temas existencialistas, en el campus de la Universidad. De niñas, riendo, arrojándonos una a la otra papeles y zapatos. Ahora éramos dos adultas, viviendo a través de nuestras decisiones. De la manera que habíamos escogido vivir. Al menos, eso era ya un logro.
Se lo dije. Me sirvió café, riendo en voz baja.
– No lo es tanto — comentó — nada es absoluto. A veces sueño con volver a una oficina, trabajar, tener mi propia vida, más allá de la mamá de alguien más. Pero otras, ser la mamá de alguien, es lo que me permite imaginar el futuro, crearlo todos los días.
Tomé un sorbo del café, caliente y muy oloroso. Me reconfortó comprender lo que me decía, aunque no la compartiera.
– ¿Entonces no te juzgo? — insistí.
– No lo haces. Te enfureces porque si hay quien te gusta por tu opción de vida. Te enfureces cuando te preguntan cuando te vas a casar o para cuando habrá bebés — solté una carcajada. Ella era una de las que me lo preguntaba — y es estupendo que te enfurezcas. Es magnífico que no aceptes que debes hacer algo. Que la sociedad, cultura, historia, herencia de género tome decisiones por ti.

Me hizo uno de sus guiños graciosos. Los mismos que me hacía cuando siendo niñas, jugábamos a arrojarnos zapatos, llamándonos “Mafalda y Susanita” respectivamente. Y recordar esa sensación de complicidad, de mirarnos a través de todo — a pesar de todo — fue lo que me hizo asumir que estamos hechos de decisiones, de historias, como diría Galeano y que lo que vives — ahora, en el futuro, cada momento de tu vida — está construido en ese infinito entramado de sueños, errores y aspiraciones que todos elaboramos a medida que avanzamos, con dificultad, en nuestra historia.

Antes de irme, sostuve en brazos a la bebé más pequeña de S. Con su sonrisa desdentada, las manos abiertas y sus mejillas sonrosadas, me hizo sonreír. Y de pronto, comprendí mejor que nunca, la distancia entre mi modo de ver el mundo y lo que representaba su fragilidad, su delicadeza, su ternura. La necesidad de ser cuidada y protegida. La responsabilidad. Cuando S. me la quitó de los brazos — tal vez percibiendo que incómoda me sentía — aprendí más sobre mi misma que en cualquier otro momento de nuestra conversación. Ella podía concebirse a través de esa vida que cuidaba y mantenía, que disfrutaba en cuidar. Yo nunca podría. Y ambas posturas eran correctas. Eran adecuadas. Eran sinceras.

Y entre tanto, mi vida avanza hacia algún sentido. Continuo obsesionada con la escritura y la fotografía, me miro a mi misma como creadora, o intento serlo. ¿Se trata de que aún soy muy egocéntrica para concebir mi vida más allá de mi misma? Quizá. Por el momento, no sé la respuesta.

C’est la vie.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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