Historias con libros. Por Luis Figuera

Por sensualidad el 04/02/2020

He querido compartir algunas historias que suceden entre la gente que compra muchos libros. Idea que comenzó con una especie de aprehensión, una sospecha, que llegaba de vez en vez, era como sentir que algunos libros que veía en todos los remates buscaban que los comprara.

El más alucinante de estos relatos sucedió en la ciudad de Puerto La Cruz. Una tarde salí a caminar y al final de la conocida avenida cinco de julio, tomada en ese momento por kioskos de loterías, hallé en una puerta contigua a una de estas ventas, un lugar fascinante lleno de libros difíciles de encontrar. Compre una antología de Cortázar, y varios poemarios de Neruda, Rilke. Al otro día no pude hallar el extraño remate. Encontré eso si, el mismo sitio, pero vacio. Le pregunté al vendedor de al lado por los libros y no supo responder.

La lógica tradicional y aristotélica me obligó a buscar una respuesta.  Tal vez alguno de los encargados, decidió dejar un lote de libros. Quizás mi visita coincidió con el último día de la venta.

Otro suceso curioso aconteció en Argentina, solicite una antología poética de Antonio Cisneros, el dueño busco en su computadora. Me aseguro que no tenía nada. Me permitió pasar a registrar, advirtiendo que si encontraba un libro del peruano, que era uno de sus poetas preferidos, me lo daba gratis. Me detuve unos minutos antes de ir a un armario estirar la mano, y sacar una antología poética y mostrársela. El tipo no salía de su asombro, y llamo a su proveedor para preguntarle si le había llevado algún ejemplar de Postales para Lima. La respuesta fue dudosa no sabía entre tantos poemarios, y tantos recorridos, la verdad era difícil tener precisión.

Otro día bajo una lluvia pertinaz por las calles de Buenos Aires, buscando una selección del cuento fantástico donde aparece José Antonio Ramos Sucre como cuentista, llegué a una librería atendida por un anciano que se maravillo por la historia del poeta Cumanés. Me ofreció una primera versión de Historia de la Literatura Fantástica, donde aparecía un cuento de Borges, publicado bajo un seudónimo. Me mostró la última versión con el cuento suprimido, y la primera edición la cual adquirí. Muchos años después compré la moderna edición, y un día descubrí que ambas  eran idénticas, el supuesto texto de Borges no existía. Otra vez la lógica me llevó a la conclusión por error me confundí o el anciano con habilidad me cambio los libros.

Apenas tenía días de novio con una poetisa cuando compre un poemario de Pizarnik con una dedicatoria para una tal Josefina “Para la suicida más intrépida, del loco más cuerdo”, por supuesto que no pase por alto las palabras y el final de Alejandra Pizarnik. Veinte años después una amiga me regala una antología de Artuad, firmada: “De la suicida más intrépida, para el loco más cuerdo”. Pase  días preguntándole de dónde carajo había plagiado las frases, pero siempre declaraba su originalidad. Durante una cena su padre me preguntó si había leído a Antoin Artuad. Sospeche quién era el autor de las frases. Como pude le conté a propósito que una vez tuve en mis manos un libro de Pizarnik con una dedicatoria idéntica a la que me hizo su hija. Sin inmutarse el hombre me miró fijamente para decirme, “bueno los locos y los suicidas siempre vuelven”.

En la Habana en Casa de las Américas, estuve preguntando por Don Juanes, de Reinaldo Montero, el dependiente ofreció buscármelo en un lugar donde guardan libros descontinuados. Era un viejo afable que me tenía confianza porque siempre iba a la librería. Un día antes de regresar  pase por el sitio, el señor se disculpo, no había podido subir, amablemente me ofreció ir los dos y echar un vistazo. Encontré además de Don Juanes, Poesía Trunca, de Benedetti, La Ternura no Basta, de Roque Dalton, Javier Heraud, y otros textos que despertaron mi curiosidad. Al final termine regalándole diez dólares. Tiempo después revisando la antología de Roque Dalton, encontré dentro de sus páginas un billete de cinco dólares, pensé que en una de las revisadas anteriores había dejado el billete como marcador en el libro. Meses después halle otro billete de un dólar en el libro de Javier Heraud, rápidamente revise los otros ejemplares y efectivamente cada uno tenía un billete de baja denominación.

Hallé una respuesta tal vez el anciano quiso devolverme el dinero que a lo largo de mis visitas le regalaba. Quizás alguien tenía el depósito como lugar para guardar las propinas recibidas por los extranjeros, en un país donde la circulación del dólar era penada por las leyes.     

En España en la conocida librería Casa del Libro de la Gran Vía, revise varias veces buscando Jeta de Santo, de Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano, amigo personal de Roberto Bolaños. El cajero dijo que no aparecía en el inventario que iba a llamar a otras sucursales a ver. Yo, le dije que iba a estar una semana en Madrid y podía pasar todos los días a las once  revisando. En la última visita cuando estaba pagando se acerca un niño de unos ocho años que andaba comprando comics y corriendo de un lado a otro, en sus manos cargaba un ejemplar de Jeta de Santo.

La explicación era que el cajero de turno llamó, enviaron el libro, y lo dejó en la caja. El niño tal vez lo había tomado sin que el otro cajero se diera cuenta.

El Chapo era un amigo colombiano metido en el negocio del contrabando, un bebedor empedernido, asiduo visitante de la casa de mi madre. Un día le pedí que me trajera un libro de Umberto Valverde, autor de Bomba Camará. Se apareció como a los seis meses, borracho y con una novelita de un autor desconocido. Me dijo.- no encontré el que me dijiste pero te traje este más berraco. Pensé que tal vez compró el librito en algún semáforo de Cúcuta o Bogotá, para cumplir el encargo. Olvide el asunto y muchísimos años después, estaba investigando acerca de la narrativa de Andrés Caicedo, y buscando entre los estantes de la biblioteca, me encontré con el librito que me trajo el chapo, que era nada más que una edición artesanal de la novela Que Viva La Música de Andrés Caicedo, que era como si me estuvieran diciendo “aquí donde usted me ve, yo soy el negro más bravo; yo no conozco guapo, ni me dejo amenazar”

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