El Ferrari de tu vecino. Por Juan Carlos Sosa Azpúrua

Por Juan C. Sosa Azpúrua el 05/03/2018

Al concluir el negocio –ese de las plantas eléctricas, que hizo con los chamos de una empresa marca Samsonite– donde actuó como testaferro del ministro; a tu vecino le regalaron un Ferrari. Nuevo y reluciente, puede superar los 300K por hora.

Pero a juzgar por cómo ha dejado que el monte se devore su jardín y las abolladuras que exhibe el auto, no creo que tu vecino sea del tipo de persona que revisa el aceite, cambie los filtros y cosas así. Me da dolor que ese Ferrari tenga semanas estacionado a la intemperie. Tú sabes que el mar está a corta distancia, así que te podrás imaginar lo demás.

Esto te lo cuento porque hoy tu vecino resolvió dar un paseíto con su novia nueva. Le dicen “La Chiqui”.

Es rubia, marca L’Oréal y su pompis no sé de qué marca será. Pero no importa. La joven está de rechupete. Por lo que escuché, estrena tetas y quizás por eso anda con una sonrisa de oreja a oreja. Es su derecho. La verdad, yo también andaría contenta. Tu vecino –que sin duda está que salta en una pata–  la sacará a pasear para celebrar. Ella desea experimentar sensaciones en el automóvil de sus sueños. El polvo que lo cubre y los golpecitos aquí y allá no parecen molestarle.

Tu vecino intenta darle marcha a la máquina, pero algo no anda bien.

Tres veces se apagó y fue al cuarto intento que finalmente arrancó.

La Chiqui pide velocidad máxima. Le excita el sonido, que por algo está patentado por la casa Ferrari. Tu vecino desea complacerla. Al marcar la aguja los 90km/h, un ruido extraño aconseja prudencia y le mata las ambiciones.

Sigue una curva cerrada y al cogerla patinan un poquito.  Los tortolitos se dan un susto de santo y señor nuestro.

Superan la prueba y continúan el paseo. El día está espléndido.

La Chiqui introduce en el reproductor el cedé de Beyoncé. Quiere escuchar Single ladies a todo volumen. Pero cuando su papito mi rey le comunica la noticia –el aparato no funciona– la mujer pone ojitos de gatico mojado y voltea hacia las montañas.

Los primeros síntomas del aburrimiento hacen su aparición.

Un poco más allá, se atraviesa un perro feísimo. Al pisar los frenos, tu vecino nota un deslizamiento anómalo, mayor que el patinaje anterior.

Quizás las pastillas estén lisas, o a lo mejor es un problema de liga. Pero logra esquivar exitosamente al animal y ahora se cree Pastor Maldonado. Es su héroe desde que se conocieron en Nueva York, en una de las fiestas de María Gabriela.

Recompuestos del susto, la parejita se toma de las manos. El sol es agresivo y su maquillaje le pica, pero el ánimo de La Chiqui parece retoñar.

Mientras le soba la impertinente panza, insta a su papi a encender el aire acondicionado. Adivinaste. La respuesta de tu vecino no es sexy. El condensador se dañó y como no hay repuestos…

kilómetros más allá, La Chiqui percibe un olor raro, a quemado. Da su opinión al respecto, pero tu vecino sonríe, afirmando estoico que a él no le huele a nada. Quizás fue su imaginación, porque todo está ok.

Pero tu vecino esconde un secreto. Su conciencia no está limpia.

Segundos atrás tuvo un desliz estomacal. Malditos chicharrones.

Pensó que había pasado liso, pero ahora no. La Chiqui sospecha. Y él se hace el pendejo.

Ella es su novia nueva. No llegan al nivel de confianza requerido para ese tipo de confesiones.

Al olor embarazoso, le acompaña el silencio.  Y como tu vecino carga con el peso de la culpa, descarta otros olores más apremiantes.

Siguen de manitas agarradas, hasta que el humo los invade.

El motor se apaga de golpe y el capó salta como rana.

Sus miradas se entrelazan con un nudo de espanto.

Ella está angustiada y no lo disimula. Y aunque en su corazón también hay un terremoto, tu vecino pide calma. Asegura que se trata de una bobería. Sale a revisar.

Regresa consternado.

Hace un gesto indescifrable a La Chiqui y usa el celular para llamar a la grúa.

Transcurre una hora y al fin llega.

El gruero es ducho. A los pocos minutos van de regreso.

El espacio de la cabina es reducido. Exige cercanías y los roces dan felicidad al portugués. Al sur de su cintura, está llevándose a cabo un ascenso prohibido. Pero La Chiqui está asustada y no percibe el efecto que provoca su estreno pectoral en el pobre infeliz.

El camino es largo y Joao goza de suficiente tiempo. Da rienda suelta a sus fantasías.

Si tu vecino fuera lector de pensamientos, no le pagaría ni un centavo a ese señor.

Por fin. Llegaron.

Notas que el rostro de La Chiqui es de pocos amigos. Está clarísimo el mensaje que transmite a tu vecino. Ningún pecadillo será bienvenido. Se acabó la fiesta.

Al rato llega el taxi y La Chiqui se despide. Se escuchan las promesas de tu vecino. Pronto el Ferrari estará al giorno y retomarán su aventura.

Y tú, testigo silente por lo que te he contado, ahora pides la narración de los pormenores.

Sonriente, tu vecino te lo cuenta todo.

El gordito está perplejo. No comprende qué pudo haber pasado.

Y entonces exclama: ¡Los Ferraris ya no son como antes!

No contento con esa sola explicación, tu vecino lanza una segunda hipótesis.

Se trata de Pancho, su otro vecino, el envidioso.  Quizás hizo vudú.

Te despides. Conoces a tu vecino. Es barrigón, amante de las cervezas y la televisión.

En la soledad de su habitación, tu vecino maldice otra vez a los italianos. También a Beyoncé, que le fastidió el momentum. Y ese perro tan feo. Coño, ¿por qué tuvo que atravesarse? Y el portugués, marico ese.

Ya desahogado, se toma un güisquicito y se mete en la cama.

Cierra los ojos y duerme como un corderito, hasta la mañana siguiente.

Juan Carlos Sosa Azpúrua / @jcsosazpurua

 

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com