Fallece Robert Mugabe a los 95 años

Por redaccionnyl el 06/09/2019

El expresidente de Zimbabue Robert Mugabe, el primer mandatario del país tras su independencia, murió este viernes a la edad de 95 años, confirmó el actual presidente zimbabuense, Emmerson Dambudzo Mnangagwa, en su cuenta de Twitter.

El anuncio hoy de la muerte de Mugabe, quien se aferró con uñas y dientes al poder durante 37 años eternos para su pueblo, constituye un exponente más de una África cambiante en la que cada día hay menos cabida para libertadores autoritarios.

«He muerto muchas veces, en eso he vencido a Cristo. Cristo murió y resucitó (solo) una vez», exclamó Mugabe -desalojado del poder en 2017 por un golpe militar- con su característica elocuencia durante su 88 cumpleaños, riéndose de aquellos que se empeñaban en adelantar su cita con la parca.

Con todo, el fin de su vida casi centenaria -a los 95 años- es un reflejo de los nuevos tiempos que recorren África y de un hecho claro: nadie es intocable y quienes, al igual que él, lucharon por la libertad de sus pueblos pero se apropiaron de unas naciones que todavía aprendían a ser libres, pueden caer en cualquier momento.

Desde la minúscula Gambia hasta la gigante Angola, pasando por las arenosas Burkina Faso y Sudán, todos esos países han dicho adiós en los últimos años (o meses) a longevos jefes de Estado -en grado medio o superlativo- corruptos, déspotas y muy personalistas, en una suerte de «primaveras» políticas nacidas bajo anhelos de cambio.

«Serviré al pueblo de Gambia y si (para ello) tengo que gobernar este país durante mil millones de años, así lo haré, si Alá lo quiere», aseguró a la cadena BBC a finales de 2011 el entonces presidente de Gambia, Yahya Jammeh, en el poder durante 22 años y quien finalmente accedió a dejar la presidencia en enero de 2017.

Sus compatriotas pudieron entonces tomar una bocanada de aire al despedirse de quien durante más de dos décadas convirtió este país en su patíbulo personal: con un escuadrón de la muerte responsable de miles de desapariciones forzosas y ejecuciones extrajudiciales.

Meses más tarde, a finales de septiembre de 2017, el gran patriarca de Angola, José Eduardo Dos Santos -apodado por los más jóvenes en multitudinarias protestas como el «monstruo saqueador»- entregaba el relevo de la presidencia, tras 38 años de mandato, al general afín Joao Lourenço.

Y a finales de 2018, la demanda en Sudán de un alimento tan básico como el pan regurgitaba en forma de masivas manifestaciones que en abril de 2019 provocaron la caída del controvertido dictador Omar al Bashir, en el poder durante 30 años y acusado en repetidas ocasiones de crímenes de guerra y lesa humanidad.

Hoy, para muchos sudaneses, la imagen ya histórica y hasta hace unos meses inverosímil de un Al Bashir preso, acusado de corrupción y posesión ilegal de divisas, les hace soñar con que pronto será también juzgado por cargos de genocidio en la marginada región de Darfur (oeste).

Grieta del poder

Asimismo, aquellos históricos líderes africanos -de trayectoria dudosa- que continúan en el poder parecen tenerlo cada día más difícil para anular el brote de nuevas «primaveras africanas», en parte motivadas por el hastío de una población muy joven ahogada por el desempleo y conectada virtualmente al mundo exterior.

En Uganda, el poder hasta hace poco inquebrantable del exguerrillero Yoweri Museveni, de 75 años y en el cargo desde 1986, se ha visto debilitado en el último año por el ruido mediático, las arengas desafiantes y los mítines multitudinarios del músico y diputado opositor Bobi Wine, quien ya ha anunciado que concurrirá a las próximas elecciones de 2021.

Con su puño en alto y su mantra «People power, our power» («El poder del pueblo, nuestro poder»), Wine ha despertado la esperanza de cambio en un país en el que el 85 % de su población menor de 35 años no conoce más allá de la alargada sombra de Museveni.

«El cambio se va a producir porque hay otros ejemplos», aseguró Wine, de 37 años, en una entrevista con Efe el pasado octubre en Nairobi.

«Nos encontramos en Kenia, no digo que haya llegado a donde quiere estar, pero se mueve. En África, países antes oprimidos como Ghana se han transformado. Así que lo mismo puede suceder en Uganda», agregó el candidato presidencial ugandés.

Su grito de libertad, imitado por miles de jóvenes de los suburbios urbanos vestidos con su ya característica boina roja, le ha costado meses de prisión y torturas a manos de la policía ugandesa, pero no ha mermado la fuerza de su causa.

Un descontento social que también alcanza a férreos regímenes como el encabezado por Paul Biya en Camerún, de 85 años y en el poder desde hace 37, y a quien muchos reprochan el reciente agravamiento de la crisis separatista, que impide a 600.000 niños ir a la escuela en las regiones anglófonas del Noroeste y del Suroeste.

Y un hastío que, a su vez, podría expandirse a países como Gabón, dominado desde hace más de 50 años por la familia Bongo -principal beneficiada de la lucrativa extracción del petróleo del país-, o a la indescifrable Guinea Ecuatorial, dirigida con mano de hierro desde hace 40 años por Teodoro Obiang.

«El día que Guinea Ecuatorial manifieste que su presidente lleva mucho tiempo en el poder, yo me marcharé tranquilo a casa», aseguró Obiang antes de los comicios de 2016, en los que una vez más, y lejos de cualquier sorpresa, fue reelegido con un 98 % de los votos.

Quizá, muy a su pesar y sin sospecharlo, hoy ese día esté más cerca.

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