Escritores que nunca debieron ganar el Nobel de Literatura

Por redaccionnyl el 28/11/2017

De listas de grandes escritores que se quedaron sin el Premio Nobel de Literatura está repleta la Internet. Eso nos llevó a hacer una revisión año a año desde 1901 para tratar de identificar a los peores literatos que sí se lo ganaron.

Era obvio que si había buenos escritores que se quedaron sin el premio, podríamos encontrar entre los galardonados a varios malos o regulares que sí lo lograron. Claro que antes de hacer este artículo ya sospechábamos de algunos, pero era importante revisarlos todos.

Esta lista está basada en las limitaciones de los galardonados. Para hacerla no se tomaron en cuenta comparaciones con sus competidores más obvios.

Sinclair Lewis. Premio Nobel en 1930

Le dieron el premio «por su arte vigoroso y gráfico de la descripción y su capacidad para crear, con ingenio y humor, nuevos tipos de personajes». Fue el primer norteamericano en ganarlo y los motivos son tan raros que aún no se entienden del todo. O sí.

Durante las primeras dos décadas, el Premio Nobel se entregaba a escritores conservadores como Kipling. A esa regla no escrita se llamaba «dirección lineal». Pero luego a los suecos les dio por premiar a los más aclamados por el interés general. En ese grupo apareció Siclair Lewis, que hacía sátiras sobre las preocupaciones de la burguesía y divertía a un público poco exigente.

Hermann Hesse. Premio de Literatura Nobel en 1946

Ganó el Premio Nobel de Literatura «por sus escritos inspiradores que, al crecer en osadía y penetración, ejemplifican clásicos ideales humanitarios y altas calidades de estilo».

Ese argumento tiene truco. Y lo tiene porque es verdad. Los párrafos de Hermann Hesse está muy bien escritos y con eso predicó autoayuda bien escrita. No hay mayores diferencias con historias de Paulo Coelho. Pero al estar tan bien escritas, cualquier lector sin experiencia puede dejarse engañar.

En sus libros, los hilos conductores se pierden detrás de la prosa y abundan los eufemismos para decir lo que no se atreve ni siquiera a través de sus personajes.

Pero lo peor de Hesse es que considera innecesaria la verosimilitud, algo que hasta los cómics exitosos deben tener para que el público los tome en serio. Hesse puede generar un cambio de actitud en sus personajes por mero capricho. Y no le preocupa siquiera por la posibilidad de que algún lector inteligente lo descubra.

Las superventas de sus libros solo pudieron ser superadas por fenómenos como Cincuenta Sombras de Grey.

Winston Churchill. Premio Nobel en 1953

Sí. Churchill tiene un Nobel de Literatura. Un anuncio que sorprendió al mundo. No parecía tener mucha lógica. Pero la Academia se las arregló para dárselo. El premio dice: «Por su dominio de la histórica y descripción biográfica, así como por la brillante y exaltada oratoria en defensa de los valores humanos».

El historiador David Reynolds cree que los seis volúmenes de «La Historia de la Segunda Guerra Mundial» de Churchill están escritos desde el ego. Además lo acusa de tener una memoria muy selectiva. Le critica, por ejemplo, apenas hablar de la hambruna de Bengala.

Parece que sus dotes como escritor no eran profundas. Pero sí tenía un verbo rimbombante. Este premio fue uno de los más raros y menos esperados de la historia. Parece que como no habría podido ser candidato al Nobel de la Paz, le dieron el de Literatura.

John Steinbeck. Premio Nobel en 1962

La Academia Sueca dijo en 1962 que le daba a Steinbeck el Nobel «por sus escritos realistas e imaginativos que combinan humor simpático y aguda percepción social». Pero en 2013 uno de sus directivos aceptó que realmente se lo dieron porque «era el menos malo» de los candidatos.

Para el diario The New York Times su elección como galardonado fue «uno de los mayores errores de la Academia». Pero la opinión más insólita fue la del mismo Steinbeck, que al ser preguntado sobre si merecía el premio respondió: «Francamente, no».

Y es que habían pasado muchos años desde que Steinbeck publicara su mejor obra: «Las uvas de la ira» (1949), una novela política y periodística que escribió como denuncia sobre las condiciones en que vivían los pobres durante la Gran Depresión de 1929. Sobre los motivos por los que la escribió, el autor solo dijo: «Quiero colocarles la etiqueta de la vergüenza a los codiciosos cabrones que han causado esto».

Borís Pasternak. Premio Nobel en 1958

Los suecos dijeron que le dieron el Nobel «por su importante logro tanto en la poesía lírica contemporánea como en el campo de las grandiosas tradiciones épicas rusas». Pero hoy sabemos bien que había un enorme interés político en que Pasternak recibieran el premio.

Se lo dieron por «Doctor Zhivago», una monumental novela sobre el amor y la individualidad en tiempos de revolución que no había podido ser divulgada en Rusia a causa de la censura socialista. El periodista ruso Iván Tolstói hizo una investigación de 16 años que demostró que la CIA estuvo detrás del galardón.

La CIA y el MI6 se enteraron de que el manuscrito de «Doctor Zhivago» estaría en cierto avión en 1958. Por eso desviaron la aeronave hacia la isla de Malta. Allí tomaron fotos del manuscrito hoja por hoja durante dos horas. Luego lo devolvieron sin que nadie lo notara.

La CIA imprimió ejemplares con tipografía típica rusa e hicieron llegar algunos a la Academia Sueca. El hecho de que esa novela estuviera en Ruso era una enorme novedad, suficiente para otorgar el premio y revestirlo de libertad.

La CIA negó su participación en ese hecho. Pero en 2014 fueron desclasificadas pruebas que confirman que sí fue la responsable de la publicación en ruso del libro.

Elfriede Jelinek. Premio Nobel en 2004

Ganó el premio «por su flujo musical de voces y contra-voces en novelas y obras teatrales que, con extraordinario celo lingüístico, revelan lo absurdo de los clichés de la sociedad y su poder subyugante».

Su triunfo derivó, dos días después, en la renuncia a la Academia Sueca del prestigioso literato Knut Ahnlund. El experto luego dijo: «Este premio Nobel no solo ha causado un daño irreparable a todas las fuerzas progresistas, sino que ha confundido la visión general de la literatura como arte».

Para Ahnlund, la obra de la escritora es como “una masa de texto sin el menor rastro de estructura artística”.

Se sospecha que le entregaron el premio por razones más políticas que literarias. Basta recordar que durante la campaña electoral de 1995 el ultraderechista Jörg Haider hacía a su posible electorado la siguiente pregunta: “¿A usted le gusta Jelinek, o el arte y la cultura?”.

Ahora nuestros lectores más atentos estarán preguntándose por qué no hablamos de Bob Dylan. Y no lo hacemos porque su premio nos parece razonable. Ese galardón reconcilia a las letras con la música, algo que hace rato debía ocurrir.

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