El encuentro. Un cuento de Juan C. Sosa Azpúrua

Por Juan C. Sosa Azpúrua el 21/02/2018

Es un tipo decente, el hombre de las rutinas. Su secreto es una terca bipolaridad, disfrazada con su máscara, para así poder enfrentar a los otros. Esa condición es un misterio, su cruz, el martirio que le envejece. Pero parece que finalmente encontró la salida del laberinto. Hoy todo cambiará, retará al destino.

Al diablo la rutina. Desea novedad, elevar ese ánimo. Escoge la chaqueta de cuero. Se lava la cara y unta colonia. En el espejo, aprecia lo que ve. La soledad no le ganó esa batalla.

Baja al garaje y se monta en su moto. Arranca picando caucho, sin casco. La máquina es poderosa, una Ducati que compró en Milán. El motor ruge como los leones.

Al rato le dice adiós a Francia. La velocidad no es problema, siente que vuela. Abandona su estado de hibernación. Doscientos y tantos kilómetros por hora. Libertad. El viento choca con sus mejillas y su nariz es de agua. La meta es Ginebra, antes de las doce. El Bar del señor Dumont.

Las rayas del asfalto se desvanecen. Las montañas se convierten en fantasmas y su rostro es un hielo seco. Coge las curvas como si todos los peligros del universo fueran de mentira. Su mente proyecta imágenes, obsequiándole recuerdos felices; es un festín de adrenalina. Sucede la magia, el éxtasis. Su corazón palpita samba y es joven otra vez.

A lo lejos Suiza se va desnudando, mientras los dardos de la memoria se le van clavando.

Patricia, Ornella, Susana, hembras en su cama. Moto, viento y velocidad, la alquimia que erotiza al aire. Grita de placer. Las estrellas advierten que hay un loco escapado del manicomio.

Llega… once y media pm.

Aparca la moto y aprecia el chorro del lago Lemán, que desde el puente engaña, pudiendo ser el humo de un cohete.
Hace frío. La calma hace rechinar los dientes y sus labios están morados.

Camina unos pasos hacia el edificio Rólex, el Bar está en la esquina…

¿Cuántos años transcurrieron?

Rechaza pensar, pero ella tiene que recordarlo. Lo que vivieron no se olvida.

Siente los nervios. Su estómago le pide cobardía, pero su voluntad le proporciona el valor que necesita.
Tres pasos, dos…

Cigarrillo, copas y voces, la atmósfera de su juventud. Del techo cuelgan los vasos y las luces pintan de colores a la gente. Se inclina y apoya los codos. La barwoman es casi una niña y sexy hasta el insulto; verla es pecar.

Pocas palabras. Es allá, la escalera.

Cada escalón es su calvario. Segundo piso, la habitación al final del pasillo.

Hay oscuridad y huele a cloro.

Sola, ella está sola, allí postrada, en esa maldita silla de ruedas.

Nada mueve, excepto el meñique y esos ojos verdes, una mirada que no esconde verdades.

Se sienta al borde de la cama. Silencio, silencio, solo el silencio.

Toma su mano y la besa. Un parpadeo es su respuesta.

Le acaricia el cabello y la observa sin mirarla. Diez años; diez desde la última vez…

Se levanta hacia la ventana, dándole la espalda. Al fondo Le Jet d’eau, ese chorro gigante, que fluye como sus lágrimas.

Su pecho es una cueva de espectros y sonidos. Se ahoga y no es capaz de confrontar otra vez esa mirada.
Al fin se atreve, pero ella no está.

No necesita explicación, es tan obvio. Tonto él, que fue a ese encuentro.

Siente el vacío y la humedad del cuarto. Saca un pañuelo.

Ya en la calle, alza la vista a la ventana. Y sí, allí están sus ojos, los más hermosos que jamás existieron.
Segundos, quizás un minuto, y él no lo soporta más.

Camina al puente y arranca sin prisa. Da una vuelta a la ciudad y coge la autopista.

Acelera.

Ella toma el control de su mente. Olor, tristeza, condena… sus lágrimas se pierden en el viento.

El monstruo despierta. Ese demonio con su gotero lleva una vida vertiendo su veneno. Y hoy el vampiro es voraz.
Viene la curva, pero él decide que sea recta.

Fue su beso de despedida.

Juan C. Sosa Azpúrua / @jcsosazpurua

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