El machismo, la reivindicación social, la idea del universo femenino

Por Aglaia Berlutti el 18/01/2016

Crecí en un continente machista. En menor o en mayor grado, Latinoamerica continúa mirando la mujer bajo el peso de la cultura que la disminuye invisibiliza. Aunque muchas veces, compruebo la evolución en el pensamiento y actitud sobre el género que el hombre latinoamericano ha alcanzado durante las últimas décadas, sé muy bien que el machismo sigue siendo moneda común en la sociedad de mi país. Sobre todo, debido a las desigualdades sociales, económicas y educativas que padece la mujer en la cultura venezolana. No obstante, más allá de eso, estoy perfectamente clara que cultura venezolana exhibe inquietantes rasgos misóginos: una especie de reminiscencia del pensamiento medieval donde la mujer era menor de edad durante toda su vida, y era parte de las propiedades del Padre y después del marido. Una idea preocupante sobre todo, en una sociedad joven donde un altísimo porcentaje de las parejas contraen matrimonio o deciden hacer vida en común antes de la veintena. La mujer es madre y la mayoría de las veces, único sostén de hogar antes de alcanzar la madurez emocional y física. Una realidad que se repite a diario no solo en Venezuela sino en numerosos países latinoamericanos.

Porque la actitud del hombre Latinoamericano hacia la mujer aun tiene este leve rasgo cultural y social que el pasado terminamos aceptando como parte de una idea más amplia. Este machismo que describe por qué hombres piensan que la sexualidad y la pasividad describen lo femenino desde génesis bíblica en la que dicen que la mujer debe estar sometida al mando del hombre. ¿Cual es la realidad factica de este simple planteamiento? Se estima que el 90 por ciento de las mujeres en Latinoamérica han sufrido algún tipo de violencia física o sicológica, siempre atribuida a conceptos religiosos y la infiltración del narcotráfico

Haciendo un escalofriante recorrido geográfico por América Latina, desde México y hasta Argentina, de las mujeres que han denunciado abusos de su pareja actual o su ex pareja o han sido víctimas mortales de la violencia de género, encontramos que: en los últimos siete años más de 3.200 mujeres guatemaltecas han sido raptadas y asesinadas, la mayoría violadas, torturadas y mutiladas. En Costa Rica, 58 de cada 100 mujeres son víctimas de algún tipo de violencia machista. En México, el 35,4% de las mujeres ha sufrido violencia ejercida por su pareja. En República Dominicana (2002), el 21,7%; en Nicaragua (2002), el 40%; en Colombia (2004), el 39%; en Perú (2004), el 42,3%; en Ecuador (2004), el 31%; en Bolivia (2003) el 52,3%. En Bahamas en el 2002, la muerte de mujeres por violencia machista significó el 53% del total de asesinatos. En Venezuela, cada 10 días una mujer muere como consecuencia de la violencia de género. En Brasil, el 33% de las mujeres ha sido objeto de violencia física con armas de fuego, agresiones y violación conyugal. En Uruguay, entre enero y mayo del 2007, las denuncias por violencia doméstica subieron un 55,6% respecto a las del mismo período del año anterior. En Chile, el número de mujeres asesinadas, la gran mayoría por sus parejas actuales o anteriores, fue en 2001 de 35 casos; en 2002, 49 y en 2006, 51. En Buenos Aires, se estima que una de cada tres mujeres es víctima de violencia y los crímenes contra mujeres constituyeron entre el 78% y el 83% de los delitos de violencia registrados entre 1999 y el 2003.

Al leer las cifras, la mayoría de nosotros se conmueve, aunque no precisamente se asombra. Atrás queda la imagen del machismo y el femenismo enfrentados a jocosos programas humoristicos de la tv, o los acostumbrados juegos de palabras que pululan en las redes sociales. Porque al analizar la realidad concreta de la actitud del hombre latinoamericano, las cifras descubren un panorama inquietante, destructor de la identidad femenina. No nos referimos ya por supuesto, al feminismo o al machismo como conceptos contrapuestos o extremos, sino a una realidad social profundamente preocupante, un dilema social que construye una dura idea sobre nuestra cultura: la violencia como esquema de relación entre géneros.

De la identidad de la mujer y otros pequeños tópicos

Hace mucho tiempo, hará unos diez años, leí un articulo en un periódico que creo se convirtió en la huella de mis pesadillas más personales. No recuerdo su autor, aunque si el hecho que estaba ilustrado con la caricatura de una mujer que vestida de negro, se encogia hasta casi desaparecer del plano central de la imagen. El articulo, crudo, mordaz y estremecedor sentenciaba: » al parecer, podrías ser victima de la violencia solo por ser hermosa y joven, o simplemente tener un aspecto saludable. Eso quiere decir que las mujeres solo estaremos a salvo una vez que entramos en la vejez. Pero también he de mencionar que los casos de violencia sexual contra ancianas crecen exponencialmente año tras años. Tal vez, sea solo cuestión de no llevar ropas llamativas -tengas la edad que tengas – y vestirste de negro y muy cerrado para cubrir el hecho que eres mujer. Sin embargo, debo decirte que también existen pruebas irrefutables que hay cierto tipo de psicopatas que se excitan ante la visión de una mujer cubierta por ropas gruesas y eso desata un indice de agresividad inaudita. Asi que, tal vez lo mejor sea no existir, no estar en la realidad, desaparecer cualquier huella de femineidad, porque es evidente que el mero hecho de ser mujer, ya es premisa para sufrir una grosera manifestación de horror»

Sí, memoricé el pasaje. Y es que a través de los años, lo he meditado en numerosas ocasiones, aterrada y asqueada. Tal vez se trate de una exageración de esa realidad de lo femenino y lo masculino. Sin duda, en muchas partes lo es, pero resulta inquietante pensar que en algún extremo en cierto ¿Cual es el error en la visión de nuestra sociedad que hace aun frases como «las mujeres desean que se les ponga carácter» o «las mujeres buscan un padre sustituto» continúen siendo pronunciadas por hombres jóvenes? No nos engañemos, toda esta estructura legal machista tiene su origen en el hecho que sigue existiendo una creencia cultural que menosprecia a la mujer, moral e intelectualmente hablando. Por cada mujer emprendedora, fuerte y luchadora, existen diez que son educadas para el servilismo, carece de una educación solida y una preparación cultural sustenable. Incluso en materia religiosa, la mujer sigue siendo considerada una figura minoritaria y secundaria. ¿Cual es el papel de las religiosas dentro de la jerarquia cristiana? ¿O el de la esposa y la hija en la cultura musulmana? ¿ o el de la mujer, para los judios? Todos los estereotipos son calificados socialmente como ambivalentes, maliciosos, en la mayoría de los casos. Por muchos siglos, la población femenina careció de identidad étnica, humanista. Y aunque actualmente, los pasos hacia la igualdad son cada vez más fuertes y concretos, aun ese estigma cultura continua apareciendo de vez en cuando, creando un caldo de cultivo para esa idea del género que menosprecia a la mujer, que la considera sin duda, alguien a quien debe imponersele «carácter».

Del futuro, la creación real: El feminismo caduco

Sin embargo, el siglo XXI ha traído consigo la conciencia que las mujeres no necesitamos una identidad extrema para convalidar nuestro pensamiento y punto de vista. Y me refiero, en concreto, al feminismo extremo, esa figura cultural que resulta tan nociva como el machismo. Porque al analizarlo, esa segregación cultural, esa desesperada necesidad de convalidación de la idea de lo femenino, es otra forma de prejuicio. Y es que como mujer, como ciudadana del mundo, como libre pensadora, lo que deseo no es un mundo de mujeres, o el menosprecio del ideal masculino. Lo que deseo, sin lugar a dudas, es igualdad. Deseo ser participe de decisiones sociales, deseo ser parte del engranaje de mi sociedad, de mi país, de manera plena y completa.

Quizá todo se deba, a que aun necesitamos un ministerio «de la Mujer», y «derechos femeninos», lo que haga que la idea de «feminismo» siga siendo patente, quizá parte de esa idea compleja sobre la identidad de la mujer moderna. Un poco jugar con el estereotipo, esa necesidad de construir una imagen de esa oposición al sexismo como un insulto, una forma de menospreciar el diario intento de quienes realmente, solo aspiramos a ese equilibrio entre géneros, un mundo donde el hombre y la mujer sean compañeros, construyan juntos la realidad, creen un concepto del futuro a dos manos. Una idea completa del mundo que nos toca recorrer a diario.

Los progresos son lentos, pero evidentes: Dos países de Hispanoamericanos son presididos por mujeres. La proporción de estudiantes de sexo masculino y femenino es cada vez más equilibrada en la mayoría de las Universidades latinoamericanas. Según cifras proporcionadas por la ONU, Aunque este pluralismo puede plantear retos para el acceso de las mujeres a la justicia y lo social, existen muchos ejemplos positivos de iniciativas que apuntan a mejorar esta situación y que proporcionan poder a la mujer para que mantengan la identidad cultural que desean y exijan los derechos humanos que valoran y necesitan. En Burundi, actualmente las mujeres constituyen el 40% de los miembros del sistema tradicional de justicia Bashingantahe, situación que ayuda a cambiar actitudes y a mejorar la toma de decisiones. En Ecuador, la Constitución garantiza el derecho de las mujeres a participar en los sistemas indígenas de justicia y gobierno. Las mujeres indígenas han creado “Estatutos de buena convivencia” basados en los principios de la justicia indígena sobre cómo abordar la violencia contra las mujeres. En Indonesia, el Gobierno invierte en tribunales religiosos –los que ven el 98% de todos los divorcios. Ello ha permitido aumentar el número de tribunales de proximidad en zonas rurales y eximir a los usuarios de los honorarios.

El cambio, está sucediendo. Tal vez no tan rápido y de manera tan concluyente como todas deseáramos. Pero existe. Y sin duda, esa idea de progreso es parte de la absoluta certeza que la igualdad es parte de una idea del futuro que se escribe a diario.

Sonrío, mientras escribo esto. Tal vez se deba porque al hacerlo, leo mi TimeLine en Twitter, repleto de comentarios inteligentes y bien estructurados de las mujeres que admiro. Quizá porque la Escuela de Fotografía donde me eduqué, uno de sus fundadores sea una talentosa fotógrafa. O tengo mi escritorio lleno de libros y ensayos de mujeres que han creado un nuevo mundo de palabras e imágenes donde lo femenino es parte de una Universalidad concreta, un poder emocional y directo tan fuerte como concreto. O simplemente sea que, toda esta satisfacción que siento justo ahora, es parte de esa convicción que el mundo, a pesar de los detractores anacrónicos y los temores habituales, cada día esté más preparado para una cultura donde lo femenino y lo masculino se conjugen como una idea Universal.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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