El desolador testimonio de José Antonio Páez sobre la vida en el llano

Por redaccionnyl el 18/12/2018

José Antonio Páez mató a un hombre cuando tenía 17 años. El susto hizo que se metiera a trabajar en un hato, y gracias a esa experiencia, décadas después, narraría una maravilla sobre la vida en el llano en su autobiografía.

Lea también: Seis anécdotas asombrosas sobre la transformación de José Antonio Páez

Y eso que el joven catire no debía temer por aquella muerte. Había sido en defensa propia contra ladrones armados que querían quitarle el dinero de unas diligencias que su madre le había ordenado cerca de Cabudare. De hecho, escapó cuando se corrió el rumor de que él había sido el héroe del enfrentamiento.

Lo siguiente es parte de la descripción del desolador trabajo que Paéz hizo como llanero de oficio mucho antes de que se levantara como caudillo y general. Conservamos la redacción original con todo y su ortografía, que desde entonces ha cambiado mucho pero que no impide una perfecta comprensión lectora.

La vida en el llano según José Antonio Páez

Pintaré pues los hatos cómo los conocí en los primeros años de mi juventud. En la gran extension de territorio, que, como la vasta
superficie del océano, presenta al rededor un inmenso círculo cuyo centro parece estar en todas partes, se veian de distancia
en distancia ora pueblecillos con pocos habitantes, ya rústicas casas con techos de hojas secas de palmeras, que en medio de tan gran soledad parecian ser los oasis de aquel á la vista desierto ilimitado. Constituían estos terrenos las riquezas de muchos individuos, riquezas que no sacaban de las producciones de la tierra, sino de la venta de las innumerables hordas de ganado caballar y vacuno, que pacían en aquellas soledades con tanta libertad como si estuvieran en la patria que el cielo les habia señalado desde los primeros tiempos de la creacion. Estos animales, descendientes de los que tuvieron en la conquista tanta parte como los mismos aventureros á cuyas órdenes servian, eran muy celosos de su salvaje independencia; y muchas y grandes fatigas se necesitaban paraobligarlos á auxiliar al hombre en la obra de la civilizacion. Tocaba acometer tan atrevida empresa al habitante de los llanos; y cómo podian estos alcanzar tan dificil y peligroso empeño, se comprenderá recordando ellinaje de vida á que estaban sometidos.

Vea también: La inmensidad del llano en 12 imágenes que te helarán la sangre

La habitación donde residían estos hombres era una especie de cabaña cuyo aspecto exterior nada diferente presentaba de las que hoy se encuentran en los mismos lugares.

La yerba crecia en torno á su placer, y solo podia indicar el acceso á la vivienda la senda tortuosa que se formaba con las pisadas ó rastro del ganado.

Constituian todo el mueblaje de la solitaria habitacion cráneos de caballos y cabezas de caimanes, que servian de asiento alllanero cuando tornaba á la casa cansado de oprimir el lomo del fogoso potro durante las horas del sol; y sí queria estender sus miembros para entregarse al sueño, no tenia para hacerlo sino las pieles de las reses ó cueros secos, donde reposaba por la noche de las fatigas y trabajos del dia, despues de haber hecho una sola comida, á las siete de la tarde. ¡Feliz el que alcanzaba el privilejio de poseer una
hamaca sobre cuyos hilos pudiera mas cómodamente restituir al cuerpo su vigor perdido!

En uno ú otro lecho pasaba la noche, arrullado muy freouentemente por el monótono ruido de la lluvia que caia sobre el techo, ó por el no ménos antimusical de las ranas, del grillo y de otros insectos, sin que despertará azorado al horrísono fragor de los truenos, ni al vívido resplandor de los relámpagos. El gallo, que dormia en la misma habitacion con toda su alada familia, le servia de reloj, y el perro de centinela. Á las tres de la mañana se levantaba, cuando aun no habia concluido la tormenta, y salia á ensillar su caballo, que habia pasado la noche anterior atado á una macoya de yerba en las inmediaciones de la casa. Para ello tenia que atravesar los eecobero«, tropezando á cada instante con las osamentas de las reses, que entorpecian sus pasos, y que gracias á una acumulacion sucesiva de muchos años, habrían bastado para erijir una pirámide bastante elevada. Y téngase presente que el llanero anda siempre descalzo.

Montado al fin, salia para la espedicion de ojear el ganado, que iba espantando hasta el punto en que debia hacerse la parada. Esta operacion se conocia con el nombre de rodeo; pero cuando se hacia solamente con los caballos, se llamaba Junta. «Juntas!» decian los llaneros cuando, mas tarde, les hablaron de las que se formaron en las ciudades para la defensa de la soberanía de España, «nosotros no sabemos de mas juntas que de las de bestias que hacemos aquí.»

Hecha la parada, se apartaban los becerros para la hierra, o sea para ponerles marca, se recogian las vacas paridas, se
castraban los toros, y se ponia aparte el ganado que se destinaba á ser vendido. Si la res 6 caballo apartado trataba de escaparse, el llanero la perseguía, la enlazaba, Ó si no tenia lazo, la coleaba para reducirla á la obediencia.

Cuando comenzaba á oscurecer y äntes que les sorprendiera la noche, dirijíanse los llaneros al hato para encerrar el ganado,
y concluida esta operacion mataban una res, tomando cada uno su pedazo de carne, que asaba en una estaca, y que comía sin que hubiese sal para sazonar el bocado, ni pan que ayudara á su digestion. El mas deleitoso regalo consistía en empinar la topara, especie de calabaza donde se conservaba el agua fresca j yentonces solía decir el llanero con el despecho casi resignado de la impotencia:

.. El pobre con agua justa,
y el rico con lo que gusta.»

Para entretener el tiempo despues de su parca cena, poníase á entonar esos cantares melancólicos que son proverbiales -las
voces plañideras del desierto- algunas veces acompañados con una bandurria traída del pueblo inmediato, en un domingo en que logró ir á oir misa. Otras veces tambien, antes de entregarse al sueño, entreteniase en escarmenar cerdas de caballo para hacer cabestros torcidos.
Tal era la vida de aquellos hombres. Distantes de las ciudades, oian hablar de ellas como lugares de dificil acceso, pues estaban situadas mas allá del horizonte que alcanzaban con la vista. Jamás llegaba á sus oidos el tañido de la campana que recuerda los deberes religiosos, y vivian y morían como hombres a quienes no cupo otro destino que luchar con los elementos y las fieras, limitándose su ambicion á llegar un día á ser capataz en el mismo punto donde había servido ántes en clase de peon.

Con qué facilidad se escribe todo esto en una sala amueblada y al lado de un fuego agradable. Pero cuán distinto era ejecutarlo. La lucha del hombre con las fieras -que no son otra cosa los caballos y los toros salvajes-, lucha incesante en que la vida escapa como de milagro, lucha que pone á prueba las fuerzas corporales, y que necesita una resistencia moral ilimitada, mucho estoicismo ó el hábito adquirido desde la niñez esa lucha, digo, debia ser y era durísima prueba para quien, como yo, no habia nacido destinado á sostenerla, y la consideraba además como castigo del destierro que me había impuesto por falta de reflexion y buen criterio.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com