Dos cuentos de Borges que podrían convertirse en grandes películas

Por redaccionnyl el 25/08/2017

Los argumentos de las historias de Jorge Luis Borges no buscan dejar mensajes de moral ni de esperanza, sino de confusión, perplejidad y curiosidad. Cada relato suyo tiene la capacidad de despertar la mente del lector, de hacerle dudar sobre su propia condición y de encerrarle en el cerebro propio como si se tratase de un laberinto.

Estos relatos han inspirado e incluso dado argumentos exactos a numerosas películas desde hace décadas, pero en Nalgas y Libros consideramos que hay un par de cuentos que particularmente deben ser llevados al cine de forma rigurosamente fiel para que el mundo entero sepa de una vez lo que realmente es una buena historia.

Ya existen películas inspiradas en la obra de Borges, como «Inception» o «Memento»; también hay otras más fieles que aunque llenas de contextos que permitieran llegar al menos a los 70 minutos, como «Hombre de la esquina Rosada». Pero las que vamos a sugerir no existen y es necesario que eso cambie.

Para que estos relatos se conviertan en películas exitosas no se puede economizar. El presupuesto deberá ser –no estamos jodiendo– como el de Avatar o Titanic porque estos argumentos que contaremos a continuación son mucho mejores.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius

Tanto Jorge Luis Borges como su amigo Adolfo Bioy Casares tenían en sus casas una respectiva edición de la Encyclopaedia Britannica de 1902. Pero por casualidad un día notaron que la edición de Bioy tenía una diferencia con respecto a la de Borges: un artículo sobre una región de cerca de Asia Menor llamada Uqbar.

En la edición de la enciclopedia que tenía Bioy se hablaba de Uqbar como una región de un país llamado Tlön. Pero en ninguna otra parte del mundo parecía haber algo similar. Dos años después, descubre en un hotel de Adrogué el undécimo tomo de «A First Encyclopaedia of Tlön», que había pertenecido a un ingeniero llamado Herbert Ashe. En la primera página tenía estampada la inscripción: Orbis Tertius. El libro describe detalladamente diversos aspectos de Tlön, un planeta hasta ese entonces desconocido.

Los habitantes de ese mundo consideran al idealismo como el sentido común. Para ellos, cada uno de los seres del universo es parte de una divinidad indivisible, por lo tanto no existen sustantivos, ya que éstos designan seres individuales. Para nombrarlos, utilizan verbos impersonales calificados por subfijos o prefijos, o una acumulación de adjetivos. Estos sistemas hacen que la cantidad de sustantivos sea innumerable. En Tlön no hay razonamientos, debido a que la explicación de un hecho depende de la imposible vinculación de un estado con otro anterior que no puede afectarlo. La coincidencia de un mismo acto realizado por varios hombres en distintos momentos se debe a que el sujeto del conocimiento es uno, intemporal y anónimo. La percepción de las cosas es lo que perdura en el tiempo, mientras éstas son percibidas. Por lo tanto, el materialismo es una herejía, ya que presupone la existencia de lo material mientras no es percibido.

Luego el misterio acerca de Tlön es develado. A principios del siglo XVII, una secreta sociedad de intelectuales (cuyo nombre es Orbis Tertius) se organiza para inventar un país imaginario. Después de dos siglos la fraternidad resurge en América. El millonario Ezra Buckley propone la invención de un planeta ilusorio, y sugiere plasmar la historia en una enciclopedia. En 1914 se termina la edición de los cuarenta volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tlön (que contiene en su portada el nombre de la sociedad secreta) y se envía secretamente un volumen a sus trescientos colaboradores, uno de los cuales era Herbert Ashe. Hacia 1944 se descubren, en una biblioteca de Memphis, los cuarenta volúmenes de la Enciclopedia, y la prensa internacional difunde ampliamente el descubrimiento.

La noticia de un planeta regido por leyes humanas que pueden ser descifradas embelesa a una humanidad que vive en una realidad también ordenada, pero de acuerdo a leyes divinas. Borges conjetura que la tierra se convertirá en Tlön en pocas generaciones.

El inmortal

Marco Flaminio Rufo es un tribuno militar romano que, fascinado por la historia que un jinete desconocido le revela antes de morir, sale en busca de un río que da la inmortalidad a quien bebe de él. Lo acompañan doscientos soldados cedidos por el procónsul de Getulia junto con algunos mercenarios reclutados por él mismo. Tras perder a sus hombres en el desierto, encuentra un río de agua arenosa del que bebe sin saber que aquel era el río que buscaba, y que los trogloditas que vivían cerca de él eran los inmortales.

Después de atravesar un laberinto subterráneo casi interminable, emerge a la Ciudad de los Inmortales. A diferencia de aquel, cuya arquitectura respetaba las simetrías, la ciudad era una serie caótica de construcciones carentes de sentido. Cuando consigue salir, descubre que afuera lo espera uno de los trogloditas, al que decide llamar Argos, como el perro de Ulises en la Odisea. Más adelante, el troglodita le confiesa que él, Argos, es Homero.

Marco Flaminio descubre que la inmortalidad es una especie de condena. La muerte da sentido a cada acto ante la posibilidad de ser el último; la inmortalidad se lo arrebata.

Sabía [la república de hombres inmortales] que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. […] Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea.

Resueltos a salir de esa situación, hacia el siglo X él y los demás inmortales se dispersan por la faz de la tierra para encontrar ese otro río (que por fuerza debe de existir en alguna parte) que «borraría» la inmortalidad. En 1921, viajando por el norte de África, al fin lo encuentra y descubre con júbilo que vuelve a ser mortal.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com