Delirios y deseos: sobre el sexo como forma de expresión

Por Aglaia Berlutti el 11/01/2016

Hace poco, ordenando un poco mi biblioteca, encontré uno de los primeros libros de fotografía que compré: SEX de Madonna. En realidad, no es precisamente un libro de fotografía – aunque su contenido sea exclusivamente fotográfico – y dudo mucho que tenga verdadera intención artística. Pero igualmente, continúa siendo uno de mis pequeños tesoros personales. Lo compré cuando tenía catorce años: de hecho, ahorré durante semanas enteras hasta reunir el astronómico precio que tenía por aquel entonces – 200 bolívares de los antiguos – y cuando pude finalmente comprarlo, tuve esa sensación de emoción y desconcierto que imagino suele tener todo el que comete una travesura. Porque en esa época tan lejana e inocente de la infancia, SEX no era un libro cualquiera: era el libro del escándalo, de lo soez, de la locura y comprarlo, fue como coronar esa tentación inevitable que simboliza el sexo a cualquier edad. Recuerdo que lo guardé en mi moral, con las manos heladas de sobresalto, asombrada por el poder de lo prohibido. Porque eso era ¿verdad? Esa sensación de asalto a lo común, de transgredir esa norma que no está escrita en ninguna parte que el sexo fue secreto. Más tarde, cuando lo miré a solas, me abrumó el poder de las imágenes, la belleza de toda aquella provocación directa y frontal que jamás había visto hasta ese momento. De inmediato, sentí un inexpresable amor por el libro, por su capacidad para transgredir y por supuesto, por simbolizar esa burla enorme a lo tradicional.

El pensamiento me hace sonreír: nuestra sociedad aún continúa asombrándose de su propia percepción – desigual, un poco forzada – sobre el sexo. Y aunque ya no es un tema que se oculte o se hable en voz baja – no tanto, al menos – continúa provocando sobresaltos, rios de tinta, discusiones interminables. Porque el sexo – la sexualidad – siempre será motivo de debate en cualquier cultura y sociedad. Tal vez se deba a el misterio que supone esa intimidad demoledora o se trate que el sexo, como lenguaje físico como necesidad biológica, como forma de expresión, siempre ha simbolizado esa región de la mente humana indefinible, incontrolable, primitiva. Cual sea el caso, el sexo sorprende, desconcierta y quién sabe, asusta a esa visión humana que intenta racionalizar el mundo, que se esfuerza por someter lo esencial a una formula comprensible, sin lograrlo. El sexo continúa negándose a ser definido, mucho menos comprendido. Continúa siendo esa imagen de lo posible, de lo perdurable y lo poderoso que crea el espíritu humano.

Pero ¿es esa percepción actual del sexo como tabú y a la vez como transgresión algo reciente? Las fuentes bibliográficas, históricas y arqueológicas demuestran que las técnicas del placer sexual fueron una faceta muy valorada de muchas civilizaciones de la antigüedad y que su posición es en muchos sentidos, el equivalente a la del arte o la música en las sociedades modernas. Se refinaron, practicaron y alcanzaron niveles tan altos de complejidad que sentaron las bases del pensamientos religioso y filosófico. Consideraban que la unión sexual era la expresión suprema de la creatividad humana.

Civilizaciones como la Sumeria – que consideraban el sexo una actividad compleja y placentera, espiritual y físicamente beneficiosa ( de manera muy parecido al yoga indio ) – adoraron, por lo general, una activa divinidad femenina. Según los ritos de esta deidad la cópula es un acto más trascendente que la mera gratificación carnal o la necesidad de perpetuar la especie. Este tipo de sexualidad ha inspirado textos eróticos, que no estaban destinados exclusivamente a excitar, sino que formaban parte de un discurso religioso que aun perdura. Dichas obras erotico-religiosas incluyen los cuadros sumerios que rodean a Inanna, los dramas rituales de Ugarit, textos japoneses como Nihongi y Kojiki y diversos tratados chinos de medicina y filosofia. Es probable que el texto erótico antiguo más celebre sea el Kamasutra, de Vatsyayana Mayanaga, redactado en India entre el siglo III y V.

La concepción del sexo como pecado está totalmente ausente en esta obra y en la mayoría de los arcaicos escritos eróticos. El kamasutra incluye análisis explícitos y pormenorizados de la belleza de las formas femeninas, de las pestañas a los dedos de los pies, y obviamente, del Yoni, que se parece a «La flor del loto que se abre» y está «perfumada como el Lirio que acaba de abrirse». El kamasutra inspiró a los autores de muchos tantras: textos sagrados de las filosofías místicas asiáticas, colectivamente denominadas tantrismo que se remontan, por lo menos, al siglo VI. El tantrismo concibe el universo como un conjunto de vibraciones de energía que emanan del juego amoroso entre el Dios Siva ( pasivo e incognoscible ) y su Sakti o principio femenino activo.

Una de las «cinco prácticas» del tantrismo se denomina: «Kamakala Dhyana» y consiste en meditaciones sobre el arte de amar. El devoto contempla el deseo convirtiendo en centro de culto, el Yoni de la Diosa.

En algunas tradiciones tantricas, el encuentro físico tiene lugar como alegoría de la unión mística entre la Diosa y el acólito. Además de garantizar la paz en la vida futura esta unión produce Jivanmukti o liberación en este mundo, estado que solo aceptan las religiones con la figura de una Diosa poderosa. Consideran que el encuentro sexual anula las barreras sociales y desbloquea el flujo de energía imprescindibles para la función creadora divina que los devotos de la Diosa deben imitar en sus rituales.

El profeta Mahoma jamás defendió el celibato y el Corán contiene muy pocas muestras de odio al sexo. Hasta la biblia incluye el sensual y erótico «Cantar de los Cantares» que probablemente es de origen pagano.

Con cuidado, coloco de nuevo el libro SEX en su lugar de honor en mi biblioteca: con su tapa plateada, bien visible, resalta sobre el resto de los discretos lomos de cuero y cartón. Y me encanta verlo allí, como simbolo de esa rebeldía primigenia, esa idea profundamente arraigada del sexo como forma de libertad y expresión.

C»est la vie.

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Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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