David Lynch: espejo fracturado reflejando a un genio. Por Juan Carlos Sosa Azpúrua

Por Juan C. Sosa Azpúrua el 23/04/2018

David Lynch hace del cine un lienzo pintado con colores y formas singulares, absolutamente originales. Nadie como él logra que, viendo su cuadro, encontremos un baúl atestado de posibilidades y encuentros inesperados.

Bergman lo intentó. Alcanzó cumbres importantes. También Fellini escaló montañas creativas que rinden honor a lo auténtico, con toques psicodélicos. Así hizo Woody Allen, en su versión cómica, con esas chispas de ingenio surrealista magistralmente logradas.

Pero nadie como Lynch se ha permitido la osadía de penetrar las cavernas más profundas y oscuras, emergiendo airoso. Y no solamente exitoso, sino consagrado como un titán del intelecto.

Como quien rompe un espejo, Lynch despedaza la mente. Cada trozo recogido lo transforma en un singular universo, aislado, riquísimo en posibles interpretaciones. Lo hace con cada fracción especular. Luego, como si se tratase de un rompecabezas, junta cada pieza, produciendo la nueva imagen, un acertijo imposible de ignorar y atractivo de forma compulsiva. El encuentro con el genio tiene connotaciones eróticas, ya que el entendimiento de la historia seduce, azuzando sensaciones similares a un orgasmo.

En el Hombre Elefante, un atisbo a los ojos de Anthony Hopkins mientras observa al monstruo por vez primera (solo vemos a Hopkins), basta para sentir en las entrañas el sufrimiento de Joseph Merrick, ese ser maravilloso que no conoció la paz.

En Blue Velvet, la oreja cortada es la puerta que conduce al submundo del horror y la perversión. Sutilmente se va haciendo familiar, hasta que la piel se eriza al percatarnos que cualquiera de nosotros podría ser uno de esos personajes perdidos en sus propios laberintos.

En Twin Peaks nos aproximamos a nuevas dimensiones en la forma de expresar la rabia contenida, la culpa y los deseos reprimidos. Aquí el flagelo de la droga, el escape hacia mundos de ensueño alucinógeno, las fracturas filiales, la prostitución como respuesta a los entuertos cotidianos, el doblaje sistemático de la personalidad y la imposibilidad de alcanzar las expectativas existenciales, son todos elementos multiformes que arman el rompecabezas de la angustia humana. Es deslumbrante.

Darkened Room es el virtuoso malabarismo del arte de contar historias cortas. La trama puede ser tan completa como la vida y tan impactante como un relámpago nocturno.

The Straight story es una película lineal. Un hombre montado en un tractor se desdibuja, como granos de arena que se cuelan en el alma, volviéndose los dedos de un duende que astutamente juega con nuestras emociones, pulsando las fibras más sensibles.

Rabbits es un reto a la paciencia. Nos estimula a esforzarnos. Es una invitación nada sutil a convertirnos en levantadores de pesas mentales. La aventura consiste en animar al propio intelecto y derribar murallas de tedio, que esconden un tesoro fantástico. Es un modesto ejercicio de flexibilidad emotiva, que terminamos aplaudiendo.

Lost Higway dulcemente nos lleva de la mano hasta abismos mortales. Allí nos suelta con un empujoncito que nos deja solos e incapaces de salvarnos, a menos que nos impongamos la disciplina más exigente de actividad cerebral. En esta película Lynch se eleva hasta dimensiones nunca alcanzadas por cineasta alguno. La narración de tramas paralelas y la confusión de personalidades que son la misma, hacen volar los sentidos ante la multiplicidad de interpretaciones posibles. Cada uno de estos análisis es válido y tiene el potencial de generar una obra independiente. Como las matrioskas rusas, contiene varias capas, siendo cada una de ellas una película distinta.

Este rasgo exclusivo de Lynch se perfecciona en Mulholland Drive, su obra maestra. Para concebir esta película, Lynch se lanzó un clavado en el lago donde nadan los talentos de Picasso, Dalí, Buñuel, Freud, Jung, Nietzsche, Popper y Pollock. Emergió de esas aguas. Sin secarse, se sentó a pensar. De ese pensamiento surgió Mulholland Drive.

Con estética perfecta, grandes actuaciones y el típico sonido del reincidente Angelo Badalamenti, en esta obra Lynch nos hace exploradores de las cavernas más temidas de la humanidad, presentándolas como un espejo fracturado.  Refleja nuestra imagen desfigurada. El juego consiste en repararlo, para que devuelva un rostro aceptable. La imagen que logremos identificar como nuestra, pero que puede ser la de cualquier persona que conozcamos. Nunca la culpa y las bajas pasiones se manejaron con ese nivel de maestría. Aquí el tiempo es circular. Es un tornado que licúa la historia y produce un jugo mágico. Al beberlo, comienzas a sentir que alucinas. Es una percepción agudizada del intelecto agradecido. Damos gracias por el esfuerzo que Lynch nos obliga a hacer. Así captamos los finos hilos de una historia compleja. Es el crudo conocimiento de la naturaleza humana. Y descarnado porque – tal como en Blue Velvet – entendemos que podríamos ser uno de esos personajes.

Christopher Nolan en Memento, y particularmente en Inception, es heredero de Lynch. Pero al vástago le falta ruedo para alcanzar al maestro.

Brad Anderson en The Machinist también sigue sus pasos. Alcanza un nivel genial en esta fabulosa película acerca de los peligros de la culpa. Como Nolan, necesita seguir escalando para llegar hasta la cumbre de Lynch.

Al reflexionar sobre las posibilidades del arte, imaginamos infinitos elementos capaces de darle forma a un sueño, una percepción, idea o experiencia. Richard Wagner sostenía que la obra de arte – la belleza – debía ser total: Gesamtkunstwerk. Mezclar música, literatura, teatro, danza y coreografía para darle forma a la emoción y llegar al éxtasis, lo más sublime.

Si Wagner conociera a Lynch, se abrazarían como hermanos.

Juan Carlos Sosa Azpúrua / @jcsosazpurua

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