Cuatro microcuentos anónimos que son hitos de la literatura europea

Por redaccionnyl el 25/10/2017

A toda manifestación literaria surgida después de la caída del Imperio Romano en el viejo continente se le conoce en la actualidad como literatura europea. Claro que hay cientos e inclusos miles de nombres que han dado vida a historias fascinantes, pero a continuación nos ocuparemos aunque sea de forma anecdótica de los relatos anónimos, de hecho solo de cuatro.

No sabemos quiénes los escribieron ni si primero fueron orales y luego escritos, nada. Pero tenemos años leyéndolos en diferentes lugares y creemos que valdrá la pena compartirlos con nuestros lectores.

A gusto (anónimo noruego)

Desde luego, da gusto encontrar una pequeña mujer desnuda en el bolsillo. Usted la saca, ella sonríe enseguida, encantada de luz, encantada de ser suya. Está bien caliente en su mano. Tiene hermosos pechos, un lindo pequeño pubis como una agradable criatura ordinaria. Ah, así, da gusto, pero es raro, oh raro, muy muy raro.

Por decir amén (anónimo ruso)

La Muerte bautizó al recién nacido de un hombre pobre. En el banquete, algo borracha y alegre, dotó a su compadre de la facultad de curar a los enfermos, aunque estuviesen agonizando. Solo debía tocarlos con su mano o plantarse junto al lecho, y se reponían al instante. Aunque el médico mismo debería morir en cuanto dijera “¡Amén!”.

El antiguo pobre se hizo médico y, muy pronto, se convirtió en un hombre adinerado. Pasaron algunos años y se le ocurrió ir a visitar a la Muerte. Nada más ponerse en camino, encontró a un niño llorando.

—¿Por qué lloras? —le preguntó.

—¡Ay! —contestó el niño—. Mi padre me ha pegado porque no sé unas de las palabras de la oración.

—¿Qué palabra es esa? ¿“Padre nuestro”?

—No, no es esa.

El médico recitó toda la oración hasta el final, pero la respuesta era siempre la misma:

—No, no es esa.

—Pues debe ser “¡Amén!”.

—Sí —dijo la Muerte. Había sido ella la que se había presentado bajo la apariencia de niño—. ¡Sí, “amén”! ¡Y también amén para ti!

Y el médico murió en aquel mismo instante. Sus hijos se repartieron todos sus bienes y, si no han muerto, andarán sanos y salvos hasta ahora.

Los ladrones de nueces (anónimo francés)

Dos ladrones de nueces se refugian en un cementerio para distribuirse el botín. Hacen el ruido suficiente como para que el sacristán los oiga desde el presbiterio, y decide ir a ver qué pasa. Es de noche; el sacristán divisa entre las tumbas dos siluetas que le parecen horrorosas. Parecen estar contando y el hombre les oye decir:

-Una para ti, una para mí, una para ti, una para mí…

Aterrorizado, el sacristán echa a correr, va a buscar al párroco y tiembla al contarle la cosa a su manera:

-He visto al buen Dios y al diablo juntos en el cementerio. Se lo aseguro: estaban repartiéndose las almas de los difuntos.

El cura levanta los brazos al cielo, pero el otro insiste tanto que termina por seguirle. Se acercan los dos suavemente al triste lugar en el que se entierra a los humanos, pero no se atreven a entrar y se contentan con prestar atención. En ese momento, los ladrones han terminado de contar las nueces de los dos sacos colocados ante ellos. Y uno de ello le dice a su compañero: «Ve a buscar a los dos otros que están detrás del muro». Creyendo que hablan de ellos, el párroco y el sacristán huyen despavoridos. Aún siguen corriendo.

Nerón y Berta (anónimo italiano)

Berta era una pobre hilandera, muy habilidosa, que se pasaba el día trabajando. Una vez, en la calle, se encontró con Nerón, emperador romano, y le dijo:

—¡Dios te dé salud para que vivas mil años!

Nerón, que era tan déspota que nadie lo podía ver, se quedó tieso al oír que alguien le deseaba que viviera mil años y repuso:

—¿Y por qué me dices eso, buena mujer?

—Porque, después de uno malo, siempre viene uno peor.

—Bien. Todo lo que hiles desde ahora hasta mañana por la mañana, llévamelo al palacio —le dijo Nerón, y se marchó.

Berta, hilando, pensaba: “¿Qué querrá hacer con el lino que estoy hilando? ¡Mientras que mañana no lo use como cuerda para colgarme! De ese tirano se puede esperar cualquier cosa”.

Por la mañana, se presenta puntualmente en el palacio. Nerón la hace entrar, recibe todo el lino que había hilado, y le dice:

—Sujeta un extremo del ovillo en la puerta del palacio y camina hasta que se termine el hilo.
Luego, llamó al mayordomo de palacio y le dijo:

—En toda la longitud del hilo, el espacio de uno y otro lado del camino pertenece a esta mujer.

Berta le dio las gracias y se fue muy contenta. A partir de entonces, ya no tuvo necesidad de hilar, pues se había convertido en una señora.

Cuando la noticia se difundió en Roma, todas las mujeres que comían una vez al día se presentaron a Nerón con la esperanza de recibir un regalo como el que había recibido Berta. Pero Nerón respondía:

—Ya pasaron los tiempos en que Berta hilaba.

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